Día mundial del libro a la tapatía

| Okupo+|

El próximo 23 de abril se distribuirá gratuitamente en librerías de Guadalajara y otras parte del país, el volumen conmemorativo del Día Mundial del Libro correspondiente a 2017. Se trata de la singular celebración que año tras año un grupo de ciudadanos y empresas, convencidos —junto con Borges— de que el libro es el más prodigioso invento de la humanidad, realiza en esta fecha instaurada por la UNESCO. El homenaje es posible gracias al trabajo y la generosidad de los autores participantes, Pandora Impresores, SA de CV, las Librerías Gonvill y Rayuela, diseño editorial.

Este año prepararon una compilación de textos donde 15 personajes —principalmente gente de la cultura, la ciencia, las artes y la academia— relatan, en textos escritos especialmente para aparecer en las páginas de La mirada y el asombro. Voces de quince lectores, algún aspecto algún aspecto de su relación personal con los libros y la lectura. El resultado es una plural colección de reflexiones que, entre otras cosas, nos muestran los múltiples caminos que recorrieron los libros para enriquecernos y acaso transformarnos; las distintas maneras en que los libros se hacen presentes en nuestras vidas, para influir en quiénes y cómo somos.

Las páginas del ahora también conocido como libro blanco, despliegan muy diversas pero certeras miradas −y principalmente asombros− ante el poder de los libros. En esta ocasión escribieron el editor Martí Soler; el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma; la actriz Diana Bracho; el académico Fernando Carlos Vevia Romero; Augusto Chacón, coordinador de un observatorio ciudadano; la diputada federal Verónica Delgadillo; el presbítero y bibliófilo Tomás de Híjar; el fotógrafo Mariano Aparicio; la periodista Vanesa Robles; el músico y periodista Alfredo Sánchez Gutiérrez; el pintor Juan Carlos Macías; el antropólogo Jorge el Doc Alonso; la crítica de cine Lucy Virgen; el arquitecto restaurador Cuauhtémoc de Regil y el divulgador de la ciencia, Carlos Enrique Orozco.

El ejemplar será obsequiado el 23 de abril de 2017 —Día Mundial del Libro— a los clientes de la librerías participantes: las Gonvill, la José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica, El Sótano, Gandhi, Porrúa, Siglo XXI y la Cervantes.

Presentamos en exclusiva y como adelanto para los lectores de Okupo+, el relato que preparó para el libro el arquéologo Eduardo Matos Moctezuma.


Letras en el camino

En la década de los años cuarenta vivía con mis padres y hermanos en Panamá, ya que don Rafael Matos Días, mi padre, había sido nombrado enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en aquel país. Algo que recuerdo como si hubiera ocurrido ayer era que algunas noches, al momento de acostarnos para dormir mi hermano Rafael y yo, mi madre nos leía pasajes de un libro singular que no era otro que ¡El origen de las especies, de Charles Darwin! Por demás está decir que los dos caíamos en un sueño profundo hasta el otro día en que volvíamos a tomar conciencia de nosotros mismos. Lo extraño del caso es que mi madre, Edith Moctezuma, era muy religiosa y sin embargo daba lectura al libro que vino a revolucionar la ciencia y poner en jaque los principios bíblicos. No sé si estas lecturas quedaron grabadas en mi inconsciente, el hecho es que años más tarde y ya como estudiante de arqueología los principios plasmados por Darwin cobraron presencia y me llevaron de la mano por senderos del materialismo intelectual del que nunca me separé y, por el contrario, se acrecentó no sin antes haber vivido algunos años de profunda religiosidad cuando apenas era un adolescente. Por aquel tiempo leí La montaña de los siete círculos, de fray Thomas Merton y Al filo de la navaja de Somerset Maugham. En ellos vivía mis inquietudes en la búsqueda de Dios, quien se negaba a aparecérsele a aquel joven que había puesto no pocas esperanzas en la presencia divina.

Después de esto vino mi rompimiento con la religión. A ello contribuyeron lecturas, a los quince años de edad, de libros fundamentales para muchos adolescentes que bebían en la Metamorfosis, de Franz Kafka su propia razón de ser. Por allí estaba también El Lobo estepario, de Hermann Hesse acechando en cada esquina de mi vida. Fueron de gran ayuda interior para pasar, en un momento dado, a otros intereses. ¿Cómo ocurrió esto? El rompimiento con la religión me hizo sentir un hombre libre, dueño de sus actos, seguro. Me daba la sensación de que estaba dentro de un universo plagado de estrellas y astros y que yo volaba hacia el infinito. Fue maravillosa aquella sensación de libertad. Era dueño de mi destino y de ahí en adelante lo que hiciera sería mi decisión. Quizá a esto contribuyó una disciplina férrea que me impuse desde la adolescencia. Sea como fuere, la verdad es que ese fue mi primer rompimiento con algo muy arraigado en mi interior. El paso estaba dado para un futuro que presentía promisorio…

