Abdellatif Laâbi: la captación de lo inesperado

Abdellatif Laâbi

|Por Ricardo Solís|

Hace unos meses, para tomar parte en un festival de poesía internacional y recibir una presea-homenaje por su trayectoria, el escritor de origen marroquí Abdellatif Laâbi (Fez, 1942) visitó nuestro país y se aprovechó la ocasión para, también, poner en circulación una breve antología de sus poemas que, bajo el título de Desde la otra orilla (Valparaíso México, 2017), recoge una selección de textos –bajo la traducción de Laura Casielles– que representan los últimos 25 años de su producción poética.

Muy breve, el libro alcanza a ofrecer una buena impresión del tono y las temáticas fundamentales de su escritura: el exilio, la libertad, la cotidianidad y sus contingencias. Si bien es poco conocido en el ámbito de la lengua española, en México algunas revistas han publicado ya algunas versiones de sus poemas, aunque su vasta obra abarca asimismo el ensayo, la narrativa y la traducción.

Conviene apuntar que este libro “funciona” como volumen introductorio, a pesar de su ya mencionada brevedad (diez poemarios en apenas 70 páginas); además, cada texto brinda la posibilidad de acercarse a distintas formas de la experiencia que parten no solamente de la mirada sino de sensaciones que despiertan los entornos, los objetos o determinados hechos que parecen sometidos a revisión con el paso del tiempo.

Laâbi no ha ocultado su interés por la exploración formal en su trabajo, pero no debe olvidarse que su obra está vivamente marcada por las consecuencias de dicha labor, la que le llevo a prisión por ocho años (de 1972 a 1980) y, luego de eso, a radicar en el extranjero y elegir Francia como segundo “hogar”, una palabra determinante para una poesía que apunta menos a la borrosa nostalgia que a la concreta experiencia de cada día: “La habitación donde me despierto/ es en la que nací./ Emigro en vano”.

Consciente de caminar “alejado de la caravana”, el marroquí rescata asimismo (y de manera constante) el ejercicio de la libertad bajo amenaza, tanto a nivel interior (personal), alerta ante el riesgo de perderla –“Pronto, quien sabe/ si tendré que bajar al sótano/ y encerrarme con dos vueltas de llave/ para poder/ pensar/ a mi antojo”–, como exterior, ante las ominosas consecuencias de vivir bajo un régimen opresivo: “Los guardianes crecen y se multiplican/ A este ritmo/ llegará el día/ en que nos convertiremos todos/ en un pueblo de guardianes”.

Por supuesto, la poesía de Laâbi se vuelca también sobre sí misma y se acerca no sólo a sus probables lectores sino a las tradiciones de donde abreva para forjar un lenguaje que brinda una sensación lo mismo de sorpresa que de cercanía y atención, como si quien escribe estuviera siempre “manteniendo una oreja pegada a la puerta/ para captar los pasos dubitativos/ de lo inesperado”.

Convencido de que la “poesía inmaculada” puede conducir a un silencio indigno, la contundencia de estos poemas parece fundarse en reconocer a sus palabras como “compañeras de infortunio” con las que establecen lazos de confidencia, osadía, indulgencia y perplejidad; todo, menos un vínculo inocente.

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