Como es usual

Avelino Sordo Vilchis

En 1985 Octavio Paz escribió “Los temblores del 19 y el 20 de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras elites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio […] Hoy se habla de reconstrucción. Pero esta palabra es engañosa, pues no designa realmente la naturaleza de la tarea que nos espera. No se trata de repetir lo hecho, sino de rectificar el curso ancestral de la historia de México” (El País, 10 de octubre de 1985). Y la certeza de que en aquella ocasión (¿en esta lo haremos, como al parecer es usual?) permitimos que los simuladores, los manipuladores de siempre, tomaran nuestro destino en sus manos. Y aquí estamos otra vez donde mismo.

Mi primera visión del terremoto del pasado 19 de septiembre fue en un video tomado desde las alturas de un edificio que alguien subió al feis: en ese momento no me causó mayor impacto. Sin embargo, ahora que lo recuerdo, eran de llamar la atención las líneas formadas por las nubes de polvo que, como si alguien fuera trazando líneas con un marcador sobre una fotografía aérea, definían las zonas colapsadas. Son los lugares de siempre, los que están identificados en los Atlas de Riesgos, los que, como es usual, son ignorados por la codicia de los desarrolladores inmobiliarios con la complicidad de las autoridades. Y supongo que, como en 1985, esta vez intentarán enterrarlas bajo una densa y gruesa capa de retórica fatalista: fue responsabilidad de la naturaleza…

Como involuntaria prueba de mi premodernidad, me puse a buscar un noticiero en la televisión abierta. Quizá esperaba encontrarme a Jacobo Zabludovsky recorriendo las devastadas calles de la ciudad de México en su Mercedes (cuando no era fácil tener un Mercedes en México): era la manera como nos informábamos hace tres décadas. Ahora en los tiempos de la conectividad es distinto: hay mucha —¿demasiada?­— información por todos lados. Mi necedad fué recompensada, pues más tarde me encontré con un noticiero: desde la pantalla y con un tonillo moralizante, Ciro Gómez Leyva, nos advertía de las fake-news, esa nefasta costumbre que tienen algunos medios —sobre todo en la Internet, corrigió—  de inventar noticias con el fin de ganar audiencias.

Y de ahí, Ciro pasó a asegurar que por supuesto el caso Frida-Sofía de la asociación Televisa-Marina, no entraba en tal categoría, pues si bien se trató de una monstruosa mentira, la nota estaba “respaldada” por lo que él llamó “una fuente”: alguien —así, sin nombre ni apellido— de la marina. Como si las fake-news no tuvieran un origen, “una fuente” así, sin nombre y apellido. Es una pena: recuerdo a Denisse Maerker en aquel buen noticiero —¿el último?— de Canal 40, precisamente con Ciro. Que fácil resulta tirarlo todo a la basura. En YouTube pude ver cómo Denisse, con un reciclado López Dóriga, y una reportera muy fashion, informaban minuto a minuto y con una prolijidad impresionante, las minucias del rescate imaginario de la niña imaginaria.

Pero dejemos atrás las sombras —las muestras de “la erosión moral” que mencionó Paz— y recuperemos las luces que, como en 1985, nos ofrecen una narrativa épica, llena de imágenes para la memoria. Y es que —como es usual— el infortunio sacó a flote lo importante, lo sustantivo, mientras los partidos políticos comenzaron una bizantina discusión de qué hacer con nuestro dinero y los desarrolladores inmobiliarios buscan la manera de salirse con la suya y, no sólo eso, sino ganar más dinero en el proceso, como es usual. Es así que me quedo con aquella cuadrilla de trabajadores de la construcción que aún cuando no se asentaba el polvo levantado por el desplome de un edificio dos cuadras abajo de donde trabajaban, ya estaban organizando el rescate.

También me quedo con el cajero del Oxxo que de inmediato acudió a intentar rescatar de entre los escombros a “sus clientes” del edificio de enfrente. O con los voluntarios que, por la noche, tragando polvo y bajo la pertinaz lluvia continuaron acarreando escombros. O con el niño que carga ese pesado pedazo de concreto sobre su hombro. O con el dueño de la ferretería que se ubica en Sonora 128, que donó todas las herramientas de su inventario. O con el taquero que se puso a preparar tacos gratis para que los voluntarios no desfallecieran. Me quedo con el cartón de Helguera, en el que un voluntario de chaleco fluorescente mantiene a raya a la muerte con su pico.

Y, como es usual, la chilanga banda me devolvió la fe en la humanidad.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 21 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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