El cine, ¿arte o industria?

Avelino Sordo Vilchis

Mi primer recuerdo de una sala cinematográfica (de algún modo debo llamarla) viene directamente de un pueblo del Estado de México llamado Chalco (en el horizonte, los volcanes), que la mercadotecnia del salinismo hizo célebre como sinónimo de sus programas sociales y donde, además, Juan Pablo II ofreció una misa multitudinaria, y que hoy es apenas un apretado, chato y polvoso vecindario marginal de la Ciudad de México. A la función debía uno llevar su silla, pues la sala era apenas un galerón vacío. La película que proyectaban era Marcelino pan y vino, y el único recuerdo que conservo de lo que vi en la pantalla grande, es un aterrorizante alacrán avanzando sobre la pierna de Marcelino. Eso fue ya avanzada la década de los 50, muy cerca del rancho donde, en ese momento, entrenaban Fidel Castro y sus huestes.

Después vendrían otras experiencias, por ejemplo, una película de la que no recuerdo ni el título ni en el lugar ni la ocasión en que la vi, pero de la que tengo en la mente una serie de muy vívidas imágenes de una prisión nazi con su descascarado paredón de fusilamiento; de un escape en lancha y del ojeroso y desnutrido personaje enfundado en su abrigo negro. Y después fue la Casa Loyola, club regenteado por los jesuitas, ubicado donde ahora está el Centro Magno, en el que durante vacaciones y fines de semana, pasábamos más horas que en casa. Los domingos había cine y durante la función un cura se sentaba delante del proyector, de manera que cuando aparecía algo inapropiado para nuestros ojos (un beso, un abrazo apretado…), con su boina tapaba la lente del proyector. Y la rechifla no se hacía esperar.

Pero, lo que en realidad se puede considerar mi formación como entusiasta espectador cinematográfico (por nombrarla de alguna manera), sucedió unos años más adelante, ya en la década de los 70 del siglo pasado, supongo que a mediados. Fue por esas fechas que me inscribí, junto con algunos amigos, en un taller de realización cinematográfica en la Casa de la Cultura Jalisciense. Parte fundamental del programa académico, era la promesa de que haríamos una película. El taller lo dirigía Pedro Matute y andaban por ahí algunos ilustres maestros. Sin embargo, poco es lo que queda en mi memoria de aquel curso, pero lo que sin duda caló muy hondo, fueron los ciclos cinematográficos que se programaban en el Auditorio de la Casa de la Cultura, a los que los alumnos del taller teníamos acceso, pagando, si mal no recuerdo, un peso por función.

Al Auditorio de la Casa de la Cultura lo conocíamos como «el cine de la sábana miada», pues la pantalla —que en sentido estricto difícilmente lo era— ostentaba unas sospechosas manchas, abajo a la izquierda. Y si bien para entonces la ciudad contaba con algunos cines más o menos elegantes (El Diana y El Tonallán, por ejemplo), el detalle de la sábana y la absoluta incomodidad de las butacas, poco nos importaban ante la andanada de buen cine. Proyectadas sobre la sábana miada presencié todas las películas que hasta ese momento habían realizado Luchino Visconti, Pier Paolo Pasolini, Federico Fellini, Jean-Luc Godard, Jean Renoir, Louis Malle, Werner Herzog, Ingmar Bergman, Roman Polanski, Stanley Kubrick, Luis Buñuel, Carlos Saura, Akira Kurosawa y así hasta el infinito y más allá.

Con el tiempo, tan intensa experiencia acabó convirtiéndose en un problema. Y es que después de tal sobredosis de obras maestras, acabé convencido de que el cine es arte y lo demás son payasadas. Entonces, ibas con tus amigos a ver Amarga pesadilla o Perros de paja o cualquier película de moda y el asunto terminaba en una discusión interminable, pues para mis personales parámetros aquello no calificaba para catalogarse como cine. Y lo peor: tal radical sentimiento no tardó en trasminarse hacia las otras bellas artes, para la absoluta desesperación de mis interlocutores, de manera que en cuanto comienzan a pontificar que si tal cantante o banda son grandes músicos, por lo general mi intervención es para hacerles notar que “música, lo que se llama música, es la que hacía Mozart”. Y lo demás son payasadas.

Pero, regresando al cine que es el asunto que nos trae hoy, debo decir que el proceso para entender la verdadera dimensión del cine —”reeducación” le llamarían los comunistas; “calvario”, los católicos; “convencimiento”, los calvinistas—, fue arduo y bastante doloroso, porque la maldita realidad nos impone el apabullante hecho de que el cine es una industria muy costosa, que requiere harta lana para ser posible; lo que provoca que el arte sea apenas un ingrediente, que además es prescindible. Fue así que con el tiempo aprendí a agradecer con humildad aquellas películas que muestran respeto por el arte. Son pocas, pero muy apreciables y debemos disfrutarlas.

El año pasado, con el pretexto de mi colaboración —les encanta llamarla «curaduría», aunque no lo sea— en la exposición de Daniel Kent, me invitaron a “curar” un ciclo de cine en el Museo Raúl Anguiano. Pensé que había llegado el momento de la venganza de aquel joven que fue forzado a ceder algunas de sus creencias más preciadas. Y entonces me permití seleccionar siete obras maestras que van desde una de las catedrales de la cinematografía, Muerte en Venecia(Luchino Visconti, 1971), hasta esa obra maestra de tufillo francamente comercial: Magnolia (Paul Thomas Anderson, 2000), pasando por la oscura El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante(Peter Greenaway, 1989), la inquietante El huevo de la serpiente (Ingmar Bergman, 1977), la doblemente hermosa Amadeus (Milos Forman, 1984), la sorprendente Brazil (Terry Gilliam, 1985) y, por supuesto, la inclasificable Naranja Mecánica (Stanley Kubrick, 1971).

Y es que dijimos cine, no payasadas.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 26 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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