Defender la libertad artística

A la tierna edad de 89 años, el escritor James Salter (Estados Unidos, 1925-2015) fue invitado por la Universidad de Virginia para impartir tres conferencias en las que abordaría temas relacionados con la escritura de novelas, la lectura o el encuentro con autores fundamentales a lo largo de su vida; estas conferencias se publicaron este año –acompañadas por un texto introductorio de Antonio Muñoz Molina– bajo el título de El arte de la ficción (Salamandra, 2018), un pequeño volumen del que no sería raro aprender y disfrutar de la sensación de cercanía y sencillez que brinda una prosa directa, que se sabe dirigida a un auditorio pero no busca pontificar sino compartir.

Hay que decir que la traducción –de Eugenia Vázquez Nacarino– cuidó a detalle conservar las expresiones que indicaban el traslado de una conferencia al papel, las expresiones con las que se indica cuando el autor se dirige a los oyentes o hace una digresión; esto, por supuesto, opera en beneficio de un lector que, como señala el prologuista, podrá tener “la sensación de escuchar la voz de James Salter” y, gracias a ello, establecer una beneficiosa forma de intimidad con el texto.

De igual forma, Salter no tiene reparos en referir su propia experiencia como un autor de “vocación tardía” pues, formado en el seno de las fuerzas armadas de su país y participante activo (como piloto) en la guerra de Corea, apenas publicó su primer libro en 1956; se trata, pues, de un largo trayecto formativo que forja una obra no muy extensa, aunque su camino se nos cuenta con alta dosis de familiaridad y una bien lograda impresión de veracidad que deja en claro lo que tarda un artista en descubrir que “todo está en los detalles” y hay que saber “observar de cerca”.

Para el autor de Todo lo que hay (2013), “escribir es sencillo. Es básico, como un martillo y unos clavos, o por decirlo de otra manera, como cantar una canción. O hablar solo. Hay reglas, eso sí. Hay gramática y sintaxis, la forma y la estructura de las frases y la relación y la disposición de las palabras, que aprendes, mal que bien, de pequeño escuchando e imitando, por repetición”. Y en ese tono es que, siempre, su sensibilidad se acerca y explora la manera en que llegó a convertirse en el narrador que fue, siempre “condenado a corregir” su trabajo.

No faltan, desde luego, los ejemplos de escritores y libros que le han marcado y aleccionado; así, su nómina va desde Balzac hasta Philip Roth, pasando por Céline, Faulkner o Saul Bellow, lo mismo que el autor que –confiesa– cambió su vida: Isaak Bábel. Quizá es en esta serie de autores que Salter encontró también motivos para “no idolatrar” a quienes ejercen su profesión o, de igual modo, su impresión de que “la novela literaria tradicional y su antiguo interés en el personaje y el destino” puede estar llegando a su fin pues, nos dice (sin seguridad), “no creo que vaya a escribirse por ese camino, apuntando hacia ahí”.

Finalmente, dado que unos meses después de ofrecer estas conferencias murió, este breve compendio de posibles afinidades puede considerarse como un “testamento” del autor, un legado que apela a la sencillez y la memoria, al oficio y la importancia de “prestar atención” a la lengua, con la firme certeza de “no estar sometido a las ideas corrientes de moralidad o a ningún catecismo”, sin imponer límites a lo que nos permitamos “soñar e imaginar”; en suma, toda una defensa de la libertad artística. ¿Cómo no coincidir?

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