La suerte del guardián de Mexicaltzingo

|| No debes destruir lo construido, dice Héctor, cuasi habitante y parte de la vida del jardín –y corazón del barrio– que desaparecerá como se le conoce para que en su subsuelo se construya un estacionamiento de dos niveles para 322 autos, por un acuerdo entre el alcalde Alfaro y el rector de la UdeG, que tiene garantizado el repudio más allá del vecindario

| Por Roberto Estrada |

I

La tarde iba cayendo cuando encontré a Héctor sentado bajo un árbol en una de las bancas de la plaza y jardín de Mexicaltzingo. Veía pasar a la gente y los miraba en busca de una cara conocida o un gesto amable. Había hecho un calor terrible durante el día y ahora el inmenso cielo azul que se recortaba en las torres de la iglesia, mostraba algunos nubarrones atraídos por un viento que parecía haberse escapado de otro lugar para venir a aliviar la piel y el respiro.

Acababa de comprar una nieve de garrafa y comenzaba a probarla –también sentado en la plaza– cuando vi a Héctor. Su vestimenta pringosa, mugrienta y raída, coronada por una triste gorra cazadora de tweed con orejeras, y unos tenis mocasines que ya no eran blancos ni grises, evidenciaban su condición de vagabundo. Héctor cabeceaba, y dominado por el sopor decidió recostarse cuan largo es en la que seguramente hace mucho tiempo había determinado que era su banca.

Como no pude continuar comiendo la nieve al verlo y me atrajo su personalidad, me acerqué y le pregunté si deseaba quedársela. Me miró con sincera gratitud y alegría y se incorporó de inmediato para disfrutar el dulce refresco no sin decirme “gracias, mano”. Sus ojos vidriosos y su rostro de barba canosa, requemado y cenizo, lo eran tanto por el sol como por el alcohol, y su presencia despedía el olor de quien no ha pasado por baño o cambio de ropa en muchos días.

Sabía que aquel espacio era en cierto modo su territorio, así que le pedí permiso para sentarme junto a él para platicar, y como también estaba consciente de que era un personaje que pertenecía con derecho a aquel sitio –como los incomprendidos locos de los pueblos que habitan sus calles y sus plazas, con sus memorias torcidas y congeladas en el tiempo– le pregunté qué pensaba de que fueran a tirar la plaza para hacer un estacionamiento. “Sí, ya me dijeron” –contestó–, “está mal hecho, porque no debes destruir lo construido ¿verdad? Lo que ya está hecho, está hecho. No pueden acabarse el jardín porque es un área verde y tumbar varios árboles, está mal. Muchas cosas no están fundamentadas, yo así lo veo, conforme a mi idiosincrasia”.

II

En los primeros días de enero de este año el rector general de la Universidad de Guadalajara (UdeG), Tonatiuh Bravo Padilla, envió un oficio al presidente municipal de Guadalajara, Enrique Alfaro Ramírez, expresándole su “intención de coadyuvar al municipio” por su supuesta preocupación por la “problemática de movilidad que durante más de una década se ha venido presentando en la zona aledaña al barrio de Mexicaltzingo”, y que según él se debe a “un considerable déficit de espacios de estacionamiento” que ha ocasionado “afectaciones a las viviendas, comercios, oficinas, escuelas y centros culturales que se encuentran en sus inmediaciones”. Por ello, solicitó la donación del terreno de la Plaza Mexicaltzingo, a partir de la cota cero del nivel de la calle hacia abajo, para construir un estacionamiento subterráneo de dos niveles con capacidad de 322 cajones.

De lo que se cuida bien el rector en el texto es de hacer alusión o mencionar de manera directa lo que realmente le importa; que es que haya estacionamiento para el centro cultural lo que es en teoría, ya que la mayor parte de su  oferta es descaradamente comercial llamado Teatro Diana, propiedad de la universidad.

Un mes fue suficiente para que, primero la Comisión de Patrimonio y días después el pleno de Cabildo de Guadalajara aprobaran la donación del terreno a la UdeG.

Pese a la inconformidad de vecinos y comerciantes de la zona, la construcción del estacionamiento avanza, ya que el 6 de marzo de 2017 se publicó oficialmente el decreto en la Gaceta Municipal de Guadalajara, y ante las quejas ciudadanas, Bravo Padilla salió a decir –cual Poncio Pilatos lavándose las manos– que “va a seguir adelante porque tenemos la autorización del ayuntamiento para hacerlo”, y acusó a los medios de comunicación de generar desacuerdos, además de señalar que si hay posiciones contrarias, son inducidas por ciertos grupos, a los que no menciona por su nombre.

