De papel y tinta

Avelino Sordo Vilchis

Tienen bastante kilometraje los rumores sobre la inminente muerte del libro: recuerdo que allá por la década de los 90 del siglo pasado, los entusiastas de la tecnología aseguraban que era cuestión de un par de años para que desapareciera, hundido en su anacronía de papel y tinta, vencido por la inconmensurable vastedad de la Internet. Veinte años después y aun bajo la presión del lanzamiento de cualquier cantidad de adminículos electrónicos —con sus respectivas actualizaciones y renovaciones tanto de software como de hardware— destinados expresamente a enviar al libro al rincón donde reside el olvido, todavía hay los que aseguran que ahora si le llegó el momento. Mientras tanto —pacientes— esperamos a que se acabe de inventar el sustituto.

Incluso tengo mis dudas que algún día se acabe de inventar lo que pretende sustituir al más prodigioso invento de la humanidad (Borges, dixit). Y es que el libro goza de cabal salud, a pesar de que a los ojos de la modernidad en que sobrevivimos, es un objeto anómalo y —si los dejamos— hasta satánico, pues no respeta la regla básica con la que el sistema cataloga a los objetos: no es algo que se use y luego se tire. De hecho un libro no se consume, sino se lee (que es distinto), acto contranatura que requiere tiempo, concentración y esfuerzo. Y “consumir” no tiene que ver con tan exóticas y transgresoras costumbres. Si a ello añadimos que un buen libro admite —por no emplear la más precisa, “exige”— relecturas, resulta el colmo de los colmos: ¡vade retro, Satanás!

En cuanto a los adminículos, no hay que olvidar las actualizaciones y renovaciones, elemento indispensable para la sobrevivencia en la selva del consumismo: el diseño y la moda son las herramientas que el sistema usa para mantener la maquinaria funcionando. Así que los adminículos van a seguir renovándose periódicamente —cada nueve o tres meses—, haciéndolos cada vez más bonitos, con más “funciones” (porque para sus promotores no basta con leer), con más foquitos y botoncitos, más flacos y livianos, más blancos o más negros, para que sigamos adquiriéndolos y la piedra siga rodando. Y —elemental— los nuevos modelos no van a ser compatibles tecnológicamente con los anteriores, por lo que habrá que renovar todo cada vez: continente y contenidos.

Sin embargo, más allá de si realmente llegarán a sustituir algún día a ese hermoso objeto que es el libro, con los cada cierto tiempo más novedosos adminículos electrónicos, estoy convencido de que las cosas van a suceder de manera distinta a la imaginada por sus desarrolladores. Los aparatitos, con sus funciones y todas las maravillas que presumen hacer (y las que se les van a seguir añadiendo), son un nuevo medio de expresión y difusión. Entonces no me cuesta ningún trabajo imaginar una nueva generación de escritores, científicos, editores y diseñadores trabajando con los criterios y herramientas adecuados para aprovechar las ventajas que ofrece ese nuevo medio, realizando una inteligente mezcla de texto, sonido, imagen fija e imágenes en movimiento.

Así, mientras les cae el veinte y ponen manos a la obra, nosotros, tal como lo venimos haciendo desde hace ya 17 años —gracias a la generosidad de empresas que nos apoyan como Pandora Impresores o Librerías Gonvill—, el domingo pasado celebramos el Día Mundial del Libro, presentando un libro de papel y tinta hecho para la ocasión, que se distribuye gratuitamente a través de las librerías, porque la existencia de tales espacios también es de interés público. Este año es una compilación de 15 relatos —mayoritariamente de gente de la cultura, la ciencia, las artes y la academia— escritos para aparecer en La mirada y el asombro. Voces de quince lectores, donde narran algún aspecto de su relación personal con los libros y la lectura.

En las páginas de La mirada y el asombro se despliegan muy diversas pero certeras miradas, y principalmente, asombros ante el poder de los libros. El resultado es una plural colección de reflexiones que, entre muchas otras cosas, nos muestran los múltiples caminos que recorrieron los libros para enriquecernos y acaso transformarnos; las distintas maneras en que los libros se hacen presentes en nuestras vidas, para influir en quiénes y cómo somos. Al final, como siempre, cada uno de sus lectores sacará sus propias conclusiones. Y tal vez en un futuro alguien lo reedite utilizando los recursos que ofrecen los nuevos adminículos de lectura.

Por lo pronto está a nuestro alcance en una hermosa y blanquísima presentación en papel.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 17 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*