Diversión e irreverencia

Hace dos años, antes de que recibiera el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Olegaroy (Alfaguara, 2018), el narrador regiomontano David Toscana publicó un libro que, si bien recibió la dosis habitual de promoción, mereció por sus características haber producido mayor ruido mediático; me refiero a Evangelia (Alfaguara, 2016), una versión renovada de la tradicional historia consignada en el Nuevo Testamento acerca de la vida de Cristo sólo que, en este caso, el mesías ha nacido mujer, con las consecuencias que ello acarrea.

Evangelia bien podría instaurarse en un afluente de la tradición literaria nacional que la liga a la ya no tan célebre novela de Vicente Leñero, El evangelio de Lucas Gavilán (1979), aunque existen algunas diferencias notables: mientras la segunda se aviene a la paráfrasis y la ubicación temporal de las acciones en México, la segunda se atiene al relato clásico y asume el riesgo de trastocar los sucesos, modificar a los personajes –incluso al mismísimo Jehová– y mostrar un humor cáustico y delirante que se disfruta enormemente.

 De hecho, en la historia que nos narra Toscana, al final, los hechos no se modifican, todo ha sucedido como cuenta pero heredamos la misma conclusión; así, el ejercicio imaginativo es admirable, desde la caprichosa y voluble voluntad de Jehová quien, incapaz de reconocer sus “errores”, deja correr las acciones de aquellos a quienes ha creado mientras se afana en aprender griego para “mejorar” su estilo y acercarse al de Homero.

La protagonista, a quien llaman apropiadamente Emanuel, posee una personalidad menos rígida que el mesías convencional, enfrenta las costumbres que la encasillan en el sometimiento al varón y –del algún modo– cumple su cometido, a pesar de lidiar con el hermano que buscó asumir la progenitura familiar (por iniciativa de José, el carpintero, que acaba convertido en leproso) mediante una treta pero sin las virtudes de su hermana (la verdadera hija de Dios).

Con todo, pocos personajes resultan tan entrañables como el ángel de la anunciación, un arcángel (Gabriel) que tras el primer “accidente” y los sucesivos intentos por corregirlo, pierde las alas y es olvidado por el Creador para terminar como un borracho cuyas virtudes como contador de historias le permiten “entretener” a su audiencia con aquello que en realidad sucedió o fue omitido dentro de lo que la tradición oral dejó como herencia para el pueblo elegido.

Y todavía más, el irascible y terco Jehová persigue “corregir” lo que no ha podido controlar y, para ello, crea al espíritu del Jesús que constituye su equivalente para conformar no ya una trinidad sino una “tétrada” que no salvarán para la tradición los redactores futuros de la Biblia, puesto que nada sabrán de él (así haya incursionado, en muchas ocasiones y por orden del Padre, en el intento por evangelizar a los pobladores  del otro lado del mundo, en lo que hoy es Latinoamérica).

Toscana se ciñe, como le conviene, al tono y la prosodia de un relato bíblico –no en balde señaló, en más de una entrevista, que hizo “copia y pega” durante la escritura del libro– que le permite otorgar a sus personajes un carácter menos acartonado del habitual, los pecados conviven con las actitudes a que obliga el día a día y las frases hechas de los evangelios se inscriben en contextos que, por su novedad, llegan a provocar la carcajada abierta.

Ignoro los propósitos o intenciones primarias del autor a la hora de imaginar lo que sería su Evangelia –que, refiere, surge de una escena en otra de sus obras, Santa María del circo (1998)– pero, me queda claro, con ella ha logrado una de las novelas más irreverentes y divertidas que se hayan escrito en este país durante los últimos años. Por supuesto, para muchos lectores eso significa que tengan paciencia y disposición (algo que, dígase lo que se diga, Toscana merece).

Escribe el primer comentario

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*