¿Cambió Guanatos o fue uno el que cambió?

González Gortázar ciudad

|Por Ramos Manrique|

No estoy seguro de haber regresado a Guadalajara. No reconozco las calles, los rostros me resultan extraños, el clima no se parece a lo que recuerdo. Busco los lugares que guardo en la memoria, pero no logro sintonizar aquella vibración. El sonido del tren representa muerte y migrantes mutilados. El olor de la cervecería no significa más que bebida transgénica, explotación laboral, panza chelera. Ahora las tardes lluviosas causan bajas humanas.

Aunque hay cosas que nunca cambian, media hora sin pasar y de pronto, se dejan venir cuatro camiones en feroz carrera, rebasándose entre ellos y haciendo de López Mateos una pista mortal. Ninguno se detiene, una sola persona en la parada no es suficiente motivación como para perder la delantera. El chofer de la quinta unidad, a la vez que cobra, cierra las puertas, arranca el boleto, da el cambio y arrea a la gente para atrás, me señala el teléfono de quejas, ahí arriba del San Juditas.

La ruta que toma el camión me recuerda la de la entrañable 124, pero la ciudad que veo a través de la ventanilla no se parece a la de entonces. ¿Dónde quedaron todos los góticos? ¿los industriales? ¿los hippies darketos? ¿Dónde anda toda la banda que se juntaba en el exconvento del Carmen? ¿Cómo se verán con su medio siglo encima? Miembros de esa generación que vio a la gente llegar al centro corriendo, espantada aquel veintidós de abril. Somos los que vimos el primer graffiti en la colonia americana, que ni siquiera era graffiti, era poesía urbana. Esos que cuidábamos como un tesoro un casette de Gerardo Enciso y Ricardo Castillo grabado de la radio, que pasaba de mano en mano. Los que estábamos ahí, en el origen del tianguis cultural, en el mero callejón. A los que corrían de La Fuente por no tener la edad, los que llevamos treinta años vagando mentalmente por estas calles, los que volvemos y no reconocemos nada.

¿Qué fue de las estrellas adolescentes de las fiestas clandestinas? ¿A qué se dedican ahora las figuras de entonces? ¿Terminaron mal como siempre se vaticinó? ¿O son gobierno, poder económico, triunfadores en un mundo salvaje? ¿Dónde quedaron aquellas chavitas que a los catorce años ya eran leyenda?¿Ofrecerán meriquei, orifleim o yerbalaif? Suena choteado, pero mi cerebro no deja de repetir “¿qué nos pasó?” Expresión que me inunda hasta llegar a mi boca, lo que seguramente hace que parezca que hablo solo. Como loquito. …¿qué nos pasó?…¿que nos pasó?…¿qué no pasó?…oiga señora: ¿qué nos pasó?… —Ay joven, ¡anda borracho!…

Gracias por lo de joven, es la actitud.

Que nos digan chavorrucos, no hay pedo. Que nunca maduramos. ¡Pues no! Al menos no como lo decían entonces los papás. Si madurar es comprar una casa, poner un negocio, tener tres niños y llevarlos en coche a la escuela, muchos no maduramos. Ahí nos quedamos, olvidando, olvidados. Creyendo recordar cosas que nunca sucedieron, o que no sucedieron como las recordamos. Y mientras lamentamos la pérdida del pasado, nos roban el futuro. Ya no recibiremos nada, lo nuestro es el free lance, y eso cuando hay. ¿Jubilación? ¿pensión? ¿sindicato? ¿reparto? ¿aguinaldo? Suena a otras épocas, de las que nos han platicado. Suena como llamarle Munguía a Tolsá, o como decir Maxi en lugar de Gigante, como contar chistes de Echeverría.

El frenón me regresa a la realidad:

—¡No traes bueyes, buey!

Han deslactosado nuestra memoria y ahora nos la quieren revender empaquetada. Y la verdad es que sí estaba chido, tal vez no lo supimos defender. O creímos que les correspondía, como siempre, a otros cuidarlo. Que podíamos ausentarnos, otros se harían cargo; cuando volviéramos, bastaría con buscar el cotorreo. Pero no. ¿Cuál cotorreo? ¿El de las tribus culturales? ¿El de los pequeños o grandes clanes? ¿El de los mercaderes del miedo? ¿El de pago por evento? ¿Cuál?

¿Por qué valorar tanto aquellas épocas? ¿Será que ya valió madre? ¿Ya nada es igual? ¿Son demasiadas preguntas? No hay magia, ni encanto urbano, ahora existe algo que se llama El torito, y lo demás apesta a crimen y explotación. Ya matan. Y un chingo. Ahora los conciertos se disfrutan desde butacas numeradas.

Ha habido días buenos. De esos en los que vas caminando y te topas con la manifestación ciudadana, y te das cuenta de que muchos siguen ahí. Seguimos. Aquí andamos. Y recuerdo que de esto tampoco había. Que la mejor cerveza era la negra modelo, no había hípsters, o tal vez nosotros éramos los verdaderos hípsters, los que deambulábamos empapados por Chapultepec cuando todo se reducía al Café Don Luis o al Azteca. Que íbamos a los mismos sitios, y el slam era una licuadora de rastas y botas industriales con olor a pachuli y mota. Si unos lentes se caían, eran los de Lennon. Porque también tuvimos nuestros sesentas por acá, en los noventas. Reinventamos lo que nuestros padres nunca vivieron. Somos los nietos del sueño mexicano, los que estamos por perderlo todo, junto con todo el mundo. Que no es Guadalajara la que ha cambiado, aunque haya cambiado. Que los sueños sueños son, señora. Y que si anda uno borracho es nomás porque así aflora mejor el recuerdo, ya ve que somos nostálgicos, sobre todo en estas épocas de lluvia ácida.

Desde entonces veíamos los edificios viejos caer durante las noches para renacer en estacionamientos, desde aquellos días veíamos venir lo que ahora tenemos encima. El colapso era inminente.

¿Y ahora qué? ¿Remasterización digital a lo que nunca fue? ¿Venta de fetiches de nuestra historia inventada?¿Deberán nuestros poetas y locos esperar a que los atropelle un 258-D para convertirse en íconos de la cultura?

Ya hubo un veintiocho de mayo, un tlajomulcazo, varios narcobloqueos, cerca de quinientas marchas, unos treinta plantones. Un gobernador nos mentó la madre. Ahora tenemos Ayotzinapa, Temacapulin, bicicletas blancas colgadas de los postes, marchas de la CNTE en Jalisco ¿quién iba a pensar? Ya le ganaron al PRI, luego el PRI les ganó y luego le ganaron otra vez y así… Pero las pitayas ahí siguen, y el puente de las damas se asoma por su ventana.

Y parece que ha pasado más que sólo tiempo, recordamos esa Guadalajara como si la hubiéramos soñado, como si en cualquier momento pudiéramos ver pasar al Kraeppelin con su peluca, o toparnos con El Chubasco y su greñero amarrado con una bolsa de plástico. Como si el Negro Guerrero anduviera todavía en la borrachera, como si pudiéramos evadir esta pinche realidad…

Volteo hacia la calle y no reconozco. No sé por donde vamos.

Oiga ¿ya pasamos la Minerva?

¿La qué?


Agradecemos a El Barrio Antiguo por compartir este trabajo.

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