Compendio de fantasmas

Promocionado como “un recorrido personal por algunas referencias de la cultura y del mundo actuales”, el libro Fantasmas del escritor (Galaxia Gutenberg, 2017), del español Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), es ante todo un compendio de textos breves con variados destinos en los que predominan la reflexión y el comentario en torno a la literatura –obras, autores o anécdotas–, aunque no deja fuera la política, la historia, el cine o la vida cotidiana, en una prosa ligera que combina con acierto la crítica y el encomio.

En palabras del autor, estos textos se abordan “desde lo que podría llamarse el ensayo subjetivo, es decir, un intento de involucrarme como escritor en las cuestiones que, precisamente en tanto que escritor, me interpelan una y otra vez y ante las que no tengo una postura políticamente correcta, sino más bien algo osada, algo melancólica, incluso algo irónica, y siempre decidida”; de esta forma, la variedad convierte a este volumen en un muestrario sorprendente, aleccionador y entretenido.

Por otra parte, aunque de forma un poco condescendiente García Ortega emparienta sus reflexiones con las “opiniones contundentes” de Nabokov, su verdadero homenaje –y lo refiere sin ambages– es al libro El escritor y sus fantasmas (1963), del escritor argentino Ernesto Sábato, no sólo a través del título evidente sino, además, al adoptar el formato de escritos nada extensos que se concatenan sin subdivisiones, lo que permite una lectura sucesiva y cómoda.

Con más de tres décadas inmerso en una actividad literaria que combina la escritura con la edición y el periodismo, la experiencia del autor evoca también el pasado y el proceso formativo que convierte su pasión por la lectura en destino; además, su compromiso es una manera de defender la trinchera de la cultura como antídoto contra las múltiples formas que adopta el nacionalismo, los riesgos de la autocracia o la restrictiva religión, así como las transformaciones de un mercado literario que privilegia la venta y perjudica a los lectores presentes y futuros.

Ahora bien, a pesar de su amplísimo espectro de referencias, no me parece que el calificativo de “enciclopédico” quepa a este libro; sin embargo, un acucioso y culto lector podrá disfrutar que se discuta en él acerca del paso del tiempo, la música de Charlie Parker, los cuentos de E. L. Doctorow, el yihadismo, los peligros identitarios, los “olvidos” de Günter Grass, el cine de John Ford, el valor de Rushdie, la fotografía de Daniel Mordzinski, el arte de Stevenson, las semejanzas entre Caravaggio y Pasolini, las obras de Bill Viola y un enorme etcétera de nombres y temas.

Para concluir, el epílogo de Fantasmas del escritor es, de algún modo, una consecuencia natural de su larga serie de pequeños ensayos y comentarios, se trata de una sucinta “teoría personal de la literatura” que, resumida en 25 puntos, culmina con una visión de la contemporaneidad donde los escritores “siempre ofrecen un espectro de fragmentación, incompleto e insatisfactorio”. Quizá esto último hace más valioso al libro, la posibilidad de ayudarnos a plantar los pies en el presente pero, como indica el autor, desde “la sospecha y la incógnita”.

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