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||Desde el año 2006 que inició en México la llamada “guerra de las drogas”  van mas de 31,000 desparecidos en el país. Uno de los estados en donde más personas desaparecen es  Jalisco.

|Por Darwin Franco y Héctor Guerrero|

Lo que significa tener un desaparecido en México

En México existen más de 31 mil personas desaparecidas. Desaparecer, sin embargo, no significa dejar de existir porque quien desaparece sigue estando presente para todos aquellos que lo buscan incansablemente. Estos buscadores (madres, padres, hermanas, hermanos, esposas e hijos) lo hacen convencidos de que hallarán a su ser querido a pesar del atroz panorama de violencia, impunidad y corrupción que corroe cada una de las áreas de procuración de justicia de nuestro país.

En el marco del día internacional de las víctimas de desaparición forzada este sitio es un acto de memoria y reconocimiento de la lucha que estas familias, y las miles que hay en todo el país, han realizado tanto para localizar a sus seres queridos desaparecidos como para impedir que sigan existiendo más desapariciones.

Voces de búsqueda y esperanza

Debemos de comenzar a rascar la tierra

Mónica lo tiene muy claro, ella va a encontrar a su esposo e hijo como sea que éstos se encuentren. Le urge rascar la tierra pues asegura que ella realiza una búsqueda en muerte. Su hijo, Diego, y su esposo, Jorge, fueron desaparecidos el 19 de septiembre de 2013 en Guadalajara, Jalisco. Ella los busca desde entonces aunque tiene poco tiempo que lo hace de manera pública. Tenía miedo.

Por las mañanas Mónica enseña a niños de preescolar a ser independientes, le gusta que sus alumnos reconozcan que son capaces de hacer las cosas por sí mismos. Canta y baila con ellos; sin embargo, nadie ahí imagina la tragedia que vive. Tampoco imaginan que después del preescolar, ella dedica sus tardes y noches para recorrer decenas de páginas de internet donde se publican notas que sin tapujos y con pocos criterios éticos muestran la barbarie de la violencia que vivimos.

Muchos no encontrarían sentido al estar revisando cuanta nota roja sea capaz de soportar pero ella sabe que tiene que hacerlo porque si no lo hace nadie más lo hará. Cuando se busca a un desaparecido de alguna manera se asume una soledad que cala hondo. “Somos unas apestadas”, menciona al recordar como poco a poco se marchan las personas cuando se enteran que se tiene un familiar desaparecido. Por este motivo, ella ha omitido a muchos su tragedia.

No quiere que la compadezcan, su personalidad reacia no se lo permitiría jamás. Ella no es así, sin embargo, eso no evita que en más de una ocasión sus ojos se llenen de nubarrones ni impide que su voz capaz de incentivar la imaginación de niños se quiebre tratando de entender en qué lugar están los dos hombres que al llegar a casa le tenían preparada la comida y le hacían latir su corazón. Hoy su corazón también late por ellos, por su niño y por ese esposo que la hacía reír; late por su hija, la cual también sufre su ausencia. Late porque su vida se ha vuelto una búsqueda constante.

A Mónica no le gusta engañarse y con voz franca asegura: “mi objetivo está en el SEMEFO (Servicio Médico Forense) y en las fosas… por eso me urge comenzar a escarbar la tierra”, esto se lo repite así misma pero también lo hace con sus compañeras de búsqueda a quienes les grita “truchas chavas” cuando observa que el objetivo de estar juntas se pierde. “Debemos concentrarnos en fosas, ahí seguro encontraremos a muchos de los nuestros”, lo dice con una honestidad total porque la brutalidad de la guerra contra el narco la ha topado con el horror y a ella, no le gusta engañarse.

La fortaleza de Mónica proviene de su hija, quien es su brújula y termómetro, ella es quien la mantiene firme en su búsqueda. Ambas han aprendido a cuidar más de sí mismas y a crear silenciosas complicidades donde es posible creer que aún pueden ser lo que antes eran, una familia.

