De allá para acá y otros lados…

Avelino Sordo Vilchis

Fue doble la sorpresa que me causó el inesperado regreso de mi ejemplar de Rayuela. Y es que hoy en día resulta insólito que alguien te devuelva un libro (y tal vez lo sea más que a estas alturas todavía ande uno prestándolos). La segunda sorpresa provino de que se tratara precisamente de Rayuela —la verdad es que ya ni me acordaba que lo había prestado— con todo lo que significa. Y no es por el valor que pudiera tener el ejemplar en sí, pues se trata de la edición convencional de Alfaguara, que no es la gran cosa. Lo que sí, es que me recordó mi primer ejemplar de la novela —la de editorial Sudamericana con el bebeleche trazado como con gis blanco sobre un fondo negro y con la tipografía amarilla—, que se fue para nunca volver precisamente en un préstamo.

La inopinada reaparición de la novela —sumada a que unas semanas antes había encontrado fortuitamente una vieja y deshojada antología de cuentos de Cortázar en un rincón del librero, que leí con una fascinación similar a la de la primera vez— me pareció un buen augurio, una señal de que debía releerla. Fue así que después de no sé cuántos años (me parece que algo así como 20) de no asomarme a sus páginas, de inmediato comencé a navegarlas, lo que me llevó una serie de redescubrimientos confirmatorios de la idea que me había hecho cuando la leí por primera vez, en un ejemplar prestado por la biblioteca del Colegio Internacional. Pero también hubo hallazgos, resultado de esta nueva mirada, a través de unos ojos más viejos.

Decidí leerla siguiendo la propuesta de Cortázar, cuando explica que Rayuela es muchos libros, “pero sobre todo es dos libros”: comenzando por el capítulo 73 y terminando con una segunda lectura del 131. Y otra vez experimenté la metafísica duda de si no habrá quedado por ahí algún capítulo en “De otros lados”, oculto a propósito para que permaneciera inexplorado, duda que de nuevo decidí no intentar despejar por respeto a la voluntad del autor. Por cierto, la mala manía de fragmentar la novela en piezas —capítulos—, es sin duda resultado de la permisividad del propio Cortázar, que decidió escribir una serie de “capítulos prescindibles”, además de sugerir una lectura en la que uno va saltando de aquí para allá, sin respetar la secuencia numérica.

Con la nueva lectura confirmé que prevalecen esos que podemos llamar “lugares comunes rayuelescos”, que son referencias más dictadas por una idealización, que por lo que realmente ofrece el texto. Uno es la fascinación por el París relatado en sus páginas, que en lo personal no me parece tan atractivo como para recorrer la ciudad con la novela en la mano, a manera de guía. No, cuando anduve por aquellos lares, disfruté de sus cafés dispuestos como tribunas de estadio y de tantas maravillas que nos ofrece y en ningún momento extrañé el París de Rayuela. O está el asunto del jazz. Si bien se narra una interesantísima reunión-discusión, acompañada por un rico soundtrack jazzístico, algunos momentos clave de la novela fueron musicalizados por Schoenberg o Brahms.

Sigo pensando que los mejores momentos de Rayuela suceden en Buenos Aires. Ahí está el capítulo 56, con su fortaleza de palanganas, rulemanes y piolines, la ausencia de un Heftpistole y la presencia de los ojos verdes de «una hermosura maligna» del 18. O Talita cruzando el improvisado puente de tablones de ventana a ventana tres pisos por encima de la calle (41). Aunque también en París encontramos algunas joyas: el episodio con la concertista Berthe Trépat (23) —que de muchas formas me remite al cuento “Las Ménades”—, el hermosísimo capítulo 7 y su “Toco tu boca, con un dedo toco el borde…”, o el 144 que, cargado de erotismo, relata un encuentro con Pola comenzando con “Los perfumes, los himnos órficos, las algalias en primera y segunda acepción…”

Y otra cosa que recordé fue un proyecto de hace años: dedicarle a Rayuela y su autor el volumen del Día Mundial del Libro, que se compondría del capítulo suprimido de la novela (que recuerda, de muchas maneras, a los capítulos 41 y 56) con el texto que escribió Cortázar cuando se publicó en la Revista Latinoamericana, y el Cuaderno de bitácora de Rayuela (con apuntes, notas, dibujos y esquemas que Cortázar realizó durante el proceso de escritura de la novela). La idea no llegó a realizarse por falta de permiso de la gente que maneja su legado, que dijeron algo así como “Eso a nadie le interesa”, antes de cerrarnos la puerta en las narices.

Es una lástima que los herederos del Cronopio resultaran Famas.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 20 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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