Despotismo iletrado

Sincretismo

| Por Juan José Doñán |

Es muy aventurado, aparte de inútil, ponerse a predecir si alguna de las esculturas o piezas de pretendido arte urbano, contratadas discrecionalmente por el gobierno de Enrique Alfaro, se la acabará apropiando o no la sociedad tapatía, o si alguna de ellas, con el paso del tiempo, podrá acercarse a la popularidad de la Torre Eiffel como se atrevió a predecir el mismo presidente municipal de Guadalajara.

En este sentido más vale ser cautos, suscribiendo aquello de que siempre será preferible –y sobre todo menos riesgoso– el papel de historiador al de profeta. Y ello porque, en la historia del arte, los casos en que una obra de esta naturaleza ha llegado a convertirse en una apropiación colectiva o en símbolo de una ciudad y hasta de un país o una civilización son contadísimos o algo más que excepcionales: las Pirámides de Egipto; la Muralla china; el Coliseo romano; la Torre de Pisa; la estatua de la Libertad, en Nueva York; el Cristo redentor, en Río de Janeiro; la Sirenita, en Copenhague, o el puente Golden Gate, en San Francisco, California.

De lo que sí se puede hablar es del par de piezas o esculturas o estramancias (todo depende del color del cristal con que se las mire) ya instaladas en dos puntos distintos y más o menos distantes del municipio: la Pluma, del pintor Pedro Escapa –metido súbitamente a escultor y también a artista urbano– así como la obra Sincretismo, del también pintor Ismael Vargas y quien ahora, asimismo, debuta como artista urbano.

La primera de ellas es sólo una pluma de escribir tamaño jumbo –aun cuando no ha faltado el malicioso que le haya encontrado otras formas como la de supositorio– obra que se instaló en el camellón de prolongación Américas (la vieja carretera a Zapopan) en su cruce con Pablo Neruda. La principal limitación de esta obra de Pedro Escapa es que no dice más de lo que dice (una simple pluma de escribir, aunque agigantada, que no evoca nada más) y que en cuanto a belleza en el diseño ni siquiera puede competir con modelos clásicos de Mont Blanc, Sheaffer, Wearever, Pilot, etcétera.

Y por lo que hace a la escultura Sincretismo, de la autoría del pintor Ismael Vargas, está muy lejos de ser una obra bien integrada, ya sea por su temática y sus características formales, al entorno en el que fue emplazada (el camellón de Federalismo, entre Juan Álvarez y Hospital) como han pretendido algunos, entre ellos un columnista de asuntos políticos del diario El Informador (Diego Petersen), quien de súbito se metió a crítico de arte.

A cierta distancia, tanto de día como de noche –e indistintamente si se le ve de sur a norte o viceversa– la obra parece más un accidente en el paisaje urbano que un elemento atractivo para quien recorre esa rúa, pues se asemeja a un mono orejón, lleno de perforaciones y con brazos tan cortos que más bien parecen muñones, y no lo que en realidad pretendió hacer su autor, según su propio dicho: una fusión integradora entre la Coatlicue y la Virgen de Guadalupe, y que por su acabado evocara el papel picado.

Más que la pretendida integración o sincretismo de las imágenes antes mencionadas (la diosa principal de la civilización mexica y la mayor advocación mariana de nuestro país) es un amasijo de ambas entidades, de tal suerte que no es ni la Coatlicue ni la Guadalupana, sino el revoltijo de algunos elementos de una y otra, sobrepuestos más que bien integrados. Así, por ejemplo, el cinturón de serpientes de la divinidad prehispánica fue cambiado por unas calacas ralas que, para colmo, tienen un acabado simplón, muy por debajo de la abundante y rica iconografía de calaveras realizada por otros, comenzando por José Guadalupe Posada. Las serpientes, que acabaron en lo que debería ser la parte baja de la túnica de la Virgen de Guadalupe, más bien parecen peces alargados y elementos muy poco estéticos.

Claro que todos estos detalles, así como el barroquismo rebuscado de la obra, le pasan inadvertidos a los conductores que recorren la calzada Federalismo a 50 kilómetros por hora y sólo puede notarlos el peatón que se detenga a ver esa obra que, contra lo que auguran algunos, muy remotamente podría convertirse en un hito urbano de la zona, entre otras cosas porque ese hito ya existe y es el templo de El Refugio, el cual data de la segunda mitad del siglo XIX y quedó enclavado, a tres cuadras y media, al sur, en el mismo camellón de Federalismo, una avenida que, por cierto, se hizo en la primera mitad de los años 70 a partir de la calle Moro, al norte, y Escobedo, al sur, luego de la demolición masiva de fincas en ambas aceras.

El mencionado editorialista de El Informador, víctima del fácil entusiasmo, se equivoca también cuando considera un acierto haber instalado esa escultura en lo que, según él, sería “el ingreso” de la antigua demarcación indígena de Mezquitán. Y se equivoca porque el enclave original de esa población prehispánica se localiza a más de dos kilómetros hacia el norte y a donde ni siquiera llega la calzada del Federalismo, pues ésta pasa a varias cuadras al oriente, después de atravesar la avenida Ávila Camacho. Donde la escultura Sincretismo quedó instalada es en lo que fue –hacia fines de la Guadalajara virreinal– el vecindario de la antigua Capilla de Jesús, elevada a parroquia por el obispo Cabañas en 1815 y la cual estuvo ubicada originalmente donde ahora se encuentra el templo de El Refugio.

Finalmente, haber gastado más de 5 millones de pesos de los tapatíos en una pieza que está muy lejos de figurar siquiera entre las mejores obras del pintor Ismael Vargas, no es precisamente un ejemplo de dinero público bien empleado. Y el hecho de que esta y otras obras, de presunto arte urbano, hayan sido comisionadas discrecionalmente o lo que es lo mismo, por dedazo de la autoridad ni siquiera sería un ejemplo de despotismo ilustrado, sino más bien de un caso grosero de despotismo iletrado.

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