La esperanza para quien busca a un desaparecido es un deseo que se mezcla con verdad; por ello, es que se busca donde sea y como sea. El deseo de Mónica es tener de regreso a Diego y Jorge porque ambos siguen siendo infinitamente suyos. Ella los busca con fervor desde el 19 de septiembre de 2013. NO tiene denuncia porque no confían en las autoridades. Su única certeza es saberse buscadora.

Nosotros éramos ajenos a todo esto

Adriana y Juan entrelazan sus manos cuando el recuerdo de su hijo Juan Carlos Zaragoza Gaona, desaparecido desde el 26 de mayo de 2015, se les hace presente. Verlos juntos en reuniones, marchas y actos de memoria por los desaparecidos es altamente significativo porque la desaparición de un hijo tiende a fragmentar a las familias haciendo que, mayoritariamente, sea la madre la que encabece públicamente su búsqueda. Para ellos esto no es así porque ambos son uno mismo.

Su hijo fue desaparecido a escasos metros de su casa. Juan Carlos, de 19 años, había salido a comprar un garrafón de agua. Un rechinar de llantas, el agua tirada a media calle y el registro de una camioneta negra conducida por hombres armados fue la imagen que quedó el día de su desaparición en la colonia Jardines de Nuevo México en el municipio de Zapopan. En esta misma colonia, en los últimos tres años, han desaparecido 40 jóvenes bajo el mismo modus operandis.

Descrito por su madre, Juan Carlos es un chico responsable y amoroso. Él estaba a dos meses de graduarse de la preparatoria, pensaba en ser diseñador gráfico. Ambos mantenían una relación estrecha por eso desde que desapareció, Adriana no ha podido explicarse por qué se lo llevaron. “Éramos ajenos a todo esto por eso cuando desapareció no lo podíamos creer. Estábamos atados de manos porque, en ese momento, no sabíamos qué hacer ni con quién acudir”.

Adriana tardó en encontrar las palabras que pudiesen explicar el dolor que sentía. En sus primeras apariciones públicas se sentía incapaz de hablar de lo que le había pasado, sus lágrimas se tragaban sus palabras pero ahí estaba Juan quien con una mirada profunda tomó el ejercicio de la voz para explicar a la prensa y a otras familias lo que le había pasado a su hijo pero también la serie de inconsistencias que tiene la investigación y búsqueda que realizan las autoridades. Hoy ambos alternan el uso de la palabra porque estar juntos en la búsqueda, los ha hecho aún más fuertes.

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Aprender a vivir con la desaparición

Sostenerle la mirada a Rosario cuesta trabajo porque ésta es un crisol que contiene el dolor y la fuerza que ha empleado para la búsqueda de su hijo Osvaldo Javier Hernández Cervantes, a quien dejó de ver la mañana del 22 de julio de 2014 cuando salió de su casa en la colonia Jardines de Santa María, en San Pedro Tlaquepaque, para tomar el camión a escasas cuadras de su domicilio.

Ese día Osvaldo Javier no abordó el camión, no llegó a su trabajo, no contestó más el celular. Fue como si la tierra se lo hubiese tragado en algún punto entre su casa y la parada del camión, lo cual para su madre no tiene ninguna lógica porque ella transitó el mismo camino minutos después de que éste salió de casa. En el trayecto no había nada raro, nada diferente.

Pasaron varias horas para que ella y los dos hermanos de Osvaldo notaran su ausencia, y no fue hasta que la madre de la hija de Osvaldo marcó que ellos se enteraron que no había ido a ver a su hija como diariamente acostumbraba hacerlo. Tampoco había llegado al trabajo, nadie sabía de él.

Desde ese día, Rosario ha integrado diversos colectivos de familiares de desaparecidos y se ha obligado a ser solidaria no sólo con quien tiene un familiar desaparecido sino también con quienes sufren a causa de la violencia: “En este camino uno aprende que la ciudad está llena de desgracias también aprende de luchas sociales que existen; sin embargo, creo éstas pueden ser llevaderas de alguna forma porque no se vuelven tan personales como una desaparición. Cuando uno vive esto se sufre demasiado pero, a la vez, se aprende a ser fuerte porque hay días en que amaneces bien y de buenas pero hay otros en que es difícil levantarse para seguir viviendo”.

