‘Calandrias’, arte urbano y anexas

calandrias

|Por Juan José Doñán|

Al igual que el resto de los gobiernos municipales, el martes de esta semana la administración tapatía que encabeza Enrique Alfaro cumplió un año y diez meses, con resultados contradictorios para Guadalajara y sus habitantes, es decir, con algunos innegables aciertos, con otras iniciativas medianamente favorables para la ciudad, pero también con varias pifias habidas –y otras por haber como consulta pública de revocación de mandato, tan ociosa como onerosa–, por lo cual la gestión alfarista ha sido hasta ahora un gobierno de luces y de sombras, un gobierno que ha sido y seguirá siendo motivo de discusión, ya sea por buenas o por malas razones.

El grueso de estas últimas, no está demás decirlo, proviene de agentes políticos que ven en Alfaro el rival a vencer en la próxima contienda por la gubernatura de Jalisco y quienes, por lo mismo, no están ni estarán dispuestos a reconocerle al susodicho ningún mérito, de tal modo que con ellos y con ellas Alfaro ni noqueando gana, pues lo suyo, como es propio de los adversarios políticos, será tratar de cortarle las piernas al alcalde tapatío en su carrera por la sucesión de Casa Jalisco, y si no, al menos echarle cáscaras de plátano al paso, con el evidente propósito de que resbale en el maratón electoral que cada día está más cerca.

Pero dejando de lado esta previsible e interesada opinión adversa de los no pocos desafectos que tiene el alcalde tapatío, se encuentra otra opinión mucho más importante y aun preocupante: la de muchos tapatíos que, no obstante haber votado por Alfaro para que llegara a la alcaldía de Guadalajara, no están cabalmente satisfechos con su desempeño ni con el de sus colaboradores al frente del Ayuntamiento tapatío.

El contrastado proceder que ha tenido la administración alfarista, ante varios casos que preocupan a la sociedad, ejemplifica ese gobierno de pros y contras que, como la inmensa mayoría de quienes han pasado por la presidencia municipal de Guadalajara, no ha terminado por estar a la altura de lo que la ciudadanía esperaba de él.

Y entre esos asuntos recientes, lo mismo ha estado, en un extremo, la imparable espiral de la delincuencia, con la que no ha podido hasta ahora ninguno de los tres órdenes de gobierno, que, en el extremo opuesto, el muy apreciable programa de repavimentación y obra pública que puede verse por los cuatro sectores de Guadalajara.

Y entre ambos extremos, se ha dado una serie de iniciativas municipales que han dividido a la opinión pública. Éste es el caso, por ejemplo, del tozudo proyecto que pretende poner fin a las tradicionales calandrias, tiradas por caballos, para sustituirlas por vehículos automotores dizque con el “buen propósito” de proteger a los equinos como si alguien, comenzando por los dueños de esos nobles animales, estuviera interesado en hacerle daño a algo que forma parte de su propio patrimonio.

Y ello porque, de prosperar el anticalandriero proyecto municipal, esas bestias “a proteger” no sólo se verían devaluadas, sino que terminarían en el matadero. Y todo por un contraproducente “buen propósito”, cortesía del Ayuntamiento de Guadalajara y de varios grupos que se autonombran protectoras de animales.

Un caso distinto, aunque igualmente vigente, es el proyecto de arte urbano, que ha venido siendo discutido a lo largo de esta semana, aunque con más enjundia que buenas razones.

Muchos opositores ven el proyecto municipal de esculturas públicas como un gasto superfluo, con fondos públicos que, según esos detractores del proyecto, deberían emplearse en bachear calles, reparar banquetas o dedicarlos al arreglo a alguno de tantos otros desperfectos urbanos.

En honor a la verdad, de haber prevalecido este criterio en el pasado, no existirían ni los murales de José Clemente Orozco ni la escultura de la Minerva, entre otras obras públicas que forman parte, desde hace mucho tiempo, de las señas de identidad de Guadalajara.

No mucho más racional es la opinión de otros que exigen que dicho proyecto sea sometido a una consulta pública, a fin de determinar si esas proyectadas esculturas deben realizarse o no; como si el mérito artístico y su pertinencia pública dependiera de una votación.

Mucho más sensata es la postura de un grupo más reducido de impugnadores del proyecto, quienes básicamente cuestionan que la asignación para realizar esas obras de pretendido arte urbano, se haya realizado en favor una decena de artistas visuales de la localidad, mediante la asignación directa de la propia autoridad municipal y no a partir de una convocatoria abierta, para que luego un grupo de personas calificadas en la materia seleccionara las mejores propuestas, teniendo como base una reglamentación previamente establecida por el Ayuntamiento de Guadalajara.

Eso sería lo verdaderamente deseable y sensato, no sólo a fin de evitar cualquier tipo de sospechas y suspicacias, sino para hacer las cosas de manera profesional y transparente o, lo que sería lo mismo, de una forma distinta a como se han realizado hasta ahora este tipo de proyectos.

Infortunadamente, quienes ahora están en el gobierno de Guadalajara parecieran ignorar uno se los principios básicos e imprescindibles para cualquier persona que aspire a ser un buen funcionario público: que tener el poder, el cual siempre será más o menos transitorio, no equivale a tener la razón.

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*