Un trozo de historia agoniza entre el saqueo y olvido

|| El histórico panteón de Mezquitán, en el Centro de Guadalajara, cuenta con “un solo cabrón” para vigilarlo, lo cual es insuficiente debido a su tamaño y la cantidad de tumbas que alberga

| Por Roberto Estrada |

Al centro de la sección francesa del Panteón de Mezquitán se yergue un obelisco en memoria de los hijos caídos de Francia durante la Primera Guerra Mundial. El monumento –construido en 1919 por Luis Prieto y Souza– como un faro que vigila las tumbas añosas y derruidas de algunos ciudadanos franceses que vivieron en Guadalajara, estaba rematado en su cima por un gallo  –símbolo nacional del país galo– de bronce sólido que miraba en dirección a la patria.

Ahora ese gallo ha desaparecido –junto con la placa conmemorativa incrustada en el cuerpo del monolito en 1920–. Fue arrancado de su sitio para precipitarse y reventar parte de la base del obelisco por un infame ladrón que casualmente ninguna autoridad o trabajador del panteón pudo o quiso ver. Esto ha sucedido hace apenas unas semanas, pero éste no es más que uno de los muchos saqueos que ha sufrido el panteón en sus diferentes áreas desde mucho tiempo atrás y que pareciera estarse incrementando en los últimos años.

En un recorrido por el Panteón de Mezquitán, el arquitecto y académico de la Universidad de Guadalajara, José Gabriel Macías Agredano –quien se dedica también a estudiar el patrimonio urbano de Guadalajara y a dar conferencias al respecto– señaló que cada vez es más lamentable el estado de deterioro y descuido en que se encuentra el viejo camposanto, y que muchos de los robos comenzaron a partir de la publicación en 2006 del libro Vicente Gusmeri Capra. El escultor de las luces y de las sombras, de Helia García Pérez y Salvador de la Torre Ruiz, ya que paulatinamente, varias piezas de este artista italiano fueron robadas del pantón, porque se hizo público su valor sin ofrecerles seguridad alguna (Gusmeri también es autor de las esculturas que se encuentran en el Monumento a la Independencia, en la Calzada también dedicada al evento patrio).

Del panteón se han robado cruces, placas, esculturas, medallones, entre otras cosas, lo cual se pudo constatar en la visita guiada por el universitario. Y con evidente coraje e impotencia, Macías Agredano me llevó a la tumba del renombrado doctor tapatío José Trinidad Vázquez Arroyo –quien murió en 1975– para mostrarme cómo la escultura de un Cristo resucitado –también de bronce, pero vaciado– a la que ya le arrancaron una pierna, estaba a punto de ser separada –posiblemente con maquinaria eléctrica– de su pedestal, el cual también estaba fracturado a golpes para facilitar el robo, que al menos por unos días se frustró.

El Panteón de Mezquitán es el segundo más viejo de Guadalajara –tras el de Belén– y se creó en 1896 mediante un proyecto del ingeniero Lucio Gutiérrez, precisamente por la falta de espacio en el otro, que se encuentra en la parte posterior del antiguo Hospital Civil. En su momento, igual que el primero, albergó los restos de las principales familias tapatías.

De acuerdo a Macías Agredano no existe un registro de las obras que se encuentran en el Panteón de Mezquitán, ya que incluso el libro sobre Gusmeri sólo menciona algunas de las piezas que de él se encuentran en el lugar. Por otra parte, el libro Vida y muerte: entre la ciudad y sus barrios. El Panteón de Mezquitán en su centenario (1896-1996), coordinado por Susana Pacheco Jiménez, tampoco cuenta con un catálogo del arte del panteón. Según Macías Agredano las mismas autoridades municipales –actuales y anteriores– no han mostrado interés por asentar qué objetos de valor artístico se encontraban allí, lo cual habría permitido –de haberse hecho tiempo atrás– tener más cuidado con éstos. Sin embargo, señala que todavía sería útil, pues –pese al despojo– sobreviven varias obras relevantes.