Aprender a vivir con la desaparición de su hijo ha sido clave para ella. Identificó que esto lo podría vivir en depresión encerrada en su casa o podría sobrellevarlo trabajando por ella y su familia: “Ahí junto con otras familias es donde encuentras tu verdadera fortaleza. Ahí te pueden ayudar a levantarte o puedes tú ayudar a otra a hacerlo. Nos encontramos todas con y a través del dolor”.

Ese dolor de múltiples maneras Rosario lo ha canalizado al tomar la voz en manifestaciones o foros donde ha participado para evidenciar las desapariciones que hay en Jalisco; lo ha hecho también frente a la autoridad al exigirles que cumplan con sus obligaciones o cuando ha tenido que defender su postura frente a otras víctimas. Su carácter la ha mantenido a flote en su búsqueda.

Rosario en su andar también aprendió a desconfiar en la autoridad porque sabe que no es casualidad que jóvenes como su hijo sean los que desaparezcan. Ahora Sabe que las desapariciones no sólo pueden vincularse al actuar del crimen organizado: “No es coincidencia el que sean muchachos y muchachas jóvenes los que desaparecen. Su desaparición debe tener un significado para alguien y eso es lo que las autoridades no han querido esclarecer”.

“El cariño, la unión de nuestra familia, el amor de mi esposo y de mi otro hijo nos ha hecho agarrar un valor que nos hace decir y creer que tenemos que encontrarlo. Tenemos que llegar hasta ese punto, ya sea que ellos (la autoridad) quieran ayudarnos o no, lo que si estamos seguros es que la sociedad nos va ayudar a encontrarlo”, expresa Adriana quien cree que la respuesta a este problema podría encontrarse cuando la sociedad se dé cuenta de que no es ajena a las desapariciones.

Juan es más reservado que Adriana pero sus ojos dejan entrever el dolor de la ausencia. Todo esto que vive lo define como una pesadilla de la que quisiera despertar para que su familia pueda seguir adelante con los sueños que quedaron truncos tras la desaparición de Juan Carlos. La familia no los ha dejado solos y esa fortaleza es la que los mantiene firmes en la búsqueda que se ha tornado más familiar porque de las autoridades han recibido muy poco. “Ojalá toda la gente pudiera darse cuenta de lo que nos está pasando. Nosotros pensábamos que éramos ajenos a las desapariciones; sin embargo, estamos aquí buscando a nuestro hijo”.

La fuerza que surge del coraje

Alma mantiene toda esperanza de volver a su hijo William Israel Casas Esqueda, quien disfrutaba del box y el ciclismo. Ella lo recuerda todos los días y espera encontrarlo para continuar con la vida familiar que estaba llena de reuniones y fiestas. A Alma le gusta bailar y espera abrir nuevamente pista con su hijo, quien desapareció el 23 de octubre de 2014 cuando acudió a cobrar un dinero que le debían en el municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos, lugar muy cercano al Lago de Chapala.

William vivía muy cerca de la colonia La Rinconada, lugar a donde fue por el pago de un estéreo que había vendido. Se le vio llegar al lugar pero después no se supo nada de él. A su casa no regreso y su celular jamás fue contestado. Esa fue la primera señal de alarma porque William jamás apagaba su teléfono. Presentaron la denuncia por desaparición y desde entonces comenzaron una pega intensiva de carteles con su nombre y fotografías por colonias de Ixtlahuacán y por municipios cercanos como Chapala, El Salto y Tlajomulco. A la fecha se desconoce qué fue lo que pasó.

“Hasta ahorita no tenemos ningún avance, incluso, al ser un caso fuera de la Zona Metropolitana de Guadalajara hemos escuchado excusas como que no tienen gasolina para ir hasta allá, que no hay policías para ir a Ixtlahuacán o que deben esperar a que se junten varios casos para darse la vuelta”, narró Alma para quien todo esto son meras excusas porque sabe que la autoridad no ha hecho nada por buscar a su hijo. La búsqueda ha sido exclusivamente de ella y su familia.

