El azoro y la desesperanza

|Por Gerardo Ascencio|

Siempre me imagino a Javier según la leyenda urbana que lo caracterizaba (al decir de sus compañeros de Noroeste): manejando su vocho, en la alta madrugada culichi, por los barrios más alejados de la ciudad. Quizá con un trago de güisqui, quizá con una cerveza. Con su libreta de resortito, su pluma, su minigrabadora, su sombrero. Por ahí, oyendo la noche siempre tartamudeante de Culiacán. Como sacado de una novela negra, esa que han protagonizado –por desgracia– algunos de los amigos más entrañables que hice en mi paso por Sinaloa.

O bien, lo recuerdo tomando café en Los Portales, el único jirón de la plazuela tradicional de Culiacán que sigue en pie. En esa época –allá por los 90– cuando junto con Ismael Bojórquez y Alejandro Sicairos apenas bosquejaban lo que más tarde seríaRíoDoce. Cruzar con él un “quihubo bato”, “quihubo, morro” y dejarlo en la conversa con sus cuates.

O años más tarde en su mesa habitual del Bistró Miró, por la Buelna, con el café americano por un lado. La misma taza que seguramente sirvieron hoy en su mesa, la más arrejolada a la pared, junto con algunas flores y el periódico Noroeste.

Pero como siempre en estos casos recuerdo más la última vez que nos topamos, en una acera de la Plazuela Obregón de Culiacán, allá por febrero del 2014. Nos saludamos con efusión: acababa de presentar en Minería su nuevo libro en Aguilar (Con una granada en la boca); ahí, a la apenas sombra de los portales no dudó en sacar un ejemplar y regalármelo, y yo en prometer que buscaría la manera de reseñarlo en la colaboración que tenía entonces en Señales de humo, de Alfredo Sánchez.

Siempre me fue doloroso leer los libros del morro y este no fue la excepción. Porque mientras para otros autores de la narrativa del norte el narco es el personaje o el pretexto para novelar (que al decir de Vargas Llosa es mentir con conocimiento de causa), en la obra de Valdés hay la intención de descubrir y decir la verdad, como sea que se quiera definir.

Porque Javier fue periodista. Así sin adjetivos, por innecesarios. Fue corresponsal de La Jornadaen Sinaloa durante más de 25 años; cofundador del mencionado semanario RíoDoce, merecedor del premio Maria Moors Cabot otorgado por la Universidad de Columbia en Nueva York. Recibió también el premio Internacional a la Libertad de Prensa “por su valiente cobertura del narco y ponerle nombre y rostro a las víctimas”.

Y es que en este su ejercicio periodístico de casi 30 años en Sinaloa, Valdez no se “endureció” ni se “acostumbró” a la violencia que forma parte de la cotidianidad desde hace más de medio siglo en la región. Por el contrario, su capacidad de observación, su narrativa certera, a veces quirúrgica, tiene siempre un trasfondo de emotividad, de empatía por aquellos que otros sólo los consideran como daños colaterales, estadística, fosa común, telón de fondo, escenografía televisiva.

Porque en sus libros los personajes y las historias no son las de los grandes capos, esos que han forjado sus leyendas en los corridos pagados, dejando estelas de sangre y dinero, protagonizando hazañas reales o inventadas; narcos que terminan sus carreras anticlimáticamente en el quirófano del cirujano plástico, en el doble fondo de un closet, en un departamento vacacional esperando el inicio del carnaval de Mazatlán o quejándose de soledad en una cárcel gringa.

Son los punteros, los halcones, los burros, los sicarios de a pie, las familias, las víctimas; las reinas de belleza a las que les incluyeron entre los premios ser novias o amantes de narcos; los policías y los investigadores: todos de carne y hueso, con nombre y apellido.

Son las historias que traman los hilos más delgados, esos suelen desprenderse de lo que dan en llamar el tejido social; ese tejido por cuyo rompimiento los discursos oficiales y la sociedad no hacen más que rasgarse sus propias vestiduras.

Leo y releo esas historias y, de vez en cuando, le echo un vistazo a la dedicatoria donde apela a “la complicidad por esta metralla dolorosa y estas letras heroicas y esperanzadoras”. Hace un par de años, con incredulidad, vi cómo la noticia de su asesinato se esparcía. Vi cómo se multiplicaban el azoro, las hipótesis, la indiferencia policial, la indignación, la tristeza.

Algunos subían sus libros y sus dedicatorias. En muchas de ellas –como en la mía– pedía la complicidad. Lo entiendo: Javier se sabía solitario, como en sus recorridos en las noches agobiantes de Culiacán por los recovecos, los callejones, las calles, espirales de tierra y lodo.

Se sabía solitario en una sociedad que condenaba la violencia, pero hipócritamente había sido –y sigue siendo– cómplice del bando contrario.

Aún ahora, a dos años, sigo incrédulo. Y me repetiré que sigue presente en su obra. Pero no. Javier ya no está. Nos hace falta. Sólo quedó la metralla dolorosa. Las letras heroicas. Pero no la esperanza. Esa la dejamos. La perdimos en la mera entrada.

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