Se podría pensar que ante esta destrucción el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) tendría alguna postura, pero Macías Agredano dice que “no se ha pronunciado para nada. Y se le ha insistido. Pero siempre responde que si no es algo de 1900 para atrás no les corresponde”.

Se buscó al investigador del INAH, Ignacio Gómez Arriola, para recoger su opinión al respecto, pero no contestó a la petición.

Fragmentos de un ángel de Gusmeri (Foto Gabriel Macías)

Dado que no hay suficiente atención y vigilancia en el panteón, se fue en busca Eduardo Torres de la Mora, administrador del mismo. Dijo que la placa que más recientemente arrancaron del obelisco francés sí la tenían a resguardo, pero que el gallo no tenía ni idea quién lo robó porque el acto ocurrió por la noche. También dijo que 15 días atrás (la visita al cementerio se hizo el 8 de mayo) habían capturado a dos jóvenes que eran los que estaban trozando la escultura de la tumba de Vázquez Arroyo, pero que las autoridades judiciales “al tercer día los soltaron”. Confirmó que usaron un taladro y que instalaron una extensión de electricidad desde los baños hasta la cripta.

La pregunta es cómo se pueden hacer esos movimientos sin que nadie lo note. El administrador mismo dio la respuesta. Dijo que uno de ellos era “un muchacho que aquí trabajaba; un aguador. Entonces saben bien el teje y maneje de eso”.

Torres de la Mora mostró una cabeza de ángel de Gusmeri que había sido cercenada de alguna tumba, y que por el momento conservaban en la oficina para evitar que fuera robada. Aparte, enseñó el número de averiguación judicial de quienes pretendían robar la tumba de Vázquez Arroyo, y que tiene el número 39877/2017. El administrador que se notaba muy preocupado por la situación, dijo que nada más contaban con “un solo cabrón” para vigilar el cementerio, lo cual es por completo insuficiente. Y que a su entender, las piezas robadas estaban siendo seleccionadas por alguien.

A insistencia de obtener alguna declaración oficial, Torres de la Mora se comunicó telefónicamente con su supervisor, José Ponce, quien dijo que “por los problemas que se han suscitado” –obviamente entre ellos el escándalo del supuesto video porno dentro del panteón– cualquier permiso de grabación había que solicitarlo previamente por escrito a la Dirección de cementerios del municipio. “Esa es la indicación. Nadie del personal puede darte una entrevista ni nada, si no es a través del director”.  Pareciera que se busca que el asunto no sea difundido por la prensa.

Obelisco y gallo en el panteón (Foto Gabriel Macías)

El titular de la Dirección de panteones, Marco Antonio Jasso Romo concedió una entrevista. Aprovechando que él estaba coordinando un operativo por el 10 de mayo en los panteones, en el que dijo se llevaron a cabo labores de mantenimiento, limpieza y prevención, el cual también involucra las cuestiones de seguridad, le pregunté si estaba al tanto de lo que ocurría en Mezquitán y cuáles eran las acciones para remediarlo.

Esta fue la respuesta que acertó a dar: “el vandalismo dentro del cementerio no es nada nuevo. Es una práctica antigua que se ha venido haciendo”.  Señala que el problema es que no hay quien haga una denuncia, porque aunque la dependencia a su cargo atrape a los inculpados in fraganti, la Fiscalía General del Estado los suelta en 72 horas. Y agrega que como las tumbas son “propiedades particulares, no del cementerio, la responsabilidad recae en las personas que son los dueños”, y si se les llama para que ratifiquen la denuncia, no lo hacen por una u otra razón. En el caso del gallo del obelisco y lo que hay en esa sección, aparentemente es el gobierno francés el poseedor, según Jasso Romo.