Con el paso del tiempo el dolor de la ausencia se ha incrementado en ella pero también la sabiduría porque tras la desaparición de William se ha cuestionado varias veces su rol de madre: “Antes me era difícil afrontar las cosas… uno ya ve a los hijos grandes y va dejándoles de prestar atención o se detiene para decirles las cosas, ahora con la ausencia de mi hijo ya no me detengo para decir o hablar de lo que siento. Ahora yo enfrento y digo las cosas con mucha fuerza, se las digo también a la autoridad porque no se trata de tener más o menor aguante, se trata de sacar el coraje que le genera a uno vivir con una desaparición. Yo nunca pensé tener toda esta fuerza”.

El impulso de Alma es William pero también el resto de sus hijos porque todos ellos, en mayor o menor medida, luchan y buscan la manera de encontrar alguna pista que los lleve al paradero de su hermano. “Si yo tuviera más medios para buscar a mi hijo no tendría que andarle exigiendo a la autoridad que lo haga pero ahora sé que es su obligación hacerlo. Yo creo que las cosas cambiarían si ellos (la autoridad) tuvieran un poquito de empatía y entendieran nuestra desesperación… eso también sería muy bueno que la sociedad lo hiciera pero sabemos que tienen miedo y, por ello, es más fácil juzgar que entender, son insensibles”.

Mientras la autoridad y sociedad encuentran la manera de ser empáticos con los familiares de desaparecidos, Alma desea recordarle a William que “tiene mucha madre” y que no va a descansar hasta que pueda traerlo de regreso con sus hermanos. La pista de baile, los espera.

Se nos va la vida con ellos

María Guadalupe casi no habla pero sí es muy observadora. Escucha y aprende todo aquello que pueda servirle para buscar a David Alejandro Ávalos Rodríguez, quien desapareció el 25 de octubre de 2014. A su hijo se lo llevaron hombres armados que parecían policías judiciales del estacionamiento de un centro comercial en el municipio de Zapopan; esto lo supo porque logró quitarse el miedo y comenzó a investigar por su cuenta qué es lo que había pasado con David.

La desaparición, para ella, es algo que le ha destrozado la vida porque cuando su hijo desapareció también desapareció su vida: “No se puede estar bien mientras uno tiene a un hijo desaparecido. Cuando esto me pasó siempre era de noche para mí porque no hallaba paz. Todavía es de noche”.

Un poco de luz la encontró cuando se acercó a otras madres que, como ella, también tienen a sus hijos desaparecidos. Estar con ellas, en silencio, resultó ser un bálsamo para sus días porque se supo acompañada, se reconoció como parte de algo. Conoció al hermano de un desaparecido y éste la invitó a la presentación de “Retratos de una búsqueda”, ahí junto con su nuera rompió el llanto y el silencio al confesar que –al igual que las mujeres del documental- también tenía un hijo desaparecido al cual la autoridad también había olvidado.

“Ese día mi vida cambió porque conocí a otras personas con mi mismo dolor, conocí a una nueva familia que me permitió seguir adelante en la búsqueda de mi hijo”, y ese reconocerse como parte de algo se trasformó también en conocimiento y exigencias, ya que ahora sabe que la autoridad está obligada a mostrarle toda la evidencia que permita saber qué le pasó a David Alejandro, pues parte del enigma sobre quiénes eran los hombres que se lo llevaron podría resolverse revisando las cámaras de seguridad del estacionamiento en el que fue privado de su libertad. Las autoridades dijeron que revisarían el material de estas videocámaras. A la fecha, no lo han hecho.

“El problema es que todos confiamos en que las autoridades harán su trabajo pero esto no es cierto porque ellos no hacen nada, no buscan a nuestros hijos. Ellos sólo se sientan en sus escritorios pensando en que nosotros les daremos toda la información. Yo no me siento respaldada por la autoridad, yo sé que ellos no trabajan”.

David Alejandro tiene 25 años, es padre de tres hijos. Su madre, tras su desaparición, ha tenido muchos problemas para ver a sus nietos porque su nuera decidió retomar su vida y su actual pareja le impide tener contacto con ellos. La orfandad forzada es una de las consecuencias más invisibles alrededor de las desapariciones y con las que más tienen que lidiar abuelas como María Guadalupe.

