Con el franquismo en el ADN

Avelino Sordo Vilchis

Todo indica que la intentona independentista catalana expulsó la racionalidad y el sentido común del escenario político español: para el lado que uno mire, las puertas parecen cerradas a piedra y lodo a fin de impedir cualquier brote de inteligencia. Ante el más serio desafío que se le haya hecho a la acotada democracia que legó el franquismo, el sistema reaccionó con una visceral y desproporcionada virulencia, que consiguió una sospechosamente unánime postura del status quo completo, incluyendo instituciones que suponíamos independientes (fuimos testigos, por ejemplo, de cómo diarios comprometidos con un periodismo serio, se sumaron a la condena que busca reprimir sin contemplaciones al insolente niño respondón, más que razonar con un adversario).

La descalificación de la semideclarada independencia catalana se centra en la perogrullada de que es ilegal. ¡Válgame Dios! Y uno se imagina al cura Hidalgo expurgando el guión del grito del 15 de septiembre, en busca de palabras que lo pudieran incriminar en algo ilegal. ¿Acaso para organizar hoy en día una revolución es indispensable contar con un abogado, a fin de evitar ilegalidades? Además, supongo que los hipstergobiernos modernos seguro ofrecerán permisos —tipo el programa de compensaciones y mitigación del alfarismo— para que los ciudadanos puedan organizar insurrecciones legales: se expedirán en una ventanilla de la recaudadora, previa entrega de solicitud por quintuplicado y con el indispensable visto bueno de las autoridades afectadas.

Ahora que si buscamos alguna base legal para las insurrecciones populares, por supuesto que las encontraremos. Aun ante la imposibilidad de conocerlas todas, me atrevo a asegurar que la totalidad de las democracias occidentales actuales incluyen en sus constituciones —aunque tienda a ser letra muerta— aquello de que “la soberanía reside en el pueblo”: lo que significa que el pueblo tiene la potestad de cambiar el régimen de gobierno exactamente en el momento en que le pegue la gana y sin mayores requisitos (esto es, sin necesidad de que esté oprimido o cualquier otro pretexto similar). En la constitución española de 1978, el asunto se menciona en el segundo inciso del artículo primero: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

Otro recurso que han utilizado hasta la saciedad para desacreditar el independentismo catalán, es descalificando al nacionalismo (catalán, claro) como fuente de todo tipo de males y ejemplo de maneras de pensar anacrónicas hasta la vergüenza. Sin embargo, en el mismo discurso, atacados por la nostalgia e ignorando insidiosamente la contradicción, no dudan en recurrir a la consigna de los viejos buenos tiempos que aseguraba que España es “una, grande y libre”. Así, el nacionalismo español es usado para desautorizar al nacionalismo catalán, que en su fantasía es el malo, lo que nos lleva —supongo—  a que hay nacionalismos buenos y malos, que es clarísimo no son lo mismo (hasta en esto hay clases sociales) y a que unos son más iguales que otros.

También les gusta echar mano a la mismísima voluntad popular para descalificar la independencia catalana, asegurando que los porcentajes expresan con toda claridad su falta de legitimidad. En el referéndum (“¡ilegal!”, añaden sus detractores cada que se menciona o escribe la palabra) del 1 de octubre, sólo participó 40% del electorado, lo que nos lleva —de acuerdo a las cuentas aceptadas por todos— a que poco más de 36% de los catalanes votaron por la independencia. Una clara minoría, señalan con suficiencia. Pero el dato adquiere una muy diferente dimensión cuando nos enteramos que a Rajoy y sus huestes —que son quienes a la menor provocación recurren a los porcentajes— les bastó un poquito menos de 33% para hacerse del poder.

Pero lo peor es que no sólo se ha erradicado a la inteligencia del discurso, sino también de las acciones. De manera que por momentos aquello parece concurso y cada cual —los custodios del ADN del franquismo con mayor entusiasmo— parecen buscar ganarle al contrario en ver quién hace más pendejadas. Aunque Rajoy y los suyos llevan la delantera de calle, vean si no: mandó a la policía a impedir que la gente votara y encarceló a los organizadores de un referéndum. Por su parte, el movimiento independentista catalán es encabezado por un grupo de políticos aburguesados que no atinan a comportarse a la altura del mandato de por lo menos 36% de los catalanes.

¿Y el reyecito? Participando por su cuenta en el concurso…

 

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 19 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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