Pero no porque a los propietarios les dé lo mismo o desconozcan el asunto, el municipio debería desentenderse ante lo que es parte del patrimonio histórico de la ciudad, se le cuestiona, y aquí es donde el funcionario comienza a sonar incómodo. Dice que no es un patrimonio de Guadalajara, y que solamente los dueños deben darle seguimiento. Que nada más tienen conocimiento de seis casos recientes de robos, pero que de lo demás no pueden enterarse si no les dicen. Y confiesa que no hay un presupuesto en específico o un proyecto para la protección del lugar, que es como si lo hubiera para cuidar las calles desiertas.

Cuando se le cuestiona sobre el seguimiento, éste responde que es interno pero que ellos no pueden contra la “misma red de corrupción” que permite que los ladrones queden fuera de la cárcel en poco tiempo. Aun así, según él, los saqueos eran mayores un año y medio atrás.

Sobre la vigilancia, Jasso Romo dice que trabajan en coordinación con la Comisaría del ayuntamiento, y que la Dirección de cementerios cuenta con 24 elementos en todos los panteones, de los cuales afirma que hay de dos a tres destinados al de Mezquitán por turno, y que se dedican a recorrer las 27 hectáreas del lugar.

Al comentarle que alguien del mismo personal del Panteón de Mezquitán ha sugerido que los rateros podrían tener alguna conexión con los trabajadores, lo cual facilitaría su delito, se altera. Dice que él desconoce si están involucrados. Pero va más allá y pide que se le diga el nombre de quien ha mencionado tal cosa. Al no tener una respuesta, se impacienta y dice que él los va a juntar al día siguiente y que quiere que yo vaya a señalarlo. Se le hace notar que la labor periodística no es encarar a nadie, sino escribir o hablar de lo que se ve y escucha. Entonces, en tono de advertencia dice que la conversación está quedando grabada –lo cual es lo normal, y más porque es vía telefónica– y que yo no debo mencionar los supuestos que puedan decir otras personas.

Luego, asegura que sí están haciendo algo para que no vuelva a suceder una situación así, ya que “estamos hablando de un patrimonio histórico de la ciudad”. Se le hace ver que unos momentos antes me había dicho que no era tal cosa. Entonces dice que es un patrimonio privado pero que es un ícono de la ciudad, y que los particulares deben apoyarles con su trabajo, es decir, la parte de las denuncias, pero eso es cuando los delitos ya se cometieron. ¿Acaso el ayuntamiento no debería ser más contundente para prevenir tales acciones? Su respuesta es que lo están haciendo “de manera silenciosa”. E insiste en que la Fiscalía General del Estado es la culpable al soltar a los delincuentes, porque argumenta que nadie más que los dueños pueden hacer la denuncia. En ello tiene razón.

Pero para preservar lo que aún queda a futuro, de acuerdo a Jasso Romo, deben contar con más elementos de vigilancia, e instalar cámaras de seguridad o utilizar drones, para “poder inhibir que la gente entre a robar y hacer cosas indebidas”.

A la pregunta de si sabe si hay un inventario de las piezas de valor del panteón, me dice que lo desconoce “esa no es nuestra función, es de otro tipo, no de ver qué hay o qué no hay”. Curiosamente, en el capítulo X, artículo 71, apartado XII del Reglamento de Panteones para el Municipio de Guadalajara, se lee lo siguiente sobre las obligaciones de quienes administran los cementerios: “Realizar un censo actualizado de ocupación de tumbas y el estado de conservación en el que se encuentran”.

Fuera de que los propietarios de las tumbas no están al tanto  de lo que sucede con ellas, ya sea porque a los descendientes en nada les importa o porque quizá ya no haya alguno vivo, lo cierto es que el cementerio pertenece al ayuntamiento de Guadalajara, y es su responsabilidad lo que pase en él. El gobierno municipal es quien debería encargarse de proteger tal patrimonio histórico, y de divulgarlo con fines educativos y hasta turísticos, porque la visibilidad es la mejor manera de que la ciudadanía lo cuide, porque como advierte Macías Agredano, “no amas lo que no conoces”.

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