Arte y democracia en el paleolítico

| Por Roberto Castelán |

El arte y la democracia tienen algo en común. Su vida transcurre entre la polémica, la discusión, el debate de ideas. Hay una diferencia: el artista, productor de arte, y quienes por cualquier razón –o sin ella– lo siguen y promueven, pueden en cualquier momento encerrarse en “su visión del mundo”, una visión individual, única, compartida solo con unos cuantos iluminados sin estar obligados a rendirle cuentas a nadie. En la democracia no: cada acción que repercuta en el espacio de lo público debe ser, obligadamente, explicada, consensuada y al final avalada por el ciudadano.

Cuesta trabajo imaginar cuál fue la reacción de los contemporáneos de aquellos artistas a quienes se les ocurrió “decorar” las paredes de las cavernas de Atapuerca y Altamira. O muy probablemente lo hicieron por encargo del señor presidente municipal de las cuevas.

Lo imagino parado en una roca, con la mirada fija hacia el –concepto aún no descubierto– como todos los grandes hombres: en su mano derecha un enorme mazo reposando sobre su hombro y la izquierda con el índice señalando las paredes de las enormes cuevas: “ciudadanos casi humanos de Atapuerca, en estas paredes que hoy veis –eran españoles– rugosas y frías, los grandes artistas locales van a plasmar algunos diseños de su inspiración que dentro de muchos, muchos miles de años, serán el asombro e intrigarán a los monos sin pelo de aquellos tiempos aún inimaginables para nosotros”.

La primera roca pudo pegarle en la cabeza y comenzó a sangrar. “Ignorantes enemigos de la historia, pese al golpeteo, seguiremos adelante, caminando erguidos –cuando esto sea posible–, hacia el futuro. Su escasa cultura neolítica o paleolítica no detendrá nuestra decidida marcha”.

O a lo mejor no pasaron así las cosas. Muy probablemente, después de un arduo día de trabajo, entre corretizas de dientes de sable, algunos ahogados por inundaciones provocadas por lluvias atípicas y carreras para aquí y para allá persiguiendo la prehistórica chuleta, agotados y ojerosos, con ganas de descansar en su confortable cueva, los cazadores se quedaron estupefactos al ver en las paredes de las mismas una gran cantidad de manchas con formas muy parecidas a los animales que antes perseguían y atrás de estos animales, unos pequeños seres iguales a ellos.

No mamen, dijeron, uno batallando para traer algo de comer a la cueva y estos ensuciando las paredes con esas manchas sin sentido con títulos tan absurdos como “la enorme cabeza del mamut”, “homenaje al cazador caído” y pendejadas por el estilo, sacrifiquémoslos.

Ustedes no entienden nada, ignorantes –dijeron unos gorditos con las manos llenas de pintura roja– esto es arte, ignorantes, envidiosos, mala leche… y no pudieron terminar con su perorata porque rápidamente fueron conducidos a la cocina y al grito de “algo es algo y hoy ya comimos” fueron destripados y compartidos como botana por los habitantes de la cueva mientras veían un atardecer, cortesía del Netflix de la época.

Ahora las cosas ya no pueden ser así. En la democracia todo lo relativo al arte público debe discutirse de una forma transparente, abierta, sin rabietas ni frases célebres dichas mirando hacia el futuro.

Pero eso, los hombres y mujeres del paleolítico siguen sin entenderlo.

Roberto Castelán Rueda
Profesor jubilado, doctor en historia y lector
de medios impresos a punto de extinción.

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