En 1959 ingresé a la Escuela de Antropología para estudiar arqueología. Cuando cursaba el bachillerato tenía dudas severas de lo que iba a estudiar. Ninguna disciplina me atraía plenamente. Ya en segundo año y a pocos meses de terminar los estudios de bachiller un amigo me prestó un libro cuya lectura cambiaría y definiría el rumbo de mi vida. Se trataba de Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram. El libro contenía varios capítulos dedicados a diversas culturas de la antigüedad. No pasé del primer capítulo, dedicado al Egipto antiguo. Me apasionó la civilización egipcia y empecé a leer otros libros que hablaran de ella. La decisión estaba tomada: estudiaría arqueología. Por aquel entonces mis padres también estaban preocupados de que no definiera mi vocación y fue así como un día llegué feliz a darles la buena nueva:

—Papás, ya decidí lo que voy a estudiar…

Mi madre me interrumpió:

—¡Qué bueno! ¿Arquitectura, medicina, ingeniería…?

—No. Arqueología.

Un profundo silencio que duró segundos, pero que me parecieron una eternidad, permeó en el ambiente. Mi madre se veía preocupada por mi futuro y de inmediato agregó:

—Hijo, está muy bien, pero ¿no sería bueno que al mismo tiempo llevaras cursos en la Escuela Bancaria y Comercial?

Evidentemente me estaba dando a entender que me moriría de hambre con la arqueología. Acudí, una vez más, con mi amigo que me había prestado el libro, que no era otro que el doctor y antropólogo Luis Alberto Vargas, y le conté lo sucedido. La respuesta que me dio es una de las más sabias que he recibido en mi vida, dijo:

—Mira, puede que te mueras de hambre, pero te vas a morir muy contento porque estudiaste lo que tú querías…

Aquello fue suficiente y de inmediato corrí a inscribirme en la escuela. Desde luego que no me morí de hambre, pero este acontecimiento lo he relatado en entrevistas y conferencias, pues no faltan jóvenes que me dicen que desean estudiar arqueología pero que sus padres no están de acuerdo. Entonces les cuento mi experiencia y espero que de algo les sirva como me ayudó a mí. La conclusión de esto es que por una lectura pude encontrar mi camino con resultados realmente satisfactorios.

En la escuela de antropología mis lecturas se inclinaron en mucho hacia el conocimiento de la antigua Mesoamérica y otras civilizaciones, además de acudir a libros de marxismo que llenaban mis aspiraciones revolucionarias. Sentía que los años de mi adolescencia tan plenos de sensibilidad interna quedaban ocultos por mi nueva directriz. Pero algo vino en mi ayuda: un libro. Estaba en el segundo año de la carrera y tuve una novia muy inteligente: Rosalinda Monzón. Un día ella me regaló un libro que, a su vez, abriría nuevas puertas a mi interior: las Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke. Su lectura fue determinante, ya que en sus palabras veía reflejado mi propia manera de pensar acerca de la vida, del amor, del sexo, de la soledad, en fin, que todo lo que había venido pensando ahora se veía presente en las palabras maravillosas del creador de las Elegías de Duino. A partir de ese momento, y pese a que han transcurrido muchas décadas, la presencia de Rilke en mi vida ha sido constante y definitoria.

Por segunda ocasión, la lectura de un libro había abierto cauces profundos y rumbos insospechados…

A partir de aquel momento me percaté de que en mí convivían dos Eduardos: el académico riguroso y el sensible que veía con asombro caer una hoja en una tarde de otoño… Fue el Proyecto Templo Mayor, iniciado en 1978 en pleno corazón de la Ciudad de México, el que me llevó a aceptar la convivencia de los dos personajes que, como dijera Rilke al referirse a una pareja de amantes, forman unidad sin dejar de ser dos. A medida que profundizaba en las entrañas de la tierra para extraer las presencias del pasado también me encontraba a mí mismo. Esto me llevó a lecturas diversas que atendían a las dos presencias. En lo académico, me absorbió completamente la obra de don Manuel Gamio, ilustre antropólogo que dio pie al comienzo de una antropología comprometida con la población más necesitada, lo que pudo concretar en su investigación, junto con muchos otros especialistas, y en la publicación en 1922 de su obra máxima, La población del Valle de Teotihuacán. Años más tarde dediqué algunos trabajos a ponderar la obra de don Manuel y escribí una biobibliografía que llegué a publicar junto con una antología dedicada a él. En cuanto a la otra vertiente, escribí por aquí y por allá algunos pensamientos (nunca me atreví a llamarlos poesías), que salieron en periódicos como el suplemento Sábado que dirigía mi amigo Fernando Benítez o libros como Los rompimientos del Centauro, una biografía de mi persona que resultó de las entrevistas que me hicieron dos estudiosos del mundo antiguo: David Carrasco, investigador de historia de las religiones en la Universidad de Harvard, y Leonardo López Luján, arqueólogo que es mi sucesor en el Proyecto Templo Mayor. Vaya por delante uno de estos pensamientos a manera de ejemplo:

