Boleto para migrar

Sergi Cámara / https://somosmigrantesexposicion.org/

| Iván Chávez |

 

La violencia y la pobreza resultan un boleto muy caro para migrar de una ciudad a otra, de un país a otro, de un continente a otro.

Estos dos componentes convierten cualquier viaje en viacrucis y detonan una catástrofe humanitaria, producto también de políticas económicas erróneas y de seguridad nacional. La llamada #CaravanaMigrante, conformada por miles de hondureños, que desde el fin de semana pasado arribó a México –en medio de descabelladas medidas de seguridad– es una fotografía del gran fallo que como humanidad hemos tenido en este siglo.

Desde el momento en que el hombre tuvo presencia en la Tierra, su instinto de supervivencia lo ha llevado a ir de un lado a otro; la seguridad, la búsqueda de refugio, de alimentos, de agua, lo hicieron un ser nómada en principio. Descubrió el fuego, creó utensilios, se convirtió en sedentario. Erigió templos, ciudades, civilizaciones. Escribió las páginas de la historia, un libro que aun no llega a su fin. Y en sus capítulos, la migración es un común denominador, sea del punto cardinal que sea.

Principalmente la protección de su integridad es lo que ha llevado al hombre a ir de un lugar a otro. Mucho ha tenido que ver la forma de quienes gobiernan una nación, lo que desemboca en varias ocasiones en una calidad de vida deplorable para hombres y mujeres.

La #CaravanaMigrante nos debe obligar a reflexionar sobre aquellas políticas públicas con las que los gobiernos atendemos las necesidades de quienes deciden viajar miles de kilómetros y dejar atrás sus raíces, con el único deseo de alimentarse, tener un techo y darle lo mejor a sus familias (que generalmente se quedan en el país de origen del migrante).

Los hondureños que han pisado México, sólo exigen que se les garantice el paso por el país. El artículo 11 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece en su primer párrafo que “toda persona tiene derecho para entrar en la República, salir de ella, viajar por su territorio y mudar de residencia, sin necesidad de carta de seguridad, pasaporte, salvoconducto u otros requisitos semejantes”.

Y en su siguiente párrafo dice que “toda persona tiene derecho de buscar y recibir asilo”.

En su artículo 13, la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (a la que pertenece México) asegura que “toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado” y a “salir de cualquier país, incluso el propio, y regresar a su país”.

El contexto que orilla a los hondureños a salir de su nación no es nada halagador, de acuerdo con los números. Siete de cada 10 son pobres, de esos siete, cuatro son extremadamente pobres. A ello se suma el que el país tiene ciudades como San Pedro Sula, dentro del ranking de las ciudades más violentas del mundo, con 51.8 homicidios por cada mil habitantes.

Por lo anterior es que la migración en Honduras sea una alternativa para sus ciudadanos. De acuerdo con Salvador Nasralla, excandidato presidencial hondureño, en los últimos 15 años, su país ha recibido alrededor de 450 mil millones de lempiras (1 dólar equivale a poco más de 24 lempiras, la moneda hondureña). “El principal rubro que mantiene a Honduras son los 15 millones de dólares diarios que ingresan, producto de las remesas”, declaró Nasralla el 22 de octubre pasado a la periodista Carmen Aristegui. “De eso vive prácticamente el país, por eso al Gobierno no le importa que la gente se vaya”, añadió el político.

Para un amplio sector de la sociedad mexicana, Honduras está lejos de ser México. ¡Vaya suerte!, piensan muchos. Nuestro país cada día sube en el listado de la violencia mundial. En el último informe del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública, cinco ciudades mexicanas se encontraron dentro de las 10 primeras de un listado de las 50 más violentas de América Latina.

Por cada mil habitantes existe una tasa de homicidios de 111.3 homicidios en Los Cabos (uno pensaría una ciudad segura que no suele ser tema en los titulares de prensa), 106.6 en Acapulco, 100.7 en Tijuana, 84.7 en La Paz y  83.3 en Ciudad Victoria.

A la violencia hay que agregarle la pobreza. Cuatro de cada 10 mexicanos se encuentra en pobreza, de acuerdo con datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). En pobreza extrema, pobreza, pobreza; hay por lo menos 9.4 millones de mexicanos, es decir, que a veces no comen siquiera una vez al día.

Hondureños son migrantes. También veracruzanos, chiapanecos, oaxaqueños, jaliscienses. Por ello, la estigmatización y la discriminación deben quedar a un lado cuando todos ellos caminen por el país, con rumbo a la nación de las barras y las estrellas.

Hace algunos años, el cambio de sede de la organización FM4 Paso Libre, dejó al descubierto los prejuicios en torno a los migrantes. Roban, violan, agreden, dan mal aspecto, fueron algunos de los argumentos de los opositores a que la casa que atiende migrantes se instalara en la colonia Arcos, en Guadalajara.

Más que emitir un juicio moral, queda tener una postura ética y de apoyo al prójimo, de sensibilización y de visibilidad a un problema que es responsabilidad de todos.

Me quedo con una declaración que en 2012 dio el padre Alejandro Solalinde al extinto diario La Jornada Jalisco, cuando se le preguntaba en qué hemos fallado como humanidad para que una persona decida viajar miles de kilómetros y deje atrás familia, amigos, la tierra que lo vio nacer, en pos de una mejor vida.

“El éxodo del sur al norte es una migración forzada. Se han roto las leyes mínimas en donde se ha puesto por encima al dios dinero, y en aras de ese dios dinero, se ha ofendido ese orden. Por eso los migrantes son la respuesta lógica. Se han roto las reglas mínimas de sobrevivencia y por eso los migrantes tienen que salir de sus lugares de origen porque no encuentran las condiciones mínimas de vida humana, ya no de una vida decorosa, sino mínima humana”.

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