Enrique Alfaro, que según su manera de hacer política, toma en cuenta a la ciudadanía sólo cuando le es conveniente para sus fines mediáticos, dijo que no tenía porqué pedir aprobación o consulta de su acciones ya que “yo tengo mi responsabilidad porque la mayoría de los tapatíos me pusieron aquí y estoy para tomar las decisiones, por eso soy presidente municipal”. También minimizó a los quejosos diciendo que “sólo son cuatro vecinos”, por lo que “no le voy a seguir el juego a quienes quieren seguir haciendo, de cada cosa que hacemos, un conflicto social; no lo voy a hacer, se equivocan”. Y aunque mucho se sabe del ego que carga en sus anchas espaldas dice que “yo no estoy de presidente por un decreto divino ni por mi decisión personal”, y “las cosas van a cambiar porque ése es el mandato que tenemos de la mayoría de los ciudadanos”, cuando que en esa dizque mayoría hay más bien unos cuantos poderosos beneficiados.

Curiosamente, en su cuenta de Facebook el sábado 25 de marzo de 2017, Alfaro presumió respecto al ejercicio Qué has hecho alcalde –del Observatorio ciudadano Jalisco Cómo Vamos– que “un gobernante que no escucha, no sirve. Así de fácil”.

Lejos quedaron los días cuando Alfaro –que era candidato a la gubernatura de Jalisco y competía contra el hoy gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval– tenía un claro enfrentamiento con la Universidad de Guadalajara, la cual aprovechó sus recursos políticos y mediáticos para impedirle la llegada a Casa Jalisco. Después de casi seis años, y con mira en las elecciones de gobernador del 2018, es evidente que las cosas han cambiado, ya que han llegado a provechosos acuerdos, como el de este estacionamiento, o como con los tres millones de pesos extra que el ayuntamiento tapatío decidió entregar al Festival Internacional de Cine en Guadalajara este año, aun cuando el evento estaba ya a un par de días de terminar.

El asunto del negocio del estacionamiento en Mexicaltzingo no es nuevo. Siendo Aristóteles Sandoval alcalde de Guadalajara, el Ayuntamiento aprobó el decreto municipal D 61/33/11 15 de noviembre de 2011, el cual autorizaba licitar la construcción de un estacionamiento subterráneo en la Plaza Pública Mexicaltzingo y la concesión del mismo, por lo que se publicó en la Gaceta Municipal el 13 de diciembre de 2011.

Sin embargo, en la administración de Ramiro Hernández, el 28 de abril de 2014, el síndico Luis Ernesto Salomón Delgado mandó al cabildo una iniciativa para abrogar el decreto.

En los “Considerados” de la iniciativa, en su Fracción II se exponía lo siguiente: “es evidente que el decreto municipal D 61/33/11 es ilegal, pues el artículo 79 del Reglamento de Patrimonio establece claramente que quien desahoga el procedimiento de licitación pública para otorgar en concesión cualquier bien o servicio municipal es la Comisión Dictaminadora, y no la Comisión de Adjudicación de Obra Pública, como se establece en el decreto municipal que se propone abrogar”.

Por otra parte, cuando en agosto de 2014 el ayuntamiento tapatío había aprobado la construcción de varios estacionamientos en diversas zonas de la ciudad, el investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Ignacio Gómez Arriola, aseguró que por parte de esa instancia federal no se otorgaría el permiso para esos fines “porque es previsible que dañará fincas históricas y la traza urbana de la ciudad, como antes lo hicieron obras similares”, según declaró a la revista Proceso en su edición de Jalisco, en noviembre de 2014.

Pero también hay otro antecedente panista a este asunto, pues bajo la administración de Alfonso Petersen Farah, el entonces director de Promoción Económica, Luis Alberto Güemez Ortiz, presentó –previo a los Juegos Panamericanos de 2011– un proyecto para construir alrededor de cinco estacionamientos de ese tipo –incluyendo el de la Plaza Mexicaltzingo– mismos que fueron rechazados.

Asimismo, Gómez Arriola había dicho también en 2014 que tales propuestas contradecían los planes de movilidad urbana que pretenden incentivar el uso de la bicicleta y el transporte público.

Señaló además que estas obras cambian la conformación histórica de las plazas y ya no recuperan su imagen original porque afecta árboles y monumentos. Y puso como ejemplo la Cruz de Plazas, desarrollada alrededor de la Catedral de Guadalajara, así como la que está frente al Templo del Expiatorio.