Tan sólo un levantón

José Gerardo Preciado Torres es un hombre alto, mide 1.84 metros, tiene dos tatuajes a la altura del cuello y uno de ellos es el nombre de su madre: Cuca. A él, lo desaparecieron del tradicional barrio del Santuario en el centro de Guadalajara. En este lugar poseía una papelería. El 22 de mayo de 2014 al lugar arribaron cuatro personas armadas a bordo de dos camionetas, una dorada y otra negra, se sabe que eran policías ministeriales por las placas de ambos vehículos, y así sin más se lo llevaron.

Su madre, María del Refugio, es una mujer educada y prudente. Sabe que lo que le pasó a su hijo es una desaparición forzada porque en ella hubo participación de agentes del Estado; sin embargo, la autoridad en las escazas indagatorias de su expediente asegura que se trata sólo de “un levantón”.

“A mi hijo se lo llevaron de fuera de su negocio con lujo de violencia, él estaba ahí platicando con alguien y esos sujetos armados fueron directamente contra él. Lo golpearon, le dieron cachazos y le pegaron en sus costillas hasta que le provocaron el desmayo. Todo esto fue visto por mi nuera y sus hijos. Todos pensamos que se lo había llevado la policía… pero ese día hubo disparos, así que tenemos dudas de quiénes son realmente los que se lo llevaron”, precisó María del Refugio.

En los primeros meses de investigación existieron muchas negligencias, no citaron a los testigos presenciales a declarar, no se solicitó la sábana de llamadas, no hubo retrato hablado de los victimarios y para colmo el primer ministerio público que les asignaron fue detenido por formar parte de la delincuencia organizada: “¿Cómo podemos confiar en las autoridades si les damos toda la información y están coludidos? Nos tienen atados de manos”.

En todo estos años, María del Refugio considera que lo único que le dan son puras largas pero ella sabe muy bien que no hay avances en la búsqueda de su hijo. Para quitarse las dudas en tres ocasiones ha solicitado copias de su expediente. De la autoridad recibió tres negativas. En un cuarto intento y con la intervención de organizaciones de defensa de los derechos humanos, logró acceder a su expediente y, con ello, ha corroborado lo que sospechaba: No hay avance alguno.

Para María del Refugio uno de sus mayores aprendizajes y, quizá, el más doloroso ha sido: “Aprender a ocultar lo que siente, aprender a ocultar el dolor de tener un desaparecido”, esto también la ha llevado a no confiar en las autoridades y a valerse por mí misma: “Antes me daba miedo ir con la autoridad, ahora ya no les tengo miedo. Me estoy haciendo fuerte”.

Hallar esa fortaleza le ha permitido el andar con una herida abierta. Herida que no puede cerrar porque las autoridades todo el tiempo realizan declaraciones donde criminalizan a los desaparecidos: “la autoridad los cataloga como integrantes del crimen organizado pero no ofrece pruebas de sus dichos. Estas declaraciones en lugar de ayudarnos, nos perjudican”, María del Refugio, pese a ello, persiste en su verdad, ella sabe quién es su hijo y por eso espera con fervor el día en que pueda reencontrarse él.

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Él me hace valiente

Raquel es madre de Alejandro Trinidad Escobedo, es su único hijo. Ella es encargada de una frutería en la Central de Abastos de Guadalajara. Raquel madruga a diario para seleccionar las mejores frutas a quienes se acercan al negocio ignorando que su hijo está desaparecido desde el 11 de mayo de 2013. Ese día Alejandro acudió a un funeral en el municipio de El Arenal, jamás regresó.

“Nunca pensé vivir esto, ha sido un largo caminar en la búsqueda de mi hijo. Nunca pensé aparecer en marchas y mucho menos me imaginé vivir estos momentos tan difíciles. Me he manifestado ante las autoridades y les he pedido que nos volteen a ver a todas las madres que estamos padeciendo un dolor incurable porque no los hemos encontrado ni tenemos pistas de dónde pudieran estar”.

