El holandés errante

Avelino Sordo Vilchis

La versión más difundida de la muerte de Vincent van Gogh (1853-1890) es que el 27 de julio de 1890 se disparó un balazo en el estómago y que murió un par de días después en el cuarto que alquilaba desde hacía dos meses. La idea de que Van Gogh se suicidó fue aceptada en automático, dado que encajaba a la perfección con su condición de alienado: como la sociedad ya lo había acomodado en el estante de los locos, nadie se preguntó porqué, por ejemplo, había salido, como de costumbre, al campo aquella mañana con lo necesario para pintar y unas horas más tarde había regresado sin sus preciados bártulos y con una bala incrustada en el cuerpo. De hecho, nunca se supo qué pasó con aquellas pertenencias de Van Gogh, incluyendo la pistola con la que supuestamente se disparó.

A Vincent van Gogh le bastaron poco más de diez años para dejar una indeleble huella en la historia del arte occidental. Y no estamos hablando del difundido y acríticamente aceptado lugar común del loquito que como terapia pinta «su mundo interior» (“lo que siente”, “lo que ve”) que por casualidad está ubicado con precisión absoluta en el lugar y tiempo exactos que le corresponde en la historia del arte. No, Van Gogh conocía su exacta ubicación en el tiempo y la realidad pictórica en la que vivía; sabía cuáles eran sus antecedentes y sus posibilidades. Sus aportaciones artísticas poco —o mejor: nada— tienen que ver con su real o imaginaria enfermedad mental y son resultado de sus conocimientos del arte, de su visión, de su talento y de su capacidad expresiva.

Pero, regresando a las poco claras circunstancias del suicidio de Van Gogh, precisamente esa zona oscura fue el punto de partida de los cineastas Dorota Kobiela y Hugh Welchman para realizar una muy notable película, que ahora se exhibe en los cines de la ciudad: Loving Vincent (titulada para nosotros Cartas de Van Gogh, 2017). La película desarrolla una historia de corte policiaco donde los personajes —todos lo fueron en las pinturas de Van Gogh— narran, desde su distintos y a veces encontrados puntos de vista, sus versiones de los hechos —lo que vivieron, lo que vieron, incluso lo que piensan—, de manera que el espectador va acumulando información que le permite ir armando el rompecabezas, hasta que al final puede arribar a sus propias conclusiones.

Por supuesto que Cartas de van Gogh, no es la única película sobre el “holandés loco”, como lo llamaba Paul Gaugin. Por ejemplo, está la hollywoodense Lust for Life (Sed de vivir, para nosotros, Vincente Minnelli, 1956) donde el pintor (encarnado por Kirk Douglas) se pega un tiro en un soleado y vangoghiano campo de trigo (Anthony Quinn, que caracterizó a Paul Gaugin, obtuvo el Oscar como mejor actor de reparto). Pero, especialmente memorable resulta la parte de Sueños (Akira Kurosawa, 1990) donde un estudiante de arte literalmente se mete en las pinturas de Van Gogh, sostiene un diálogo con el pintor (personificado por Martin Scorsese), para después perseguirlo por aquellos alucinantes paisajes pletóricos de luz, color y materia.

Si bien Cartas de van Gogh, narra una historia más o menos convencional, sobre todo en el aspecto estético se encuentra más cercana al “sueño” de Kurosawa, que a la muy lineal película de Minnelli, pues los escenarios donde se desarrolla son las pinturas de Van Gogh: cada uno de los alrededor de 70 000 cuadros que componen la película, fueron pintados con una técnica similar a la de Van Gogh, por más de una centena de pintores (entre los que, por cierto, se encuentra una mexicana, Mayra Hernández Ríos). El resultado es verdaderamente impresionante, pues no se trata, como en el corto de Kurosawa de filmar un actor sobre pantalla verde para luego hacerlo deambular por las pinturas, esta vez somos nosotros quienes nos adentramos en las pinturas.

Se trata de un minucioso trabajo de animación, donde se filmaron las escenas con los actores y después se pintaron, cuadro por cuadro, para lograr ese delirante ambiente vangoghiano. Pero, más allá de las características de corte circense tipo no sé cuántos cuadros pintados a mano por sabe dios cuántos pintores, está lo que realmente importa en el arte: el resultado, que en este caso es brillante, pues lograron articular la historia en un mundo que parece diseñado por Van Gogh, el pelirrojo que en la última carta que le escribió a su hermano Theo (la traía consigo cuando recibió el disparo), señaló: “La verdad es que sólo podemos hacer que sean nuestros cuadros los que hablen”.

En Cartas de Van Gogh consiguieron que 70 000 cuadros hablaran.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 21 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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