Y apenas en días pasados, el mismo Gómez Arriola apuntó, sobre la resucitada propuesta del estacionamiento en Mexicaltzingo, que “hasta el momento no se ha presentado la solicitud. Por ser colindante con un templo que está considerado como monumento histórico se requiere contar con un permiso del INAH, como lo marca la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos”.

El mercado Mexicaltzingo es otro sitio emblemático de la zona, a una cuadra de la plaza que el ayuntamiento aprobó donar a la Universidad de Guadalajara. (Foto Héctor Hernández)

III

Ahí estaba yo sentado con Héctor, frente a la Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo, que nació como una capilla en el siglo XVI, y que con su construcción clásica se erigiera entre 1803 y 1808.

Como estoy intentando que un hombre que erra solo por el mundo y se cobija con su alcoholismo, me cuente algo de su historia de 76 años, no puedo dejar de pensar en la novela La vida inútil de Pito Pérez, de José Rubén Romero publicada en 1938, y luego llevada al cine en tres ocasiones: la primera en 1944 con Manuel Medel como protagonista, la segunda en 1957 con Tin Tán, y la tercera en 1970 con Ignacio López Tarso.

Y tal vez por la recurrencia de vidas echadas al alcohol, recordé que un día antes había pasado por el bar Morelias, que está apenas a dos cuadras de la plaza, y que es uno de esos lugares viejos y tradicionales de la zona.

Me senté a la barra y pedí una yerbabuena para entrar en ambiente, pero como también lo recordaba, esa bebida ahí es por demás insípida y sin chiste. Ingenuamente pensaba que con los años habría mejorado, como no era así, decidí que no pediría nada más.

Bebía y a la vez degustaba la consabida fruta picada, que ya era un manjar en comparación con las frituras de harina, mientras observaba el entorno con la discreción que permite un lugar tan pequeño. Ni los clientes ni los dos empleados –un hombre y una mujer maduros que parecían todo menos meseros– eran muy fotogénicos.

Ya que uno de mis compañeros de barra –que pidió su cuartito de Tequileño con Squirt y hielos– un hombre, bajo, calvo y moreno, estaba muy platicador con quien se pusiera de modo, aproveché para preguntarle sobre el estacionamiento en la plaza. Entre la palabrería inútil y las muchas reiteraciones, saqué algo en limpio: estaba convencido de que “lo que quieren es billetes, será un buen negocio”.

El verdadero causante de todo es el Teatro Diana, uno de los foros de la UdeG, que pese a su capacidad de más de dos mil lugares, no cuenta con estacionamiento propio. (Foto Héctor Hernández)

IV

Deambulo por la plaza disfrutando del jardín con sus fresnos, palmeras, laureles, sus arbustos trueno. Alrededor están una taquería, una refaccionaria, el mercado, un minisúper, unos mariscos, las nieves Mexicaltzingo. Como el sol ha cedido comienzan a instalarse los puestos de fritangas, como los siempre recurridos lonches de pierna.

En el lugar se encuentran las mantas ya difundidas en los medios que rezan Alfaro: no regales nuestro jardín, o Vecino: despierta. No podemos permitir que un espacio público y de todos, sea otorgado para un proyecto que sólo a unos cuantos beneficiará, y otros sobre un árbol, Alfaro: no me mates, tengo vida.

Caminando por las calles aledañas, me encuentro detrás del Teatro Diana tres locales de estacionamiento público. Se nota que es buen negocio cobrar por estacionarse, y la UdeG lo sabe. Entre las fincas viejas y abandonadas en el área, también tras el teatro, hay un terreno de mil metros cuadrados en venta, Seguramente a más de alguno le gustará para darle el mismo uso automotriz. Pero este nadie lo anda regalando para quedar bien.

En el templo y la plaza de Mexicaltzingo aún pervive un aire de tranquilidad, que se termina unas tres cuadras  al sur y al oriente, con las avenidas Niños Héroes y 16 de septiembre. Pero también ese reducto de barrio, con aire medio pueblerino, habrá de verse alterado y rebasado cuando la maquinaria llegue a destrozarlo.

Uno de los transeúntes de la plaza me dice que no están de acuerdo con el estacionamiento “porque se va a acabar esta área verde, y va a quedar como el Expiatorio, y pues no”. De este último, yo mismo tuve oportunidad –cuando siendo niño mi madre me llevaba ahí– de ver en pie el hermoso jardín botánico que existía frente al templo y que eliminaron para construir una asquerosa plancha de concreto, en la que nunca más crecieron los árboles, y que sólo calienta más el ambiente.

