Desaparecidos: un dolor que se volvió soportable

(Foto Marixa Namir Andrade)

| Por Roberto Castelán |

¿Cuál es el umbral de dolor de un país como México? Debe ser muy alto. En la jerga médica, cuando el umbral del dolor de un paciente es bajo, o muy bajo, este se queja, grita, incluso se desmaya. Es decir, reacciona inmediatamente. Con ello se advierte, evita, las causas y sobre todo las consecuencias, de ese dolor. En cambio, un umbral alto puede llegar a insensibilizar a una persona. La intensidad del dolor producido por un hueso roto, por una hernia o el golpe en un músculo, es soportable. Esconde la gravedad del caso y elimina la urgencia. Hasta que es demasiado tarde.

Los miles de asesinatos, de desapariciones forzadas, de poblaciones desplazadas, de feminicidios, de niños vulnerables ante cualquier tipo de violencia ya no le duelen a México. Tanto dolor se volvió soportable. Los problemas que lo causan pueden esperar. Nada es urgente. La peor herida, la peor amputación, son soportables, al normalizarse dejan de existir. Nuestro umbral es muy alto.

La insensibilidad, la indiferencia trastocan las vidas de las sociedades. Y trastocan también la razón de los individuos que las habitan. El dolor puede llevar a la locura, no solo por su intensidad, sino por los esfuerzos invertidos para ignorarlo.

En México todos nos hemos vuelto locos. No hay otra forma para explicar el por qué hemos dejado solas, abandonadas a su suerte a las familias que buscan a sus seres queridos y a aquellas que exigen justicia para sus muertos, asesinados.

“Nos alcanzó la tragedia” dicen las familias de los desaparecidos: “Tomas un pico y una pala y sales a buscar a tu familiar, en el camino te encuentras con otras familias que hacen lo mismo, se intercambian datos, hallazgos, los míos y los tuyos, aunque al final, nos convertimos en una sola familia. Encontrar los cuerpos de otros, es como encontrar a los nuestros. Nuestros únicos vínculos son el dolor, la esperanza y la búsqueda”.

Las autoridades desaparecen y entorpecen. Criminalizan, revictimizan: “a nuestros hijos los desaparecen los malos y luego los desaparece el gobierno al enterrarlos sin identificarlos”.

Los ciudadanos, en especial las madres de familia, se transforman en seres con una fuerza imparable. Atrás queda el terror provocado por “el monstruo” y el tamaño de la tragedia: “no sabíamos todavía la magnitud de esta tragedia. Para dónde corríamos si los victimarios son los mismos, es el estado. Tienes que estar dispuesta a dejar tu alma y tu vida para que te hagan caso. Cuando estamos en búsqueda nos transformamos, no somos las mujeres que estamos aquí”

Su dolor no causa dolor, no hay respuesta más allá de la criminalización de las víctimas: “ellos se lo buscaron”, “por algo les pasó”, “en algo andaban”, hay hasta un cierto regodeo social, una posibilidad de humillar al otro, de establecer una diferencia entre buenos y malos. Hasta que el monstruo los alcanza.

“Yo quiero ser como ustedes” dice una jovencita que perdió a su hermano. Un día no llegó a casa, desapareció. Pero en realidad “no desaparecieron, se los llevaron, esto no es un acto de magia”. Tienen que estar en algún lado. ¿Por qué nadie más los busca? ¿Por qué ninguna fiscalía tiene un área de atención especial a buscadoras, a rastreadoras? ¿Por qué esas madres que se convirtieron en especialistas en ciencia forense no tienen accesos gratuitos a laboratorios o cuando menos a bancos de datos de las fiscalías? ¿Existen los bancos de datos genéticos en las fiscalías?

El lenguaje también se transforma. Ni las palabras ni las frases significan lo mismo. Es obvio que en ningún lugar del mundo una jovencita quiere parecerse a unas mujeres con el rostro descompuesto por el dolor, la piel quemada y las manos encallecidas por la búsqueda de sus familiares.

Tampoco se puede aceptar como esperanzadora, solo en un país regido por la locura, como el nuestro, la frase dicha por un padre de familia que busca afanosamente a su hermano: “tenemos que preparar a las futuras generaciones para esto, ojalá que nuestro dolor les sirva de algo”.

Roberto Castelán Rueda
Profesor jubilado, doctor en historia y lector
de medios impresos a punto de extinción.

1 Comment

  1. NO ME EXPLICO LA VALENTIA DE ESTAS MUJERES Y HOMBRES, COMO SOPORTR LA DESAPARICION DE UN HIJO , MIS RESPETO, CUANDO TOQUEN MAS A LOS HIJOS DE LOS PODEROSOS , UN POCO SE SOLIDARIZARAN, SOLO ALGUNOS, LOS DEMAS TODO ES NEGOCIO. Y SUFREN MAS SUS PERDIDAS MATERIALES , QUE LOS LAZOS DE SANGRE , YA BASTA

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