El sentido de los likes

Barrio de pasiones

Hace un par de semanas publiqué un comentario en el feisbuc, donde señalaba la existencia de indicios que nos permitían anticipar que no venían tiempos mejores para el Instituto Cultural Cabañas. En el lapso de unos cuantos días, el equipo que tiene a su cargo el ayuntamiento de Guadalajara —y que dedica todos sus esfuerzos a conseguir hacerse del gobierno del estado la próxima administración— mostró en por lo menos dos ocasiones un olímpico desprecio por la institución, al decidir que en sus salas se presente una cuestionable exposición y al utilizar su fachada como si se tratara de un anuncio espectacular más.

Y antes que denunciar algún acto ilegal —que si le rascamos hasta podemos encontrarle, pues, hay una ley orgánica que sanciona el uso del Cabañas y un reglamento ¡municipal! que regula la existencia de los anuncios luminosos en las fachadas—, más bien buscábamos señalar sutilezas relacionadas con hacer las cosas correctamente, respetando su dignidad. En realidad, queríamos provocar la reflexión de que si aún antes de adquirir formalmente poder de decisión sobre el Cabañas, estos políticos ya le mostraban una muy evidente falta de respeto a la institución y sus objetivos, ¿qué podríamos esperar cuando tuvieran el poder formal?

Son abundantes las razones de calidad artística o pertinencia cultural a las que podríamos recurrir para cuestionar de fondo la exposición de Lachapelle en el Cabañas. Sin embargo, resulta innecesario llegar hasta ese nivel, pues —en política forma es fondo— basta con analizar las maneras (desde una oficina que carece de las mínimas calificaciones para hacerlo) y las razones (la promoción[¿?] de la “marca ciudad”) que usaron para promoverla, para establecer la inconmensurable futilidad con la que consideran pueden abordar el manejo del Cabañas. Y lo mismo aplica a la imperdonable utilización de su fachada como anuncio comercial.

Así las cosas cuando la publicación fue motivo del más insólito cuestionamiento que hasta ahora he recibido (y miren que he recibido muchos) en el feisbuc. Escrito en un rebuscado tono neutro, que quería aparentar una muy poco convincente indiferencia (o tal vez una cierta superioridad moral), el comentario —en realidad se podía leer entre líneas que se trataba de un reclamo— no buscaba objetar o discutir ninguno de los argumentos explícitos o implícitos de la publicación. No, lo que intentaba era descalificarla por una vía más rápida y sencilla: los muy pocos likes y “compartidos” que a su juicio había logrado la publicación.

De acuerdo a tan novedosa propuesta, en cualquier futura discusión carecen de importancia tanto la pertinencia de lo que digas, como la calidad de tus argumentos o la veracidad de la información que aportes, pues lo que en realidad importa son las simpatías que despiertes, lo que se refleja en la cantidad de likes o “compartidos” que logres. El debate entendido como un torcido ejercicio supuestamente democrático, donde los likes o similares sustituyen a la razón, donde si no consigues con rapidez (la velocidad es factor de primera importancia) hartas aprobaciones virtuales, significa que la razón no está de tu parte (no importa que la tengas).

Y con seguridad la duda hamletiana ahora se expresa con un like o no like.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 7 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*