He entrado en la notaría del templo para hablar con el cura, Camilo Hernández Carvajal. Me dice sin querer hablar mucho, que no se quiere meter en política, “nada más quiero cuidar mi templo y mi gente. Todavía soy el señor cura, pero a lo mejor con esto me corren. Va a venir menos gente. Sólo pedimos que cuiden la estructura (de la parroquia)”.

También platico con monseñor Rubén Darío, que –él mismo lo dice– tiene nombre de calle y me advierte que la gente está muy molesta con la construcción del estacionamiento, y que se tiene incertidumbre sobre el proyecto. “Ojalá nos hubieran consultado antes”.

V

Algunas moscas revolotean sobre Héctor y de paso sobre mí, como para tantear si el terreno es el mismo. A Héctor se le quiebra un poco la voz cuando me cuenta que a él le echaron la culpa cuando murió su madre, porque “yo era el que llegaba más tarde. Para mí no había domingo, todos los días eran domingo. Me la pasaba de fiesta”. Y aquí empiezan a confundirse sus verdades con su memoria fragmentada y sus alucines: “Tuve dos bares, con todo y muchachas, uno aquí a la vuelta; Las Geishas. Por poco compro la finca, porque traía un permiso de José López Portillo y Weber, el expresidente”. La historia suena bien, sólo que López Portillo y Weber no fue presidente, sino historiador tapatío.

Recuerdo que en algún momento de la novela, Pito Pérez dice en tono de burla, ¡pobrecito del Diablo, qué lástima le tengo! Héctor, por su cuenta, dice que su mundo dejó de ser el que era antes desde que vive en la casa abandonada. “En la noche me siento con posesiones demoníacas y empiezo a rezar, y el demonio se va, no resiste las oraciones, huye”. Como ha vivido siempre en Mexicaltzingo, dice “me tocó ver cuando enterraban niños aquí”, refiriéndose a la plaza, que alguna vez fue cementerio.

La madre de Héctor murió de cáncer, y su padre a consecuencia del alcoholismo, y cuando éste ya no podía caminar ni trabajar, se refugiaba en la casa, y le pedía a Héctor que le pusiera  a manera de expiar sus culpas– el cendal del Señor de la Penitencia, que es el patrono de la iglesia de Mexicaltzingo.

Héctor dice que conoce a todos los del barrio y ellos lo conocen; que lo ven “y me dan centavitos. ‘Tenga don Héctor, para que se compre su chupirul para mañana’”. A la pregunta de si le gusta mucho el alcohol, lo que confirma con entusiasmo, me dice que “una vez encarrilado el camión es lo de menos. Los borrachitos no tenemos mucha vida. Los borrachos somos gente que no tiene mucha trascendencia. Cuando menos pensamos ya no vamos a tener que vivir”. Pero alegres, le digo. “Sí pues claro –afirma– tristes por qué”.

Le comento a Héctor que si tiran la plaza ya no va a poder pasar sus jornadas ahí. Pero me responde que “no lo van a tumbar. Es un área verde, no la pueden tumbar. Yo hablé ya con reforestación, con el ayuntamiento y con la federal, porque yo trabajo ahí. Me conocen muy bien. Les digo ‘oiga cómo está la cosa que quieren tumbar ahí’, y me dicen ‘no don Héctor, nadie lo va a tumbar’”.

Ya es de noche. Ahora se nos une un amigo de Héctor con el que comparte sus miserables habitaciones. Es un indigente de mediana edad –quizá de reciente caída en la desventura– de apariencia huraña pero inofensiva. Se le ve demacrado y dolorido, y es a causa de que otro individuo lo ha golpeado la noche anterior para robarle las pocas pertenencias que llevaba encima. Héctor me dice que en cuanto vea al tipo en cuestión le dará “su recetadita”. Como sabe que es tiempo de irse a su refugio y se le ve compadecido por su amigo, saca unas monedas de su bolsa y se las da para que aquel vaya a comprar “un gajo”, que es su manera de llamarle a un poco de alcohol, porque sabe que apenas si es para saborearlo y sobrevivir a la soledad nocturna. Es hora de que yo también me vaya, y al levantarme Héctor me tiende la mano. Nos saludamos y parto, pero no soy el mismo, llevo encima la gracia del “Dios te bendiga” que me ha prodigado el desarrapado guardián de Mexicaltzingo.

 

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