Desafíos escultóricos, again

Avelino Sordo Vilchis

A raíz de la instalación de la que entonces no lo sabíamos aún, pero resultó ser la primera parte del que aquí hemos llamado “Paseo de la Intrascendencia” (sección Montevideo), en agosto de 2012, en uno de esos sorprendentes giros que acostumbra dar la mente, se me vino a la cabeza la historia de los afanes escultóricos de Leonardo da Vinci, por lo que escribí sobre el tema. Ahora que nos quieren arrastrar a un ruidoso y absurdo diálogo de sordos (que no discusión) a propósito del programa de escultura pública municipal de Guadalajara (que no la ciudad), me pareció pertinente publicarlo de nuevo, con algunas mínimas correcciones.

En estos días en que el tema de las esculturas públicas —que en nuestro caso más bien califican de estramancias—, adquirió cierta notoriedad en los medios, se me vino a la mente el caso del genial escultor del que, sin embargo, no se conoce ninguna escultura: Leonardo da Vinci. El propio Leonardo en alguno de sus innumerables apuntes no dudó en autocalificarse como escultor, aunque unas líneas adelante reconoció que se inclinaba más por la pintura. Por su parte, Giorgio Vasari, en La vida de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, que incluyó la primera biografía de Leonardo, no dudó en referirse a él como “pintor y escultor florentino”.

La península itálica de la segunda mitad del siglo quince estaba dividida en una infinidad de ciudades-estado, ducados, condados, reinados, etcétera, cuyas frágiles alianzas políticas cambiaban como el clima. La llamada República de Florencia era gobernada con mano firme por Lorenzo de Medici, célebre por el impulso que dio a las artes, las letras y las ciencias. Impulso del que, por cierto, Leonardo no obtuvo los mismos beneficios que sus pares. Por ejemplo, cuando el papa Sixto IV le solicitó a Lorenzo El Magnífico que le enviara a los mejores pintores florentinos para decorar la ahora llamada en su honor Capilla Sixtina, Leonardo no fue incluido en la lista.

Más al norte, el ducado de Milán era gobernado por Ludovico Sforza, también conocido como El Moro. Milán no era Florencia, aunque en cuanto a riqueza y poder militar no le quedaba a la zaga. Existen varias versiones de lo que sucedió, aunque me quedo con aquella que cuenta que un arpa diseñada y fabricada por Leonardo cayó en manos de El Moro, quien al admirar la calidad de la pieza, externó su deseo de que el artista trabajara a su servicio en Milán. Lorenzo de Medici, que no le hacía el feo a ninguna alianza política que afianzara la posición de Florencia, en un gesto hacia su poderoso aliado, envió a Leonardo a la corte de Milán, en calidad de ¡…músico!

Supongo que Leonardo aceptó de buen agrado salir de la olla de grillos que todo indica era Florencia en aquellos momentos. Y no se equivocó: en Milán encontró espacio para desarrollar su talento, que incluyó apoyo para sus invenciones y divagaciones. Ahí, el florentino realizó, entre otras muchas cosas, una serie de notables invenciones mecánicas y ópticas para los montajes escenográficos que se realizaban en la corte. También emprendió dos notables obras: el inconcluso mural al fresco La última cena en el Convento de Santa María de Gracia, así como la monumental escultura ecuestre que serviría para honrar la memoria del padre de El Moro, que nunca terminaría.

Se trataba de la escultura en bronce más grande jamás realizada hasta entonces, a la que Leonardo dedicó diez años, poniendo en juego todo su talento artístico y sus habilidades ingenieriles, pues el desafío estructural era enorme. Los primeros cuatro años los empleó en resolver el caballo —”il cavallo”, como acostumbraba llamarlo— empresa que lo obsesionó a tal grado que arrinconó en el olvido al jinete. Una vez realizado un minucioso y detallado estudio anatómico de los caballos y resuelta su posición en el conjunto, Leonardo realizó un modelo a escala real en arcilla, que presentó en ocasión de la boda de la hija de El Moro. Los invitados quedaron patidifusos ante aquel portento.

Lo siguiente era fundir el caballo de siete metros de altura en una sola pieza, para lo cual contaba con setenta toneladas de bronce. Leonardo tuvo que inventar una nueva técnica de fundición y fabricar los adminículos necesarios. Sin embargo, Carlos VIII de Francia invadió Milán y todo acabó: Sforza utilizó el bronce para construir cañones y el modelo de arcilla fue empleado por los invasores franceses para practicar el tiro. Gracias a los detallados apuntes de Leonardo, doscientos años después y siguiendo su método, se fundió en Francia una estatua ecuestre de Luis XIV un poco más pequeña, que fue destruida al calor de la Revolución Francesa.

La otra es que Leonardo simplemente le hubiera entregado un dibujito al máistro…

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 19 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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