Ese no saber de su hijo, incluso, la hizo superar el terror que le daba acudir al Servicio Médico Forense (Semefo) porque se negaba a realizar esa búsqueda en muerte. Llegar hasta ahí le fue muy difícil pero sabe que se debe superar este miedo porque lo peor que puede hacer la madre de un desaparecido es esperar, esa es una pérdida de tiempo: “La autoridad te pedirá siempre que esperes, yo creí en ellos y perdí un año de búsqueda. Me arrepiento de haberles creído”.

Después de ese año de inactividad, Raquel comenzó a moverse por todos lados. Fue a buscar a su hijo a los lugares donde los mismos policías se negaron a ir porque dijeron que “estaba caliente la plaza”. Preguntó, cuestionó y dejó fichas de búsqueda con el nombre de Alejandro y sus datos. Como muchas familias de desaparecidos ha sido víctima de extorsiones, le han dicho desde que su hijo está en tal lugar hasta que detenga su búsqueda porque éste ha muerto. Nada ha sido cierto.

“Yo sigo en la búsqueda de mi hijo, sigo adelante. Todo ha sido una travesía para mí… he aprendido a ser valiente, antes era muy miedosa. Mi hijo es el que me hace valiente, he aprendido a estar sola porque él era mi único hijo. Él me ha hecho valiente para buscarlo, sí lo voy a encontrar ¿cómo lo voy a encontrar? No lo sé, pero aunque encuentre un dedo, al menos, sabré que es de él”.

Ella recuerda mucho a su hijo y lo mira a través de sus dos pequeños nietos. Ellos, lo extrañan tanto o más que ella porque ya no es lo mismo ser y estar sin las bromas que le hacía Alejandro, tales como hacerle cosquillas en los pies, descobijarla por las mañanas o abrazarla hasta tirarla al piso.

“¿No sé qué fue lo que pasó? Ese dichoso sepelio fue lo que me lo arrebató, cuando sé de un sepelio no me paro en ese lugar, no por el miedo sino porque yo pienso en cómo voy a enterrar a otras familias ¿y a mi hijo, quién lo va a enterrar? Me da pavor no darle cristina sepultura”.

Raquel desde su nobleza ha tenido que aprender a exigir sus derechos porque cansada está de que en la Fiscalía no le den ningún tipo de avance. En su expediente no hay nada, cero diligencias, cero búsquedas: “Como familiares de desaparecidos debemos quitarnos el miedo, debemos denunciar y debemos juntarnos para hacer las búsquedas. Si de veras le duelen sus hijos, como a mí me duele, les pido que no se acobarden”.

El ejército que está contra nosotros

Edgar Manuel Casillas González fue sacado con violencia de su consultorio médico en la colonia Valle de Los Molinos en el municipio de Zapopan, el 7 de julio de 2013. Era medio día y el consultorio médico estaba ubicado en una plaza comercial, esto no impidió que hombres armados se lo llevaran.

A cuatro años de su desaparición, su hermana Aída lo ha buscado por todos lados poniendo en riesgo su vida en más de una ocasión, pues para saber a dónde van los desaparecidos en la zona norte de Zapopan se debe pagar por información a quienes hacen el trabajo sucio.

“Desde ese día como familia hemos cambiado bastante. Las personas mayores en mi familia somos más desconfiamos y ahora estamos más vigilantes de los jóvenes pero ellos tienen bien claro que si eso le pasó a él, a plena luz del día, qué pueden esperar ellos que salen tarde de las fábricas”.

A raíz de la desaparición de Edgar Manuel, todo cambió para ellos. Se perdió contacto con la esposa de su hermano y, por consecuencia, con sus hijos. La familia se fracturó. Aída se concentró en buscarlo y lo hizo en los terrenos cercanos a Valle de Los Molinos, en las fosas que se localizaron en la zona, en el Servicio Médico Forense, en todos lados. Lo ha buscado mucho más que la propia autoridad porque en su expediente existen más investigaciones sobre él que sobre su desaparición.

“Yo decidí buscarlo y esto es lo que he hecho en los últimos cuatro años. El día que él desapareció no llegó la policía a tiempo, hubo muchas inconsistencias. Nos dijeron que se lo llevaron en una camioneta plateada a una casa de seguridad en Santa Lucía. Fuimos a buscamos hasta ese lugar pero al hacerlo corrimos mucho riesgo porque ahí están los malosos”.

