Alegatos sobre la lectura contemporánea

lectores

|Por Obed Van Dick|

Mucho se ha discutido en los últimos diez años en torno a la lectura y los lectores. Que si leemos o no o que si antes leíamos y ya no. La perorata se encendió al comparar la computadora con el libro, la pantalla con el papel y lo digital con lo impreso: en suma, internet contra la imprenta –como si antes de Gutenberg no hubieran coexistido la piedra (el soporte más antiguo de escritura que conoce la humanidad), las tablillas de arcilla, el papiro, el pergamino, el volumen (papiros enrollados alrededor de unos cilindros de madera) y el códice o codex (manuscritos plegados, cocidos y encuadernados); y en Oriente, hasta un soporte hecho de hueso, escamas, madera y seda–. En todos se ha leído. Con la irrupción de las nuevas tecnologías hubo quienes pregonaron que los libros estaban en peligro de extinción y que los lectores de cepa desaparecerían, como si la lectura se redujera al libro, lo que al menos sirve para –en un ejercicio de irónica imaginación– traer a cuento la distópica novela Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury, la cual alude en su título a la temperatura en la que comienza a arder el papel. Ante el alegato, tomaron postura tanto los apocalípticos como los integrados.

La creencia popular es que en México no se lee y no solo eso sino que otrora, la profundidad y la memoria eran los artífices de un modelo de lector ideal presumible urbi et orbi, como si eso existiera. No tiene caso que cite las dolorosas cifras que año con año ofrece el INEGI sobre las prácticas lectoras en el país. Lo interesante es que “el auge de los dispositivos móviles, principalmente de los celulares, en México y el mundo se ha convertido en una oportunidad para llevar la lectura a todos los rincones”.

linro

George Steiner, uno de los grandes críticos literarios de nuestra época, arremetió con fuerza en 1997: “la atrofia de la memoria es el rasgo dominante de la educación y la cultura de la mitad y las postrimerías del siglo XX”. Por su parte, José Emilio Pacheco, quizá el último hombre de letras por antonomasia en la cultura mexicana, se planteó una duda: “defender hoy el libro y la lectura, ¿no equivale a negar la realidad abrumadora y hacer el elogio de la diligencia?” (2015). Y prosigue con un argumento potente: “la gente no lee, decimos una y otra vez. No lee pero emplea muchas horas de su vida envuelta en un mar de historias que salen de una máquina electrónica de narrar” (2015). Con otra perspectiva Alberto Manguel, el llamado casanova de la lectura, respondió a manera de latigazo en 2011 cuando se planteaba promover la lectura por medio del Internet y los celulares: “He escuchado decir que los niños de hoy pasan 70 por ciento de su tiempo delante de una pantalla y, lo peor, a gente pedir que aprovechemos esa pantalla para enseñarles a leer. Pero eso es como decir ‘los niños consumen 70 por ciento de productos con azúcar, que los hace diabéticos; aprovechemos eso para pasar la vitamina E’. Es un razonamiento absurdo y casi criminal”. Ante el arrebato indignado del casanova y la sensatez observadora de Pacheco, Steiner nos advierte que en la actualidad pasamos por una “dislexia de los actuales hábitos de lectura”.

De suyo, el uso de las computadoras y los celulares con acceso a Internet han cambiado las formas de leer, pero sobre todo, han modificado la trayectoria que los lectores contemporáneos siguen –ya no de página a página, sino de link a link– y me parece que en esas implicaciones se cifra el alegato de nuestro tiempo.

Leer es una “caza furtiva” (Michel de Certeau dixit). El verbo leer viene del latín legĕre (escoger). Según el diccionario de la RAE, tiene ocho acepciones de las cuales subrayo: 1) “Pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados”; y 2) “Comprender el sentido de cualquier otro tipo de representación gráfica. Leer la hora, una partitura, un plano”.

Hoy, los lectores expuestos a lo digital, a la pantalla, al link, al hipertexto, a la multimedialidad (o posibilidad de llevar un contenido a distintas plataformas), a una forma diferente de transitar sobre lo que leen, se ven poderosamente influenciados, ampliados, potenciados y multiplicados en la práctica.

linro

El surf de los lectores contemporáneos

En Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación (2011), Alessandro Baricco utiliza la metáfora del surf o surfing para explicar grosso modo que hoy leer es una especie de “navegación rápida sobre la superficie” donde lo que se busca son las “experiencias en forma de trayectoria”, lo cual configura la lógica de lo que denominó “movimiento bárbaro”:

La superficie en vez de la profundidad, la velocidad en vez de la reflexión, las secuencias en vez del análisis, el surf en vez de la profundización, la comunicación en vez de la expresión, el multitasking en vez de la especialización, el placer en vez del esfuerzo. Un desmantelamiento sistemático de todas las herramientas mentales que heredamos de la cultura decimonónica, romántica y burguesa (pág. 209).

Al fin o al cabo, como sugiere Cristian Vázquez, “la clave consiste en crear lectores que conozcan sus derechos: derecho a leer cualquier cosa, a abandonar un libro en cualquier momento, a saltarse páginas, incluso simplemente a no leer” (2017).

Concluyo. Cuando se utiliza como imperativo (lee para saber, lee para ser más culto, lee para ser mejor persona, lee para no repetir los errores del pasado o simplemente lee para pasar el tiempo. O lee para que no pronuncies “ler” como lo hizo Aurelio Nuño, Secretario de Educación en México) el verbo leer pierde su modo de acción, sentido, valor, riqueza y hasta su utilidad. Y con ello, la lectura puede convertirse hasta en un ritual de culto solo para los iniciados del alfabeto. En suma y sin alegar, como escribió Gabriel Zaid en su Los demasiados Libros (1996): “La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan”. Pues, más allá de los alegatos leer es curiosear, es decir, tomar la actitud contemplativa con la que un niño se dispone a conocer y penetrar el mundo.

En un arrebato posmoderno, imagino a Cortázar leyendo Rayuela desde su celular.

 

ObedObed Van Dick Solis

Comunicador egresado del ITESO / Corrector de estilo / Investigador en ciernes / Lector de tiempo completo / Literato de afición / Bohemio de cantina / Peripatético nocturno

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*