De cara a la vejez

El escritor y filósofo español Aurelio Arteta (Navarra, 1945) publica este año A fin de cuentas: Nuevo cuaderno de la vejez (Taurus, 2018), una especie de “segunda parte” para A pesar de los pesares: Cuaderno de la vejez (Ariel, 2016), su primera incursión en el tema a partir de notas y comentarios que abordan el asunto desde una perspectiva personal que no sólo se nutre de una perspectiva fundada en su labor profesional sino, además, en “lo que se ha vivido”; se trata, pues, de cuadernos que se instauran en una tradición que, para nosotros, se funda en Séneca y Cicerón, aunque hay por ahí otros notables autores que se han dedicado a reflexionar en torno a un tópico que –dice el autor– puede conducir (muchas veces) “a la amargura o la desesperación”.

Arteta comenzó su primer cuaderno –al que me referiré en esta ocasión– al pasar los 60 años de edad, algo parecido a un diario en el que fechaba sus impresiones respecto su propio proceso de envejecimiento y lo que acontecía en derredor suyo que despertara la intención de indagar y, por qué no, dar con alguna respuesta no complicada ante los desafíos que plantea el paso del tiempo y nuestro inevitable camino hacia la muerte.

Así, en A pesar de los pesares, el catedrático jubilado advierte que la “rebelión” más necesaria de quien enfrenta la vejez es combatir la siempre presente “tentación de desesperar”, de creer que por situarnos en el último tramo de la existencia no existe para cualquiera la posibilidad de la esperanza o la alegría, del acometimiento de novedosas empresas o la adquisición de conocimientos.

De igual forma, Arteta aboga por la vida siempre porque, insiste, “valdrá siempre más” ante aquello que suceda tras el fallecimiento, un proceso edulcorado por las religiones que muy poco sirven para enfrentar el hecho de morir con una visión equilibrada que no dependa de su fe; asimismo, sostiene que una apreciación “equilibrada” de la esperanza debe basarse en una forma de valentía que “no consiste en haber eliminado el miedo, sino en doblegarlo”, pero únicamente de manera provisional “y hasta su próxima acometida”.

En estos términos, a pesar de no evitar apoyarse en la tradición literaria y filosófica (en estas páginas encontrarán, por supuesto, a Montaigne, Emerson, Fernando Savater o Marguerite Yourcenar, entre muchos otros), el autor está lejos de saturar a sus lectores con citas o referencias numerosas; su estilo, además, es conciso y directo, el lenguaje no abandona la llaneza ni sus explicaciones se prolongan sin motivo. Se trata, desde luego, de un libro que facilita el acercamiento a aquello de lo que trata, aunque no sea algo de lo que hablemos fuera de los convencionalismos o la ramplonería común.

Por esto, si bien en A pesar de los pesares nos enfrentamos a la muerte, la desesperación, la ausencia de los otros, las relaciones familiares, la enfermedad y nuestras concepciones sobre la juventud, el pasado, el futuro o los prejuicios que rodean el hecho de “ser viejo”, lo cierto es que es un libro muy distante de la prédica enaltecedora o el rancio (e inútil) didactismo que se sustenta en la superación personal; Arteta lo que nos entrega es un testimonio –en el que no falta la crudeza sana y sabia– con el que se vale estar en desacuerdo pero que, después de todo, confronta nuestras nociones habituales y podría servir de mucho a cualquiera que empiece su acercamiento a los últimos años de su vida.

Para concluir, diría que lo central para Arteta es la reivindicación de la memoria como un ejercicio no sólo saludable en lo físico sino, también, una herramienta que nos permite disminuir la distancia que nos separa de los demás seres humanos, incluso de aquellos muertos a quienes no vendría mal que pudiéramos –como un imperativo moral– tratar de “liberar” su recuerdo del abandono, del silencio y la indiferencia. Esa es, sin duda, una lección mayor y urgente, sobre todo en estos días.

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