Después del EdoMex

De cuando era niño aún recuerdo los paseos en auto como algo muy cercano. Acaso porque, encapsulados en esas cajas de vidrio, colchón y acero, no podíamos sino estar conscientes del momento, en eso que los budistas llaman el aquí y el ahora entre lugares.

En ese entonces el país tenía cierta prosperidad, existía una cosa rara llamada la clase media y ésta tenía otra rareza extinta llamada poder adquisitivo. Teníamos en casa una Wagoneer Jeep, donde cabíamos cómodamente mis dos hermanas, mi hermano, mi abuela, mi abuelo en los asientos traseros, yo en el maletero, que se unía a los mismos, mi padre manejando y mi madre de copiloto. Era algo muy espacioso, algo así como una casa del Infonavit con ruedas.

Mi mamá ponía cintas de Raphael o de  Mocedades y como los viajes eran largos, había mucho que hacer, jugábamos a adivinar que miraba el otro, a encontrar un auto de un color particular antes que los demás –para poder darles un guantón en el brazo– y cuando no estábamos haciendo esas cosas, platicábamos mucho de los mismos temas que se platican en los cafés y en las cantinas y que rompen amistades y hogares; es decir, se hablaba de política.

Mi abuelo –según se cuenta en la familia– fue de los fundadores del PAN cuando ese partido servía para algo y su objetivo primordial, al nacer, fue obligar al PRI a poner candidatos que supieran leer y tuvieran certificado de primaria y un vocabulario de más de 200 palabras.

Así, en la camioneta todos éramos politólogos –supongo que la camioneta era el Facebook de entonces– y también, por supuesto, y como era de esperarse de una familia tapatía de rancio abolengo, éramos panistas.

El abuelo contaba como en una elección presidencial se negaron a poner candidato porque estaban hartos de hacerle el caldo gordo al Partidazo. Al parecer eso hizo enfurecer al candidato del sistema y se llegó a una negociación para ceder algunos puestos y plazas y permitir ciertas limitadas victorias electorales.

Sin embargo, el grueso de los procesos electorales era un cochinero de marca. Siempre que viajábamos postelectoralmente, el tufo rancio de la impotencia mancillada marcaba las conversaciones.

Todos odiábamos la falsa democracia, nadie creía en el sistema electoral y nos sentíamos presos de un sistema de partido único hasta que surgió un señor llamado Manuel Clouthier, que parecía que tenía ciertas oportunidades. Debo reconocer con cierta pena que nosotros éramos una familia decente y de buenas costumbres del Occidente de país, así que ni hicimos en el mundo a Cuauhtémoc Cárdenas. Igual dio igual porque le robaron todo a los dos. Para ese entonces ya estábamos muy instalados en la justa medianía de la desesperanza y sumidos en un aceptado desconsuelo. Nos íbamos a morir todos y también nuestros hijos y nuestros nietos y seguiría ganando el PRI. La verdad era bien culero saber eso.

Mi papá y mi abuelo me enseñaron que no se abandona una lucha sólo por el hecho de que esté condenada al fracaso y que había que seguir jodiendo para construir una democracia que seguramente no veríamos nunca, y así aprendí a joder con causa.

Luego llegó Chente Fox pateando cajones de muerto de cartón diciendo que iba a enterrar al PRI y ándale que le gana y nadie se la creía y luego que demostró ser un pendejo delirante ya caímos en la realidad, y ahora que ya es algo como un neopriísta neolítico entendemos más cosas al respecto de su carrera.

Después vino el enano con su 0.56 por ciento y fue una perla más en el rosario de los agravios al voto popular. Ahí en la casa ya no estaba el abuelo, pero igual me explicaron que al PAN se lo había llevado la mierda gracias a que estuvo dispuesto a pactar cosas inmorales a cambio de posiciones políticas y que los fundadores –esa gente noble y mojigata que quería mejorar al país– se habían ido muriendo para ser sustituidos por cuadros de más laxa moral.

Para entonces yo ya sabía que existía el rayito de esperanza en el PRD, con una agenda más interesante y que cuadraba mejor con mis intereses de juventud. No necesito hacer un recuento de cómo se derrumbó estrepitosamente para convertirse en el estercolero de chuchos que es ahora.

Igual quien sabe porqué, acaso mediante la miopía que causa la necesidad de esperanza, yo pensé que lo peor del pasado había, literalmente pasado; que la democracia dejaba mucho que desear pero que habíamos dejado atrás la dictadura que podía hacer lo que le daba la gana en un proceso electoral, que las redes sociales eran algo que… ¡Pum! elecciones en EdoMex.

Me quedé helado y volví a la camioneta de la infancia. Volví a sentir la rabia y la impotencia del abuelo. Vi a Lorenzo Córdoba decir que el proceso electoral era un intachable ejemplo de pureza y me sonó a los titulares de los periódicos el 3 de octubre de 1968. “Ayer llovió”.

Sí, volvió a llover, pero estiércol.

Yo no sé cómo volvimos al precámbrico tardío, cómo nos convertimos en un país subsahariano, es más ni sé si siempre lo fuimos o de verdad estábamos saliendo y estos irresponsables nos arrastraron de regreso a lo peor con tal de no perder.

Igual pasada la rabia y la sorpresa retomo la necedad como bandera. Ellos eligieron un muñeco de cera. Nosotros vamos a seguir luchando por una causa perdida: que ellos ya no sean los que elijan.

Zul de la Cueva
Acerca de Zul de la Cueva 21 Artículos
Gente vagamunda, inútil y sin provecho. Esponja del vino y gorgojo del pan

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