Arreola, los años tapatíos

| Juan José Doñán |

Ante los sucesos horrendos de los días recientes, protagonizados por altos funcionarios de Jalisco, con el gobernador a la cabeza, a los habitantes de esta parte del mundo no les queda más remedio que contener la respiración o taparse la nariz y, desde luego, voltear rápidamente el rostro hacia otro lado, para mirar cosas menos desagradables que tráileres repletos de cadáveres, a los que funcionarios de la Fiscalía General de Jalisco y del Instituto Estatal de Ciencias Forenses han traído, de manera demencial, del tingo al tango, recorriendo varios municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara, con su macabro y nauseabundo cargamento.

¿Hacia dónde dirigir entonces la mirada, a fin de evitar la imagen repulsiva e indignante del hacinamiento de centenares de cuerpos humanos en descomposición, imagen que, con pésimo gusto, pusieron a circular tanto algunos medios de comunicación convencionales como las llamadas redes sociales?

Un buen punto para sustraerse del horror y la indignación sería la de la principal efeméride literaria del día de hoy, 21 de septiembre, cuando se cumplen cien años del nacimiento de Juan José Arreola, un jalisciense verdaderamente insigne, muy distinto de varios de los “ilustres” de pacotilla –o, peor aún, ilustres fementidos– que acompañan las cenizas y la efigie en bronce de Arreola, a un costado de la Catedral, en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres.

Nacido hace exactamente un siglo en Ciudad Guzmán (población que él siempre insistió en seguir llamando con su perdido nombre primigenio, Zapotlán el Grande) y fallecido en 2001 en la capital jalisciense, Juan José Arreola no sólo es uno de los narradores y prosistas de habla hispana más importantes del siglo XX, sino que fue también un talento versátil, un hombre de mil y un saberes, que se prodigó, derrochando sus atributos personales, en ámbitos tan diversos como la sala de conferencias, el tablero de ajedrez, los micrófonos y las cámaras de la radio y la televisión, el salón de clases, la hechura de libros artesanales, la mesa de ping-pong, el escenario teatral, los talleres literarios –de los que, por cierto, fue su pionero en nuestro país–, etcétera.

Con Guadalajara, la capital de su estado natal, Arreola no sólo mantuvo una relación cordial a lo largo de sus ochenta y tres años de existencia, sino que pasó en ella varias etapas de su vida.

La primera temporada tapatía de Arreola transcurrió de 1934 a 1936, cuando vivió en la casa de asistencia que sus tías paternas tenían en los portales de la calle de Morelos, a unos pasos de la Catedral.

En esa temporada, el Arreola de 16 y 17 años trabajó en un puesto de abarrotes, establecido dentro del Mercado Corona; comenzó a comprar sus primeros libros, cultivando su ya adquirido gusto por la lectura; asistía regularmente al cine y también al teatro; jugaba ajedrez y ping-pong; hacía hazañosos recorridos en bicicleta hasta el pueblo (ahora barrio) de Mezquitán, imponiéndose la condición de no usar las manos, y si por casualidad o por necesidad tocaba los manubrios, volvía a comenzar el recorrido desde el céntrico domicilio de sus tías.

Luego de pasar algunos años en la capital del país y en Ciudad Guzmán, Juan José Arreola regresó a Guadalajara a finales de 1942, cuando acababa de cumplir sus 24 años, para iniciar la que sería una de las etapas más provechosa de su vida.

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, Arreola hizo su debut literario en la capital de Jalisco, desde donde se dio a conocer como un cuentista superdotado; trabajó en el recién creado diario El Occidental, del que fue “jefe de circulación”; conoció a Antonio Alatorre y Juan Rulfo, con quienes hizo la famosa revista literaria Pan; contrajo matrimonio con Sara Sánchez, y tuvo lugar su encuentro con el gran actor y director de teatro francés Louis Jouvet, quien no sólo lo invitó a irse a estudiar actuación a Francia, sino que le ayudó a gestionar una beca del gobierno francés.

A fines de 1990 y luego de varios decenios de haber repartido su vida entre la Ciudad de México y su terruño, Juan José Arreola decidió establecerse en definitiva en Guadalajara, donde vivió sus últimos once años y donde falleció el 3 de diciembre de 2001.

En esa su postrera etapa tapatía Arreola se hizo presente, como nunca antes, en la vida cultural de Guadalajara: dirigía la Biblioteca Pública del Estado; daba conferencias a destajo sobre sus múltiples saberes; impartía clases en la antigua facultad de Filosofía y Letras de la UdeG, y era muy solicitado por los medios de comunicación.

Por esos mismos años trabajó por separado con su hijo Orso y con el escritor Fernando del Paso, en lo que acabarían siendo sus dos importantes libros de memorias, y entre otras preseas, recibió el Premio Internacional de Literatura Juan Rulfo (el ahora degradado a Premio FIL de Literatura) como reconocimiento a una obra literaria de muchos quilates, a una obra perdurable que desde hace medio siglo lo convirtió en lo que sigue siendo en la actualidad: uno de los autores clásicos de nuestra lengua.

 

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