El hambre es canijo

Oswaldo, oriundo de Apatzingán, Michoacán, lo dice sin pensarlo dos veces: “en la ciudad es más difícil conseguir qué comer”; que “por el movimiento y las prisas” con las que se vive en las urbes se le complica más alimentarse. Aunque también opina que “nadie se morirá de hambre”. Mucho menos él. La estrategia que este hombre de piel oscura y cabello negro adornado con algunas canas implementa es la de pedir en los restaurantes los –mal nombrados- desperdicios.

Con sus tenis tipo vans negros, de los que se le sale el dedo más pequeño del pie derecho, camina sobre la plaza del templo Expiatorio. Que en los primeros días de junio y debido al calor que se siente a la “hora de la comida”, ésta más bien podría ser una especie de plancha con teflón que calienta a quien la pisa. Es el caso de este hombre de 41 años que responde al nombre de Oswaldo y que la camina con su calzado desgastado.

Si bien, este hombre que habita en las calles y banquetas, dice comer tres veces al día, cada que el sol comienza a calentar la ciudad, nada ni nadie le asegura que algún pedazo de alimento pondrá a su sistema digestivo a trabajar. No tiene chamba ni está buscando una.

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Tan solo en Guadalajara, según cifras oficiales, viven alrededor de tres mil personas en situación de calle. Esto significa que el sistema poco a poco los ha ido expulsando y cada vez es más complicado que vuelvan a la tan sonada “vida productiva”, que significa a tener un sueldo o a emprender y de paso a aspirar a alcanzar una mejor calidad de vida.

En la metrópoli, habitan ciudadanos que se colocan en el sector de la población con “la peor calidad de vida”, y de este grupo, el 56.1% dijo haberse preocupado porque sus alimentos se acabaran en su hogar. La cifra forma parte de los resultados de la Encuesta de Percepción sobre Calidad de Vida 2016 del observatorio ciudadano Jalisco Cómo Vamos.

En el libro Hambre (Anagrama, 2015), el periodista argentino Martín Caparrós, escribe: “conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre –y, al mismo tiempo, para muchos de nosotros, nada más lejano que el hambre verdadera”. Muchos pueden quitarse el hambre en un dos por tres. Pero otros no, y el alimento –el agua y el aire– es lo básico de la vida.

A través de sus instrumentos de medición –del mismo observatorio– implementados de 2011 a 2016 han arrojado números preocupantes. En el primer año, el 22.6% dijo que “sí se preocupó porque los alimentos se acabaran en su hogar”, en el último, fueron un 38.4%. Y eso que tan sólo pasaron cinco años.

Recientemente, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) publicó que un mexicano que vive en una zona urbana requiere de 94.06 pesos para llevar una vida digna, es decir, para contar con alimento, vivienda, transporte, vestido, salud, comunicación, artículos de esparcimiento, educación, cultura y recreación. Si se nos hace poco, sólo hay que recordar que hoy en día el salario mínimo es de 80.04 pesos. Estamos por debajo, pero ya solamente faltan 10 pesitos para alcanzar la “meta” del Coneval.

Pero entre que son peras, manzanas, uvas o demás frutas, el hecho es que en Guadalajara muchos no tienen asegurado el pan de cada día –aunque le recen a su dios– y que muchos se han acostumbrado a que así es la vida y más cuando se vive en situación de calle, como es el caso de Oswaldo, que cada día está en búsqueda de su comida preferida: unos tacos de frijoles. El hambre es canijo.

Julio González
Acerca de Julio González 30 Artículos
Reportero // Caminante //escribe la columna "Sepa la bola" // Profesor.

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