Alcalde malhumorado

Calandrias

| Por Juan José Doñán |

El luto nacional por la pérdida de centenares de vidas humanas, así como por los miles y miles de damnificados, a consecuencia de los sismos de este mes que ya va tocando a su fin, ha venido a camuflar o a relegar infinidad de hechos y sucedidos de otra clase, hechos y sucedidos que, aun cuando no hayan pasado del todo inadvertidos, sí han sido noticias minimizadas por los distintos medios, que muy explicablemente le han prestado una mayor atención a la secuela de desastres que han conmovido a propios y extraños.

En el ámbito local, entre ese alud de noticias camufladas o relegadas por los sismos, ha habido de todo, desde desatinos mayúsculos de algunos de nuestros, dizque, “servidores públicos” hasta groseros casos de mal uso o abuso del dinero de los contribuyentes, pasando por los habituales actos delictivos, que siguen al alza en nuestro medio, ante la impotencia de los distintos órdenes de gobierno, los cuales nomás no dan pie con bola, aun cuando solemnicen firmas de acuerdos de coordinación y anuncien medidas poco racionales, que hablan más de la impotencia y de la desesperación de quienes las concibieron que de una bien pensada estrategia de seguridad pública.

Uno de esos asuntos públicos, relegados por las noticias de los sismos y sus consecuencias, es el capítulo más reciente de las desahuciadas calandrias de Guadalajara (las tradicionales calesas tiradas por caballos) y la evidente hostilidad contra quienes prestan ese servicio por parte de la actual administración del ayuntamiento tapatío, que de manera disparatada prohibió el empleo de caballos en faenas de tiro en todo el municipio, dizque para evitar el maltrato a esos animales.

Con ello que se pretende obligar a los calandrieros a que jubilen a sus equinos (lo que para fines prácticos significa mandarlos al matadero) y arrumben sus calesas. A cambio de ello, el gobierno municipal les ofrece unos cursilones carromatos de motores eléctricos, los cuales pagarían en abonos a largo plazo.

Y precisamente por esa hostilidad en su contra, un grupo de 60 calandrieros recurrió esta semana a la Comisión Derechos Humanos del Estado de Jalisco, a fin de interponer una queja contra lo que consideran un abuso de la autoridad municipal, que de buenas a primeras decidió prohibirles el uso de sus caballos, con la falsa acusación –o al menos indemostrada– de maltrato animal.

Al enterarse de dicha queja interpuesta ante Derechos Humanos, el presidente municipal de Guadalajara, Enrique Alfaro, lejos de aceptar que los calandrieros inconformes están en todo su derecho de recurrir a esa instancia, salió con su domingo siete, pues le dio por regañar públicamente a ese grupo de personas que es apreciado por la sociedad, buscado por los turistas y que, a lo largo de un siglo, durante varias generaciones, se ha venido ganando la vida honestamente.

El primer edil de Guadalajara, quien cada vez disimula menos su poca paciencia y su escasa tolerancia, pareciera olvidarse de algo básico: de que los calandrieros no son un grupo de empleados suyos, a los que pueda regañar. Al contrario, y mal que le pese al funcionario, esas personas –a las que Enrique Alfaro no les ha dado el trato digno que merecen– son sus patrones, al igual que el resto de los tapatíos, a quienes el susodicho y todos los demás funcionarios municipales están obligados a servir bien y de buen modo.

Lo menos que los calandrieros y demás tapatíos deberían de esperar de quien figura como el primer servidor público de Guadalajara, es un trato correcto y respetuoso, pero en ningún caso desplantes propios de un dictadorzuelo.

Por otra parte, hasta ahora ni Enrique Alfaro ni quienes discurrieron prohibir el empleo de caballos en faenas de tracción han podido demostrar que les asista la razón, como tampoco han demostrado que esa decisión verticalista, por no decir autoritaria, responda a una demanda social, pues la campaña contra las calandrias fue alentada por un grupo ínfimo de presuntos defensores de los “derechos de los animales” (lo que sea que esto signifique), así como por la funcionaria municipal del ramo, quien encarna ejemplarmente cierto tipo de funcionarios tan arrogantes como poco competentes que llegaron con Enrique Alfaro para ocupar altos cargos en la actual administración municipal.

A consecuencia de ello, de manera extralógica, sin hacer ninguna consulta entre la sociedad tapatía y ninguneando olímpicamente a los calandrieros, tanto el alcalde Enrique Alfaro como los regidores de las distintas bancadas, con excepción de la del PRI, determinaron prohibir el empleo de caballos en faenas de tiro en todo el territorio municipal de Guadalajara.

Para colmo de males, luego de que los calandrieros consideraran que sus derechos elementales están siendo violentados, comenzando por el relativo a realizar un trabajo honesto, y acudieran a interponer una queja ante la CEDH, el alcalde tapatío montó en cólera y el miércoles de esta semana salió a regañarlos, acusándolos de caprichosos y diciéndoles que sólo les quedan dos caminos: o aceptar las calandrias hechizas (de motor), o cambiar de oficio.

¡Así se gobierna en Guadalajara!

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