Hemos formado un perfecto vaso comunicante:

tú me alimentas con tu esencia de mujer

mientras yo vierto en tu boca

la vida que se escapa fugazmente…

Ya que he hablado de no llamar poesía estos pensamientos, debo advertir que en alguna ocasión Juan García Ponce me mandó pedir una colaboración para la revista Diagonales. Envié un texto que versaba sobre arqueología. Juan lo leyó y le dijo a la persona que se lo había llevado: «No sabía que Matos era poeta». Cuando me lo contaron contesté: «ni yo tampoco». Otro caso más o menos similar ocurrió cuando el doctor Miguel León Portilla dio respuesta a mí ponencia de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en 2015. Sus palabras fueron elogiosas hacia mi persona pero lo que más me agradó fue el momento en que dijo «Eduardo es poeta también: la Muerte a filo de obsidiana es una obra poética, figúrense, con el sacrificio humano transformado en una cierta forma de mística y extraña poesía».*

No sé qué tanta razón tenga don Miguel, pero la verdad es que en muchos de mis libros una constante es el tema de la muerte. Allí están Muerte a filo de obsidiana; Vida y muerte en el Templo Mayor; Vida, pasión y muerte de Tenochtitlan; La muerte entre los mexicas… en fin, que esto haría las delicias de un sicoanalista que quisiera irrumpir en los arcanos de mi ser. Como se aprecia aquí, el tema de la muerte es una constante en mi producción literaria al igual que lo son mis estudios y publicaciones sobre el Templo Mayor mexica o el tema de la historia de la arqueología, a los que he dedicado mucha tinta y dedazos en la computadora. En no pocas ocasiones pienso que, al fin y al cabo, un arqueólogo es un exhumador de cadáveres que han quedado sepultados por siglos y que toman forma de edificios, tumbas, ofrendas, y hasta nos es dado, siguiendo a Proust, encontrar el tiempo perdido.

Vamos ahora a pasar a un tema de suyo importante, pues atañe a la posible desaparición del libro impreso y la supremacía del libro electrónico. En alguna ocasión el director del Instituto Nacional de Antropología me pidió que escribiera unas palabras acerca de una serie de artículos incluidos en los Anales de Antropología, publicación que tuvo sus inicios en 1877 en el Museo Nacional y que ahora serían editados en forma de discos compactos. Aproveché la ocasión para decir lo que pensaba acerca de la amenaza que se cernía sobre el libro impreso y su posible tendencia a desaparecer. Entre otras cosas, dije que así como la máquina Olivetti había sido compañera inseparable del escritor y ahora estaba convertida en pieza de museo, de esa misma manera el libro impreso tendería a ser pieza de bibliotecas para dar paso a esta nueva tecnología que todo lo avasalla. Pero agregue algo más. Comenté que el libro es como una mujer: se le toca, se puede oler, se le lleva a la cama para estar junto a uno… en fin, la lectura que produce es compañera inseparable a la que podemos acudir cuantas veces queramos sin que nada nos reproche…

No resistí la tentación y hace poco caí en lo inevitable. La editorial Amazon me invitó a escribir un libro junto con un estudioso peruano, el doctor Luis Millones, acerca de una comparación entre el mundo mexica y el inca. Acepté y allí está el libro, solo que, como se sabe, esta casa editorial hace libros electrónicos que hay que bajar –y pagar— desde la computadora. No era una traición a la mujer amada convertida en libro, sino sólo una experiencia que incluía una posible reivindicación, pues en el contrato se asentaba que sin el menor problema podíamos disponer de la obra para publicarla en imprenta.

Como se ve, mi vida ha estado ligada de manera indisoluble a la lectura y a la escritura. A las dos recurro constantemente y ocupan un lugar de preferencia en mi quehacer cotidiano. De vez en cuando regreso en busca de aquellas lecturas de juventud y ellas me alimentan gratamente y me transportan al tiempo que fue. Muchas veces he dicho que tiempo y espacio son las categorías fundamentales de la arqueología y hay razones suficientes para aseverarlo. Pero cada uno de nosotros traemos a cuestas nuestro singular tiempo y nuestro singular espacio y ello hace que podamos decir, como lo expresara Ortega y Gasset, «Yo soy yo y mi circunstancia».

Siempre me he considerado hombre del siglo XX. En ese siglo nací y crecí; en él conocí el amor profundo y el amor ligero. La lectura me llevó a nuevos derroteros que tuvieron cabida en el transcurrir del mismo; mis hijos nacieron y en una ocasión hasta pensé que en ese siglo debía morir, pues el siglo actual, el XXI, me es ajeno. No entiendo nada de computadoras y las uso como máquinas de escribir. Los cambios tecnológicos son sobrecogedores y asombrosos, pero no los utilizo. La ciencia avanza y avanza y yo permanezco parado ante un porvenir que cada vez más se acorta de manera inevitable.

Y aquí estoy, de pie frente a lo que venga, con un libro en la mano y una pluma en la otra, para escribir mi epitafio que al final llevará la palabra que a muchos asusta y a otros convoca: fin.

Eduardo Matos Moctezuma

 


* Miguel León Portilla, “Respuesta” en Eduardo Matos Moctezuma, El decir de las piedras (discurso de ingreso), UNAM/Academia Mexicana de la Lengua, 14 de mayo, México, 2015.

 

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