El mismo cuento de siempre

Foto: UdeG

|Por Juan José Doñán|

A comienzos de esta semana, dos altos funcionarios de la Universidad de Guadalajara volvieron a salir con su domingo siete, al insistir en que cada semestre sigue creciendo la admisión de estudiantes de primer ingreso, aun cuando la realidad diga otra cosa: que el porcentaje de rechazados continúa siendo muy superior al de admitidos.

El pasado lunes 14 de enero, a dos días de que comenzara el presente calendario escolar, el coordinador de Control Escolar de la UdeG, Roberto Rivas Montiel, repitió la misma falacia: que la cobertura de esa casa de estudios ha seguido creciendo, a pesar de que lo que más ha crecido es el número de solicitantes no admitidos.

Un día después, el martes de esta semana, rector interino de la UdeG, Miguel Ángel Navarro Navarro, durante su primer y último informe de actividades, recurrió al mismo autoengaño, una práctica bastante común entre muchos de los altos funcionarios de la UdeG.

Navarro Navarro, quien el año pasado llegó como rector de repuesto, luego de que Tonatiuh Bravo Padilla renunciara al cargo para irse como candidato de Movimiento Ciudadano a una diputación federal, dijo textualmente: “A pesar de las restricciones presupuestales, continuamos ampliando la matrícula”. Y culpó al gobierno federal de marginar presupuestalmente a la UdeG.

De esta manera y según el primer funcionario udegeísta, los responsables por el muy crecido porcentaje de rechazados en esa institución no han sido las autoridades de esa casa de estudios, sino autoridades del gobierno federal que encabezaran Enrique Peña Nieto, Felipe Calderón, Ernesto Zedillo, Carlos Salinas de Gortari y compañía.

Sin embargo, hay algo que no dice el rector Miguel Ángel Navarro, como en su momento tampoco lo dijeron sus predecesores en el cargo (Tonatiuh Bravo Padilla, Marco Antonio Cortés Guardado, el finado Carlos Briseño, José Trinidad Padilla, Víctor Manuel González Romero, y el jefe de todo el clan, Raúl Padilla): que desde fines de1992, cuando el Congreso de Jalisco aprobó la autonomía de la UdeG, precisamente durante el rectorado de Raúl Padilla, la cúpula udegeísta comenzó a manejar a su antojo el subsidio y demás recursos de la casa de estudios, empleando buena parte de esos haberes en empresas y negocios que poco o nada tienen que ver con la razón de ser de una universidad y menos con una que opera con fondos públicos.

Entre esas empresas, inmuebles y otros negocios extraacadémicos, la gran mayoría de ellos deficitarios, se encuentran el Auditorio Telmex, cuya construcción es hora que no termina de pagarse; el igualmente farandulero teatro Diana; la rehabilitación del equipo de futbol Leones Negros; el Festival Internacional de Cine en Guadalajara y la versión de este mismo festival en Los Ángeles, California.

Y a lo anterior hay que sumar la gradual conversión de la reserva territorial de Los Belenes, donación hecha por el gobierno federal para fines educativos, en un presunto “centro cultural”, cuya infraestructura ha venido siendo construida con fondos públicos, incluidos los de la propia Universidad de Guadalajara, y en el cual se pretende edificar un complejo de vivienda y de negocios, que incluiría un centro comercial, hoteles, etcétera.

Todo esto es lo que no dijo el rector de la UdeG en su reciente informe ni tampoco dijo lo que ello ha significado para la casa de estudios: desatender sus actividades sustantivas, comenzando por tareas académicas y, entre ellas, la atención a los jóvenes que pretenden estudiar una carrera en esa universidad que opera con el dinero de los contribuyentes.

Según datos oficiales, para el semestre que acaba de comenzar el miércoles de esta semana, el porcentaje de estudiantes rechazados que pretendían cursar una carrera en la UdeG superó el 62 por ciento. Y ante este grave problema, el alto mando de la UdeG volvió a tomar la misma postura comodina de siempre, tratando de exculparse, echándole la bolita a papa gobierno: ahora al gobierno federal como, en el pasado reciente, a las administraciones estatales panistas que encabezaron sucesivamente Alberto Cárdenas Jiménez, Francisco Ramírez y Emilio González Márquez.

Y mientras los mandarines de la UdeG buscan lavarse la cara, curándose en salud, legiones de jóvenes siguen buscando en vano ser admitidos en las diversas escuelas y facultades de la universidad oficial de Jalisco; jóvenes que en su inmensa mayoría cuentan con un certificado de bachillerato expedido por las preparatorias metropolitanas y regionales de la propia Universidad de Guadalajara.

Con ello que las autoridades de esta casa de estudios terminan por contradecirse y descalificarse a sí mismas, desde el momento en que, por una parte, certifican aprobatoriamente a legiones de egresados de sus aulas y, por otro lado, frustran las aspiraciones de cursar una carrera a la mayoría de esos mismos jóvenes, quienes ven cómo se les cierran las puertas de su propia alma mater, aduciendo falta de cupo e insuficiencia presupuestal, cuando la realidad es que, desde el momento en que el grupo político que controla a la UdeG obtuvo la autonomía universitaria, buena parte del presupuesto y de los recursos de esa casa de estudios han ido a parar a otra parte, incluidos los bolsillos de muchos altos funcionarios y representantes sindicales y líderes estudiantiles de esa institución.

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