De su familia, Aída es la única que lo busca a Edgar Manuel de manera constante también lo hacen sus hijos pero a ella le da miedo que vayan a sufrir el mismo destino. Aída se siente en un impasse que no cesa: “Siempre he sabido que soy valiente pero ahora siento que quienes se llevaron a mi hermano son como un ejército y me siento acobardada. Yo antes cuando alguien me veía mal, me volteaba y le preguntaba cuál era su problema. Hoy, la verdad, me siento más cobarde”.

Pero acobardarse en la zona norte de Zapopan es, lamentablemente, algo habitual porque por sus colonias y calles, portentosas camionetas con hombres armados se pasean con total libertad. Por ello, se sabe que es inútil acudir a la autoridad para denunciar lo que aquí pasa, incluidas, las desapariciones: “Quienes me han dado información me dicen que ir con la autoridad es inútil, por eso creo que todos ellos conforman un ejército que está en contra de nosotros. En el caso de mi hermano tuvieron a los responsables y los dejaron libres. Tengo mucho coraje con las autoridades porque no han hecho nada. Creo que están todos coludidos para hacernos daño”.

De esto no te mueres si continuas luchando

Diego mantiene con vida a Natividad pues este pequeño le ha demostrado, al paso de los años, que es posible hallar fortaleza a pesar de lo nebuloso del camino. Naty, como le gusta que le llamen, perdió a su hija el día en que ésta desapareció pero Diego vio esfumarse a sus dos padres.

Dalia Guadalupe Cruz Guerrero y Luis Ramón Enciso Ramírez desaparecieron el 30 de octubre de 2010 cuando viajaban de Jalisco hacia la frontera con Estados Unidos, el último lugar donde se supo que estuvieron fue el municipio Calera de Víctor Rosales en Zacatecas. Dalia y Luis Ramón encargaron a Diego con Naty porque ese viaje que harían con dos amigos más duraría tan sólo una semanas. Desde ese día no se sabe nada de ellos.

Tras la desaparición de sus dos padres, Diego quedó bajo la tutela de su abuela Naty, la cual tuvo que olvidar –por ahora- sus planes de pasar sus últimos años en un rancho disfrutando la vida a lado de su esposo. Su presente es hallar un trabajo lo suficientemente estable para darle una buena vida a su nieto, al cual le ha tenido que hablar con la verdad y decirle que sus padres están desaparecidos.

“Esto nos ha cambiado totalmente. Ahora somos callados, tristes, preocupados… no nos quitamos esto de la cabeza. Tenemos un hijo más y al hijo de ellos pero tanto nos cambió la vida que nos olvidamos de los que sí tenemos… la situación de no saber dónde están nos lleva a pensar todo el tiempo en ellos. Yo cambié totalmente, ahora todos mis problemas son mínimos después de la desaparición de mi hija y yerno”, expresó Naty quien cuida a Diego desde que tenía tres años.

Naty es una mujer mayor que saca de su corazón todas las fuerzas para mantener el trajín que implica el cuidar a un niño de nueve años: “Si yo no tuviera al niño seguramente ya no me levantaría de la cama pero luego me digo que esto no me lo puedo permitir porque mientras yo tenga vida voy a seguir buscando. Yo no puedo dejar en paz la búsqueda porque debo saber qué fue lo que pasó”.

Esta pena, como dice Naty, no la ha matado; al contrario, le ha demostrado lo fuerte que ha sido desde aquel 30 de octubre de 2010. Para ella es más fuerte su esperanza y su lucha que el dolor: “Muchas personas me han dicho que si a ellas les pasara esto seguramente se morirían pero yo aprendí que de esto no te muertes si sigues luchando”.

Tan no se ha quedado quieta que su búsqueda la ha llevado a recorrer varias partes del país, incluso, acudió a la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad, que encabezó Javier Sicilia.

