Cura para el dolor

| Por Beto Sigala |

El músico y productor español Nahúm García explicaba hace algunas semanas en su cuenta de Twitter, cómo una canción infecciosa como “Despacito” emplea trucos geniales en su estructura para impregnarse hasta en la memoria de los involuntarios escuchas. Nahúm explica la psicología en la canción y una pausa en un punto estratégico de su métrica que la hace estallar en el siguiente compás. Nada es casualidad cuando se trata de vender mediante una fórmula probada, de una receta infalible que provocará, acompañada de un estribillo oligofrénico, el máximo éxito de este verano. Y es que no vale más la pena hacer álbumes, pensar en un conjunto de canciones consistentes que conformen el disco. No, eso es obsoleto, eso sólo es válido para algunos resilientes del rock, sobre todo si te llamas The Rolling Stones.

Pienso en todo esto y en la nueva música clásica, en esos discos del pop, cuando el pop utilizaba más ingenio que loops y autotune, o en todos esos álbumes que pavimentaron las grandes eras del rock, la música envolvente, entretenida, emocionante, grandilocuente de cuando los músicos tenían espacio para sorprender y la gente se tomaba su tiempo al sentarse a escuchar cada track sin necesidad de saltar de canción. Eso está quedando tan atrás como los lectores del diario que usan las bancas de los parques para leer los obituarios.

Por eso me senté como uno de esos viejos del parque a escuchar uno de los discos fundamentales de mi fonoteca, uno que no tiene trucos viles ni ritmos cacofónicos, uno de los olvidados por el mundo, pero que es idolatrado por escuchas nostálgicos que caminamos “despacito” y nos asimos a estos maderos flotantes para no hundirnos en el mar de la ingravidez musical de este siglo.  Me puse a escuchar Cure For Pain de Morphine como si fuese un ejercicio para odiar menos al mundo de hoy, como si necesitara una dosis de esa música para no pensar más en la voz de gato destripado de Justin Bieber.

Morphine fue una banda liderada por Mark Sandman que persistió hasta que las adicciones de este músico pusieron freno a su creatividad. Su nombre decía mucho del espíritu curioso de Sandman por meterse todo lo que se le cruzara, en especial, con una afición más grande por la heroína, con la que estrechó sus lazos cuando alcanzaron algo de fama y reconocimiento entre los melómanos intelectualoides de la costa este de Estados Unidos. El primer disco, Good, fue un ensayo de lo que venía y de las cosas que se estaban gestando, cuando la banda buscaba algún tipo de consuelo en la música para salir de las sombras de la infamia, para emerger un poco a la superficie y ser encasillados con la etiqueta de “alternativo”, lo que implicaba que eran inclasificables y su estilo no sonaba como las demás bandas emergentes de esa época, porque era un power trio que patentaba un amasiato entre el rock de garaje tintado de blues y de jazz, y que hablaba en sus historias sobre el Sancho que es descubierto por el marido o la loquera que terminó en un mal viaje o una chica buenísima pero endemoniada.

Ya fuera del subterráneo y casi renunciando a los sencillos éxitos, Los Morphine escribieron y tocaron la música de su álbum sofomoro, enfocados en el bajo de dos cuerdas de Sandman, en el Sax barítono y tenor de Dana Colley y en la batería de Jerome Dupree, además de algún órgano lejano y una guitarra casi desdeñada en todos los tracks del fonograma. Eso era el fundamento para una banda de rock, que sonaba tan rasposa como fina sin la necesidad de buscar un riff de guitarra que soportara el estilo esencial de la banda.

Cure For Pain fue lanzado en septiembre de 1993, con poca pompa, sin generar gran expectativa, casi todo cubierto por la atención que los artistas del Grunge generaban en la industria musical y el mundo del videoclip. Morphine no tenía un propósito grandioso, pero tampoco tenía la cadena al cuello de una disquera tratando a toda costa de colocar un sencillo extraído de este disco para buscar un hit. Todo se resumía a un acto famoso, creciente por sí solo y que significaba una catarsis para aquellos clavados que se dejaban envolver en una atmósfera de película serie B recreada en la música de sus composiciones.

El disco comienza con un intro ácido, unas líneas de sax extraviadas que no dan un preámbulo preciso de lo que viene y da paso a “Buena”, una canción alucinante en la que nadie cuestionaría la falta de una guitarra para afirmar que eso es rock n’roll. Y luego viene “Im Free Now” que es más cadenciosa, casi una balada romántica que habla sobre un rompimiento amoroso. La cuarta rola es “All Wrong” que aumenta el pesimismo, hablando sobre una pérdida con malestar, con arrepentimiento. Así canción tras canción, a veces más frenéticos, en otras más lánguidos hasta llegar al tema que da nombre al disco “Cure For Pain”; una referencia directa al uso de las drogas, a un corazón abrumado que se desnuda en lamentos sin encontrar las soluciones comunes a la desolación y a la indiferencia. “Algún día habrá una cura para el dolor,/ ese día tiraré mis drogas”. Así es como un adicto sin tapujos como Mark Sandman se desnuda ante un mundo hipócrita que lo cuestiona, que lo incita a reformarse. No, la psique del ser humano nunca será simple, Sandman y su renuncia a una vida saludable, tampoco. El epílogo del disco es un homenaje a Miles Davis, como si el jazzista hubiese sido un engrane del disco, un ente inspirador para que Morphine hiciera una música tan distinta a tantos y tantos déjá vu que tiene el rock de estos días.

Este álbum, aunque tuvo el reconocimiento de la crítica especializada y se coló en algunas bandas sonoras del cine, nunca pasó la barrera de disco de culto, a veces tan empolvado como muchas otras joyas de la música incapaces de volverse sucesos de ventas y que sólo son socorridos por nerds de la música, a los que como a mi, les llega un madrazo de emoción y melancolía cada que escuchan su canciones. Mark Sandman murió algunos años después cuando su banda tenía más espacios en la televisión y más exposición en los festivales musicales. Está por demás decir que la heroína fue su verdadero amor hasta el momento de su último suspiro. Mi abuela decía que los héroes yacían en el panteón y ahora lo entiendo. En este sentido, casi todos los genios han tenido ese sentimiento nihilista que los lleva al autoflagelo. Tal vez una inventiva extraordinaria va ligada con ese deseo de ser un incomprendido. En el mundo de ahora hay esos contrastes; música sabrosa para bailar en una tarde de verano, predispuesta a ser un suceso de ventas y otra música para sentir que hay lugares distantes, recovecos de luz escondidos en alguna parte del universo.

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