Deseo, crédito y decepción

No pudo dormir de la pura culpa. Así le pasa a la Mane siempre que decide comprar algo para ella. Peor si es algo caro, carísimo; unos zapatos, suaves como no hay otros y de un tacón de cinco centímetros –como le recomendó el ortopedista– que le servirán para las molestias del espolón y para que su rodilla izquierda pare de sufrir.

Lo malo es que los cacles salen en un cuarto de salario mínimo. Lo bueno es que se mató trabajando. Lo malo es que tiene dos hijos. Lo bueno es que ni se van a enterar. Lo malo es que en los últimos tiempos se ha comprado ropa. Lo bueno es que era usada…

Lo malo es que no pudo dormir y la inflamación de las tripas se exacerbó.

Lo bueno es que está aquí. Implacable. Dispuesta a usar por tercera vez la lujosísima tarjeta de crédito Premium Card que le enjaretaron en el almacén del puerto inglés.

La tarjeta la ha usado dos veces en unos cinco años, piensa para darse ánimos: para comprarse otros zapatos, suaves como no hay otros, y para hacerse de una mochila deportiva que le robaron antes de que la acabara de pagar. Hasta hace poco, la Mane se echaba un discurso sobre el neoliberalismo y los cerdos banqueros. El rollo provocaba de los promotores de tarjetas departamentales huyeran del aburrimiento. Un día alguien la convenció. Más tarde ella se hizo un lavado de cerebro: su plástico tiene un seguro para el cáncer de mama, que es lo único que paga día 8, siempre muy puntual, de eso presume… Hasta el próximo mes, cuando también pagará sus bellísimos, caros y cómodos zapatos.

Quién fuera ella, con el mundo bajo sus pies.

–¿Se los lleva por fin?– ha preguntado la vendedora que apartó los zapatos, un par de noches antes, para que la Mane pudiera sentirse realmente culpable mientras decidía si quedárselos o no.

La feliz compradora extiende su Premium Card. Es plateada. Luce como nueva. No pasa, no pasa.

“No pasa”, confirma la vendedora, después de tres intentos.

La siguiente escena es un plano general. La Mane está detrás de otro mostrador, el de las aclaraciones del departamento de créditos. Si se la ve ansiosa es nomás porque ya le urge ponerle esos zapatos, suaves como no hay otros. La que nada debe nada teme, piensa, frente a la mujer que la mira con severidad. Ella es la que va a decidir si nada teme. “Su tarjeta está cancelada”, decide por fin.

La Mane siente el mundo sobre su cabeza. Piensa que alguien le clonó la Premium, que va a deberla toda la vida. Qué curioso: ahora sí piensa en sus hijos, los pobres.

“Hasta eso su historial es impecable. El problema es que su esposo no ha pagado”, aclara por fin la del departamento de aclaraciones. “¿Mi esposo?”, pregunta la desdichada, sin creer lo que oye. “Dígale a su esposo que pague la tarjeta de él y luego venga a que le volvamos a hacer válida la suya de usted”.

La Mane es una mujer herida y un perro rabioso. Con un discurso altermundista alega que es ilegal el procedimiento de la tienda con nombre de puerto inglés, que van a ver ahora sí, que los va a acusar con todas las comisiones habidas y por haber.

Cuando vuelve en sí, se percata de que la siguiente aclaración –también es una persona– espera impaciente junto a ella. Se le acabó el turno. La de las aclaraciones amenaza con llamar a los de Seguridad.

Anoche la Mane entró a Internet para despedirse de los zapatos suaves, como no hay otros. Sabe que todas las comisiones habidas y por haber se toman su tiempo para no resolver las cosas.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 11 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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