Duarte en desgracia

A principios de la década de los 90 la revista Proceso se cansó de documentar las tropelías de Raúl Salinas, llamado “el hermano incómodo”. Gracias a su parentesco con el entonces presidente, Raúl hacía negocios “jugosos” que, pese a las evidencias periodísticas, no fueron castigados en su momento. Cada semana en Proceso aparecían más datos, más reportajes que hacían evidente que el hermano de Carlos era un delincuente. Tuvo que venir una venganza política del siguiente presidente, Ernesto Zedillo, para que Raúl Salinas acabara con sus huesos en la cárcel. Hace no mucho fue liberado, pero esa ya es otra historia.

Recordé el episodio al enterarme de la captura de Javier Duarte. La conducta del ex gobernador de Veracruz fue ampliamente cuestionada en muchos medios durante años. La indignación por el asesinato de periodistas, los malos manejos económicos, la corrupción más que evidente fueron objeto de denuncias de académicos y periodistas una y otra vez sin que pasara nada. Hubo marchas de protesta y manifestaciones diversas en contra de él que le hicieron lo que el viento a Juárez. Hasta que terminó su período y cayó de la gracia de nosabemosquién. Entonces se le giró orden de aprehensión pero ¡chin, de manera tan sorpresiva como inverosímil se nos escapó!

Las conjeturas tanto sobre su evasión como sobre su reciente captura son muchas y no me detendré en ellas.

Más bien quisiera recordar un episodio del año 2015 cuando un grupo de periodistas encabezado por Alejandro Almazán hizo circular una carta donde se pedía a las autoridades del festival literario Hay que no lo realizaran en Xalapa como protesta contra el asesinato de periodistas en la entidad y contra Duarte en particular.

Recuerdo que las polémicas se multiplicaron. Hubo quien acusó a “periodistas chilangos” de boicotear un festival muy importante. La literatura no tiene la culpa, decían. Hay que preservar las manifestaciones de la cultura a cualquier costo, afirmaban. Pero aquello, la carta y la manifestación contra Duarte eran, a mi modo de ver, importantes gestos simbólicos contra un gobernador corrupto: había que poner los reflectores sobre él y sus responsabilidades asesinas. Se trataba también de que Duarte no usara a los escritores participantes para intentar lavar internacionalmente su imagen, como ya lo había hecho en la edición anterior del Hay.

En aquellos meses intercambié correspondencia con amigos y periodistas que tenían posturas diversas en torno a la pertinencia de que se cancelara aquel festival. Alejandro Almazán insistía en que el pleito no era contra la cultura ni contra el festival sino contra el impresentable Duarte. Había que poner de manifiesto el clima de terror, corrupción y malos manejos de su gobierno. Había que evitar que se tomara la foto con grandes escritores. Había que ponerle nombre y apellido a los periodistas asesinados y al desdén del gobernador por aclarar sus muertes.

Celia del Palacio, académica y escritora que vive en Xalapa desde hace años, me decía que no se arrepentía de haber firmado la carta a pesar de que había recibido muchas críticas por ello. Me hablaba del miedo que se sentía en Veracruz, del clientelismo utilizado por Duarte, de la impunidad de ese gobierno. Celia, por cierto, también había hablado varias veces sobre el terrorífico clima periodístico en Veracruz en sus colaboraciones para Señales de humo.

Yo mismo decía en aquellos días que lamentaba la cancelación de ese festival pues creo que la cultura es un antídoto contra muchos males que aquejan al país, pero al mismo tiempo estaba seguro de que en aquel caso había que hacer un acto simbólico fuerte como protesta por el uso político que le daba Javier Duarte al festival y como muestra de indignación ante los asesinatos y desapariciones de periodistas en Veracruz.

Escribía Juan Villoro en esos días: “la cultura sirve para tender puentes, pero también puede ser usada como ornato, el florero en la mesa de los criminales”.

Hoy el nombre mismo de Duarte –como el del recién capturado Yarrington– es sinónimo de corrupción. Nadie parece dudar de su responsabilidad en los malos manejos y en los crímenes veracruzanos. Pero hubo un tiempo en que fue defendido o tolerado incluso por quienes hoy levantan el dedo flamígero de la acusación. Esperemos que en este caso, la impunidad no sea la triunfadora.

Alfredo Sánchez
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Músico // periodista // hombre de la radio

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