En su andar ha solicitado ayuda a diversos defensores de derechos humanos. La labor de una de ellas, la llevó a darse cuenta del engaño que vivió durante tres años cuando la autoridad le ocultó que por su hija y yerno habían pedido un rescate y que existía una persona detenida por su caso. Esto le ha provocado un coraje enorme contra las autoridades porque su negligencia fue tan grave que le quitaron la posibilidad de saber qué pasó con Dalia y Luis Ramón.

“Yo suelo decir que esto es el infierno, yo lo pienso así porque esto nos cambió la vida. Yo jamás pensé que viviríamos esto en el país pero ya es una realidad que no puede ocultar el gobierno”, señaló Naty quien es una de las madres iconos de la búsqueda de los desaparecidos en Jalisco.

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Del sitio más seguro de Jalisco

Esperanza se ha vuelto experta en identificar a qué instancia de gobierno pertenecen las cámaras de seguridad que por cientos están colocadas en las calles de Guadalajara. “Esa es de la Fiscalía, esta otra de tránsito, aquella es de la policía municipal”, esto es lo que ella les dice a quienes acompaña para realizar recorridos por las calles donde se vio por última vez a sus desaparecidos.

Un recorrido similar es el que ha realizado infinidad de veces para tratar de entender quién se llevó a su hermano Miguel Ángel Chávez Cárdenas, el 16 de mayo de 2014. El recorrido que éste hizo el día de su desaparición implicó pasar por varias de las avenidas más video vigiladas de Guadalajara, ya que se dejó de tener rastro de su vehículo a unas cuadras de la Casa Jalisco, lugar de residencia del gobernador del estado. Acceder al contenido de estas cámaras era vital para ella y su familia; sin embargo, ese medio día en que su hermano desapareció muchas no estaban en funcionamiento o, al menos, eso es lo que les dijeron las diversas instancias gubernamentales dueñas de las cámaras.

Miguel Ángel desapareció en lo que debería ser una de las zonas más seguras de Jalisco; por ello, su hermana no cree en la versión de las autoridades: “Nosotros hemos investigado más por nuestra cuenta que lo que ellos han aportado. Avanzaron hasta que de la PGR los presionaron porque allá también tenemos denuncia pero ni de un lado ni del otro nos dicen que fue lo que pasó”.

Esperanza es prácticamente la única en su familia que busca a Miguel Ángel, pues asegura que el día en que su hermano desapareció su madre no perdió a un hijo sino a dos, pues su otra hermana se ha alejado de la familia: “Nosotros a pesar de que éramos una familia pequeña nos terminamos separando… por eso soy la única que sigue buscando a mi hermano, se le prometí a mi madre”.

La avanzada edad de la madre de Miguel Ángel le ha impedido encabezar por sí misma su búsqueda, pero está ahí con la esperanza de verlo regresar. Esto Esperanza lo sabe y, por ello, hace lo humanamente imposible por localizarlo. Su ímpetu, la ha llevado a ser líder de un grupo de familias que buscan a los desaparecidos en Jalisco. Juntas han logrado presionar a la autoridad para que se tome en serio su trabajo y asuma su responsabilidad en la comisión de este delito.

“Uno tiene que hacerse escuchar porque de otra manera no más no le hacen caso a uno. Hay que estar ahí para recordarles que no han hecho su trabajo. Nosotras estamos juntas para acompañarnos y no tener tanto dolor guardado”, expresa Esperanza a quien la caracteriza un sentido protector que proviene de su profesión como maestra. Ella cree que el significado de su propio nombre es lo que la ha mantenido en pie buscando a su hermano.

Miguel Ángel Chávez Cárdenas es padre y también es abogado. Desde ese día en que ya no llegó a una comida familiar se le ha buscado por todos lados. Nadie sabe nada de él, tampoco la autoridad.

Las cámaras de seguridad que debieron de registrar su camino y la manera violenta en que éste fue interrumpido para llevárselo no quedaron registradas. Quizá si Miguel Ángel hubiese sido gobernador o algún funcionario público de alto nivel, la zona en la que desapareció si hubiera sido la más segura de todo Jalisco. Ese medio día del 16 de mayo de 2014, no lo fue.


Agradecemos por haber compartido su trabajo documental “Desapare-Ser” a los periodistas Darwin Franco y Hector Guerrero.

 

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