Corruptos, este no es un análisis de conciencia

Sepa la bola

Me gustaría saber si los corruptos duermen tranquilos. Si cuando se van a su cama y repasan lo que hicieron mientras el sol iluminaba las calles, les hizo sentir satisfacción, que hicieron “el bien”. También, si se conciben como cumplidores del perfil que requiere un funcionario público y que su quehacer es incuestionable en términos sociales y éticos.

Pero también me gustaría saber si cuando cometen actos de corrupción se autodenominan corruptos. Si son capaces de decir “soy una persona corrupta” o lo esconden o ni siquiera han tenido la valentía de preguntárselo ellos mismos.

Me gustaría comprenderlos. Y no porque yo sea una persona sin errores o que todas mis acciones no tengan implicaciones negativas o afectaciones a otros sujetos e integrantes de esta sociedad. No. Es por simple curiosidad.

Tengo ganas de saber cómo está estructurada su mente; sus ideas; sus aspiraciones; su proceder; su moral; sus definiciones; su concepto de “bueno” y “malo”. De cómo mienten; de cómo piensan sus estrategias discursivas. Quisiera entenderlos, corruptos. Más allá de las “bondades” del dinero, quisiera saber qué es lo que los mueve a robarse dinero público, a recibir sobornos jugosos –o reducidos– o a crear una organización para desviar fondos.

Quisiera que me platicaran en qué momento claudicaron, en caso de haber sido una persona idealista y “de principios”. En qué instante dejaron de sentir culpa, si es que algún día la sintieron. Porque no es que hayan nacido corruptos; o que la corrupción sea cultural (así lo manifestó el presidente Enrique Peña Nieto ante 300 líderes empresariales en 2014; lo repitió un año después en el Foro Económico Mundial).

“Corrupto”, proviene del término “corromper”, que significa “sobornar a un funcionario público o a una autoridad pública o hacer que actúe de forma ilegal”. También puede ser usado en su forma verbal; se define como “volverse moralmente mala o deshonesta (una persona)”. A veces me pregunto si los que dan sobornos o los reciben, se han detenido a leer estas oraciones –recogidas del Diccionario Oxford–.

Existe una característica que me intriga de los corruptos: el cinismo. ¿Por qué son tan cí-ni-cos? ¿Por qué cuando son acusados con pruebas salen a dar declaraciones en contra de quienes los cacharon y luego los amenazan con demandar “a quien resulte responsable del daño moral”?

Dirán que soy morboso (o hasta ingenuo porque vivimos en una sociedad corrompida), pero cuando escribía estas líneas, me imaginaba frente a un grupo de 10 personas corruptas, que iban desde los que reciben mordidas no tan caritativas, pasando por empresarios y llegando a esos peces gordos –con cara de gobernadores–. Me imaginaba a todos sentados en círculo y yo haciéndoles preguntas, intentando comprenderlos.  Conocer su motivación.

Me pregunto si les importa lo que la sociedad piense de ellos. Me pregunto qué pensará su mamá, su papá, sus hermanos, sus amigos, sus hijos. Y si acaso les importa.

Migaja

A nivel nacional, para los empresarios, los costos derivados de actos de corrupción se estiman en mil 600 millones pesos en 2016, reveló la Encuesta Nacional de Calidad Regulatoria e Impacto Gubernamental en Empresas.

Julio González
Acerca de Julio González 109 Artículos
Reportero // Caminante //escribe la columna "Sepa la bola" // Profesor.

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