Durmiendo con el enemigo

Los peores enemigos de los periodistas no siempre son los narcotraficantes ni los políticos. No. Ellos son los enemigos naturales, cuando un reportero o reportera hacen bien su labor. Hacer preguntas incómodas genera pánico entre quienes tienen que resolverlas. Descubrir nexos entre los poderes institucionales y los que actúan desde la ilegalidad puede ser una sentencia de muerte en México.

Eso ha ocurrido casi desde siempre.

Pero la realidad es que los periodistas tiene una vida cotidiana, en la que no siempre hacen preguntas que pongan a temblar a los políticos y pocas veces pueden revelar nexos de corrupción, aunque hay mucha.

Cuando los reporteros deben hacer una labor diaria de mirar qué información es pertinente hacer pública y cuál no, salir a investigar en el campo, los riesgos son otros. Muchas veces lo hacen sin garantía de que si se rompen un pie podrán acceder a un servicio médico público, porque no están inscritos en la gloriosa seguridad social mexicana. En la misma situación hipotética, no saben si tendrán un sueldo en lo que se recuperan, y, en muchos casos, no saben si les pagarán algún día por su trabajo.

Muchas veces los enemigos están adentro, pagando malos sueldos, exponiendo a jornadas extenuantes, agachando la cabeza cuando los poderes institucionales arremeten.

Hace unos años recibí una amenaza de unos funcionarios menores y confundidos, que me acusaban de haber publicado una infamia contra su jefe, lo cual en realidad nunca ocurrió, pues al jefe ni lo hacía en el mundo. Los funcionarios menores me habían hecho saber que tenían datos personales, como mi dirección y el nombre de mi hija. Sentí un alivio indescriptible cuando el director del medio donde trabajaba me sugirió que invitara a mi novio a dormir a mi casa. Ni me quiero imaginar a los periodistas que reciben amenazas en Veracruz o Tamaulipas.

Y es una lástima que los periodistas deban hablar de los periodistas cuando tendrían que hablar de otras cosas, en un país que parece caerse ante el poder del narcotráfico —que incluye las trata de personas—, las crisis ambientales, la pobreza rampante.

Hace unos días cerró Proceso Jalisco y hace unos meses Máspormás Gdl –el periódico donde trabajábamos los que hacemos Okupo+– y antes fue La Jornada Jalisco. Con independencia de si uno estaba de acuerdo de la ideología de esos medios, en cada uno de ellos había periodistas dispuestos a hacer su labor: informar a un público anónimo sobre cosas que deberían importarle, como la forma en la cual las autoridades de distintos niveles gasta el dinero que es de todos.

Duele que muy pocos lectores protestaran por estas pérdidas.

Hasta hace un lustro, cuando me preguntaban qué quería hacer el resto de mi vida respondía que periodista, antes de que mi interlocutor cerrara el signo de interrogación. Hoy me detengo y lo pienso, mientras escribo esta columna.

Vanesa Robles
Acerca de Vanesa Robles 17 Artículos
Soy Vanesa Robles // La casualidad me hizo nacer en Guadalajara, México // La vida me hizo periodista, y la elección me hizo pobre y feliz.

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