Ahora “calandrias” eléctricas

|Por Juan José Doñán|

Con la novedad de que las autoridades tapatías, con el alcalde Enrique Alfaro al frente, acaban de sacarse de la chistera o de los forros otra ocurrencia: sustituir por vehículos eléctricos las tradicionales calesas de Guadalajara, tiradas por caballos y conocidas popularmente con el nombre de calandrias.

El motivo principal, que no argumento o razón, de quienes son desafectos declarados de las carrozas tapatías movidas por caballos es una presunta “protección del derecho de los animales”, según la expresión empleada textualmente por el primer edil tapatío.

Más allá de ese “derecho de los animales”, que en sentido estricto es más una invención fantasiosa y demagógica que algo real, lo que pareciera estar en el fondo de esta iniciativa municipal es otra cosa: un malentendido amor por la naturaleza o, peor aún, un celo desnaturalizado por la supuesta protección de los animales. Y ello porque, por principio de cuentas, hay quienes no acaban de entender que en el gran reino animal no todas las especies son iguales y consecuentemente requieren un trato diferenciado.

De un lado se encuentran las especies silvestres, de las cuales el sentido común dice que deberían vivir en su hábitat, a pesar de que éste haya sido alterado por el ser humano, y no en el cautiverio de los zoológicos, donde, en todo caso, sólo tendrían que estar algunos especímenes de manera excepcional y pasajera, ya fuere por motivos médicos, o reproductivos en el caso de las especies que se encuentran en peligro de extinción, a fin de reintegrarlas lo más pronto posible a la naturaleza, y no tanto para que los zoológicos sirvan de sitios de entretenimiento o espectáculo de dudosos amantes del mundo salvaje, pues resulta evidente que por más de avanzada que puedan llegar a ser esos lugares, siguen siendo estancias de cautiverio y aun cuando la jaula sea de oro, no deja de ser prisión.

Bien distinto es el caso de las especies domesticadas. Desde la remota época prehistórica y hasta los días que corren, la presencia animal ha sido consustancial o indispensable para el ser humano, y es seguro que éste no hubiera podido prosperar como especie sin la variedad de animales que se conocen como domésticos.

Para su alimentación, lo mismo que para el trabajo, el transporte, la guerra, la vigilancia, la compañía, la recreación, las comunicaciones y el entretenimiento, el hombre de la antigüedad echó mano y doméstico una gran variedad de mamíferos, aves e incluso a cierto tipo de insectos.

Desde entonces, la vida del ser humano ha estado asociada a una gran diversidad de bovinos, equinos, ovinos, caprinos, felinos, cánidos, paquidermos domésticos como los cerdos, gallináceos, aves canoras e insectos como las abejas.

Y en algunos casos, por no decir que en su gran mayoría, es probable que esas especies animales no hubieran podido subsistir sin su sociedad con los humanos, al haber quedado en un serio riesgo su existencia.

Ese sería el caso de los equinos mayores (caballos y mulas) y menores (asnos), que aun cuando les cueste trabajo aceptarlo a muchas personas bienintencionadas que hacen activismo a favor de los animales, son, han sido y seguirán siendo bestias de trabajo.

Y en el momento en que los equinos dejen de ser vistos y tratados como medios productivos, por más que la expresión pueda no gustarles a algunas “buenas conciencias”, pues sencillamente dejarían de ser negocio para sus propietarios y entonces sí se pondría en riesgo su sobrevivencia.

A partir de lo anterior y volviendo al caso de las organizaciones civiles que pugnan por jubilar a los caballos que tiran de las calandrias en primer cuadro de Guadalajara, así como de los funcionarios municipales que buscan complacer tal petición, en muy poco o en nada se contribuiría con ello a que esos equinos puedan tener una vida mejor. Peor aún, de ese modo sólo estarían fomentando lo contrario: a poner en riesgo su existencia y a que dejaran de tener una vida digna como la que han cumplido hasta ahora en las calles de Guadalajara.

Por otra parte, no deja de ser algo risible eso del violentado “derecho de los animales”, pues implícitamente se afirma que los dueños de las calandrias y los caballos no respetan los “derechos” de estos últimos. La pregunta sería: ¿es que algún funcionario del municipio ha descubierto que se les niega el alimento a esos equinos, o que los mismos estén siendo víctimas del maltrato de sus dueños?

Hasta ahora nadie, lo mismo entre las organizaciones que se dicen protectoras de los animales que entre las autoridades locales, ha podido demostrar que se dé ese maltrato y menos de manera sistemática, o de que exista esa cacareada violación a los inventados y demagógicos “derechos de los animales”.

Si cualquier transeúnte puede constatar por sí mismo cómo esos caballos tienen una buena presencia, es decir, no lucen flacos, sino fuertes y sin heridas ni ninguna otra huella de maltrato, ¿entonces dónde está la violación a los “derechos equinos” –porque ni modo de llamarlos derechos humanos– de esas nobles bestias? ¡Claro, siempre y cuando llamarlos “bestias” no constituya un atentado verbal a lo políticamente correcto, aplicado ahora, de manera extralógica, al gran reino animal!

Por último, en lo que hace a las calandrias eléctricas, de plano ésta pareciera ser una ocurrencia digna del inefable Tío Lolo antes que un proyecto necesario y bien razonado por parte de la autoridad municipal.

1 Comment

  1. El objetivo de eliminar al caballo de la ecuación es el terminar con el riesgo de accidentes animal-vehículo, es una medida de prevención y actualización. Es obvio que los caballos serán sacrificados, sin embargo es mejor a largo plazo, ya que sólo se dará un episodio de sacrificio, no uno de generación en generación, ya que los caballos viejos que no pueden trabajar, igualmente se sacrifican. No se debe de ver como un fenómeno de protección animal, sino como de prudencia. Igualmente si los “tradicionalistas” no quieren ceder, el concepto de calandria tirada a caballo puede implementarse en otra área de la ciudad (p.e parqués) NO en el centro, dónde ya no es inteligente el meter un animal a circular en las calles, independientemente de sus “derechos”.

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