El centenario de Thelonious Monk

Hal Willner es un productor musical atípico. Su trabajo se inserta lo mismo en los sketches del célebre programa de televisión Saturday Night Live que en discos de artistas de enorme prestigio como Lou Reed, Marianne Faithfull, Lucinda Williams o Bill Frisell. Ha sido conocido también por los “discos tributo” que ha realizado desde 1981 y que homenajean a grandes compositores de diversos géneros musicales: el autor de música para cine Nino Rota, el compositor de jazz Charles Mingus, el cancionista norteamericano Harold Arlen, el compositor alemán Kurt Weil. También se ha involucrado en la banda sonora de películas o en la realización de espectáculos temáticos que siempre incluyen músicos de variadas procedencias.

En el caso de los discos que homenajean a algún autor, su procedimiento ha sido recurrente: convocar a músicos muy diversos para que “reinterpreten”, incluso de un modo radical, la música del susodicho. Uno de los primeros discos que dedicó a un artista data de 1984: That’s The Way I Feel Now, en homenaje a Thelonious Monk y para el cual hizo una ecléctica selección de músicos: Donald Fagen, Dr. John, Carla Bley, John Zorn, Joe Jackson, John Scofield, Gil Evans, Bobby McFerrin, Peter Frampton y otros más. Recordé este disco el pasado 10 de octubre, la fecha en la que se conmemoraron 100 años del nacimiento de Monk, mi músico favorito del jazz norteamericano.

No es el único disco que se ha hecho en homenaje al gran Monk, por supuesto, de esos hay muchísimos, pero acaso sea uno de los más sorprendentes y acaso intrigantes por la curiosa elección del personal involucrado y por la dosis de experimentación que contiene. No es precisamente el Monk que más gustará a sus seguidores pero enseña las posibilidades inagotables para abordar su música. Y es que Thelonious fue, para decirlo de manera simple y sin una gota de exageración, un auténtico genio.

Thelonious Sphere Monk nació en 1917 y estuvo relacionado con ese movimiento renovador llamado bebop, donde también encontramos nombres como los de Charly Parker, Dizzie Gillespie y Bud Powell. Pero su importancia va más allá y tiene que ver, en mi opinión, con su inigualable manera de tocar el piano –angulosa, aparentemente errática, contundente y siempre con giros sorpresivos– y con su creatividad como compositor. Muchas de sus piezas son standards e innumerables son las versiones que se ellas existen, y ello no es gratuito: la riqueza melódica y armónica y la inventiva que contienen sus creaciones las convierten en temas obligados.

Julio Cortázar tuvo la privilegiada oportunidad en 1966 de asistir a un concierto de Thelonious en Ginebra, Suiza, y el relato de ello aparece en el segundo tomo de “La vuelta al día en ochenta mundos”. Ahí describe a Monk como una especie de oso enorme con un birrete que adorna su cabeza: “Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio…”, escribe el gran cronopio.

Thelonious no tuvo una vida fácil. Su estilo radical y enigmático también estaba relacionado con su propia vida. Tanto así que, de modo un poco inexplicable pero atribuible a ciertos problemas mentales, en la década de los setenta decidió recluirse para no aparecer más ante el público. El escritor español Antonio Muñoz Molina describe en un texto cómo Thelonious se levantaba cada mañana, se vestía impecablemente y se tumbaba en la cama para no hacer nada o, si acaso, para ver televisión.

Murió en Nueva York en 1982, alejado de un mundo musical que desde los años cuarenta se inclinó ante él. Hoy su música sigue sorprendiendo y encantando a quien se da la oportunidad de escucharla con atención. ¡Salud por los 100 años de Monk!

Alfredo Sánchez
Acerca de Alfredo Sánchez 36 Artículos
Músico // periodista // hombre de la radio

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