De cascarrabias y abrazos

Avelino Sordo Vilchis

¿Criticar es sinónimo de enojarse? O, más bien, ¿criticar lo criticable nos convierte en cascarrabias? La Real Academia, por ejemplo, nos dice que cascarrabias es aquella “persona que fácilmente se enoja, riñe o demuestra enfado”, mientras que a criticar lo define como “analizar pormenorizadamente algo y valorarlo según los criterios propios de la materia de que se trate”. Lo que deja muy en claro que la cascarrabiés —resultado de la ira, de un enojo irreflexivo— no es, ni se parece tantito a criticar, que, como vimos, requiere del estudio “pormenorizado”. En resumen, ambos conceptos resultan antípodas, pues se ubican en los extremos opuestos: mientras uno es resultado del análisis y la ponderación, el otro es apenas una reacción, un golpe de ira.

Así las cosas, uno podría suponer que difícilmente alguien pudiera confundirlos. Sin embargo, resulta que sí hay quienes no pueden o quieren entender las claras diferencias entre ambos conceptos. Como es el caso de Joaquín Reyes, popular actor de la televisión española especialista en imitaciones satíricas, que invierte más en los disfraces que en la sátira. (Aclaro que hay algo en el humor televisivo en general y en el español en particular que no conecta conmigo.) Reyes escribe una columna periódica titulada “El no ya lo tienes”, que aparece en la sección Gente del diario madrileño El País, al lado de noticias tipo “Letizia ‘deslumbra’ por su elegancia en Reino Unido” o “Beyoncé presenta a sus mellizos vestida de Palomo Spain”, el horóscopo y esas cosas.

En su colaboración del pasado 30 de junio, titulada “Javier Marías: ¿Necesitas un abrazo?”, Reyes muestra su confusión, pues supone que el característico tono crítico de la columna dominical “La zona fantasma”, de Javier Marías, es resultado del mal humor e irreflexión, que —asegura— ha convertido a Marías en “una especie de orfebre del despotrique”, por lo que le pide que descanse, “no como intelectual y escritor […] sino como cascarrabias”. Y como premio (¿?) por renunciar a su cascarrabiés, le ofrece un abrazo «largo» (que define como de cinco segundos de duración), en una propuesta de trueque tan cursi, banal y absurda, que de inmediato me remitió al caso —mucho más extremo, eso sí— del anillo de compromiso perpetrado por Jill Magid.

Ninguna de las tres columnas de Javier Marías que cita Reyes en su texto —supongo que con el fin de sustentar sus afirmaciones—, “La capital maldita”, donde se repasan las pendejadas cometidas por diversas administraciones municipales madrileñas (23.10.16); “Perrolatría”, en la que expone muy críticamente los extremos de los activistas en pro de los “derechos” de los animales (19.06.16), y “Más daño que beneficio”, donde analiza lo absurdo y dañino que puede resultar la exaltación sustentada sólo por una doctrina (25.04.17), lo muestra como un cascarrabias. Al leer las columnas de Marías, no sólo esas tres sino todas, lo que encontramos es un espíritu crítico, es alguien que se atreve a decir “no me gusta” en los días que están de moda los me gusta.

La verdad es que, contrario a la columna de Marías que leo con cierta regularidad, nunca hubiera leído la de Reyes de no ser porque alguien me la envió en mensaje privado, como claras alusiones personales. Intentando una interpretación literal —conozco a mi gente, créanme—, el mensaje subyacente que pretendió enviarme mi remitente, es idéntico al original: que deje descansar al cascarrabias que llevo dentro y —supongo— a cambio me ofrece un abrazo (me imagino de por lo menos cinco segundos de duración). Y es que mi interlocutor, pasando por alto  —igual que Reyes— las diferencias entre cascarrabias y crítico, considera que estoy infectado de la enfermedad de la cascarrabiés, como consecuencia de la falta de cariño o algo por el estilo.

Sin distancia es difícil juzgar, así que quienes tienen la última palabra son mis quince pacientes lectores, pero me atrevo a asegurar que no soy un cascarrabias, porque lo que escribo no es producto del exabrupto sino de la reflexión; como Machado, “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, pero mi verso brota de manantial sereno”. Y para una definición más clara, un ejemplo: cascarrabias es el político que se molesta cada que los periodistas (que ciertamente tienden a ser unos necios) le hacen preguntas incómodas (las prefiere a modo) y explota, gritándoles que sólo escriben basura y que el mundo no lo merece. La pregunta es ¿se le quitará lo cascarrabias con un abrazo?

Por lo pronto, acepto el abrazo siempre y cuando dure más de cinco segundos.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 21 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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