El museo de Guadalajara

Avelino Sordo Vilchis

Durante las décadas de los 60 y 70 del siglo xx, don José Cornejo Franco (1900-1977) publicó con cierta regularidad en El Informador. De aquellos años data su artículo “Recuerdo de Ixca Farías”, en el que narró —entre muchas otras cosas— que una tarde a mediados de octubre de 1918, encontrándose en la Plaza de Armas, Ixca Farías (1873-1947) lo invitó: “Ven, hermano, vamos a la Secretaría de Gobierno a recoger las llaves para iniciar el museo del que ya hemos hablado”. Y lo acompañó al interior del Palacio de Gobierno, donde Tomás López Linares, secretario general de gobierno, le entregó, sin mayores formalidades, las llaves del edificio que hasta unos años antes había albergado al Liceo de Varones y que para entonces “se encontraba ruinoso”.

Algunos meses antes, Ixca había recibido el singular nombramiento de “inspector honorario de monumentos artísticos en Jalisco”, que utilizó para rescatar de los avatares de la guerra algunos objetos de valor artístico que se encontraban en casas, iglesias y cuarteles, y que fue resguardando en la capilla del Hospicio Cabañas. Después, consiguió que la Escuela Nacional de Bellas Artes donara un lote de pinturas y que el Museo Nacional obsequiara una colección de “copias de piedras arqueológicas”. Con todo ese material, unas semanas después de recibir el inmueble, el 10 de noviembre de 1918, se inauguró el Museo de Bellas Artes, Etnografía y Enseñanzas Artísticas de Guadalajara, que constaba de un gran salón dividido en dos galerías: la Miguel Ángel y la Castro y Valdez.

Dos semanas después, el 22 de noviembre, el general Manuel M. Diéguez inauguró una tercera galería, llamada Murillo (supongo que se trató de una cortesía al hombre fuerte de Jalisco, quien por sus compromisos militares no asistió a la inauguración). Fue así que hace 99 años comenzó el periplo de lo que en la década de los 70 el centralismo bautizó como Museo Regional de Guadalajara, la primera institución cultural producto de la Revolución Mexicana. Y si bien es cierto que para su creación fueron importantes los apoyos de algunas instancias del gobierno federal, es indiscutible que el museo fue producto de la iniciativa y los empeños de un grupo de entusiastas jaliscienses, todos conectados de una u otra manera con el Centro Bohemio.

A partir de 1920 contó con una subvención del gobierno del estado de 600 pesos mensuales y en 1923 se le cambió el nombre a Museo de Guadalajara. Hasta el momento de su muerte —a finales de la década de los 40— Ixca fue su director, aún cuando en 1939, con la fundación del Instituto Nacional de Antropología e Historia, pasó a formar parte del sistema de museos de la institución federal. No sé hasta que punto conocí el Museo de Ixca: a mediados de la década de los 60, cuando cursaba tercer año de primaria, nos llevaron a visitarlo. Fue una gran experiencia, cuyo recuerdo es a la vez vívido y difuso. A la distancia lo asocio más con lo que se conoce como una cámara de maravillas, que con un museo en el sentido moderno del término.

Entre 1973 y 1976, el museo fue objeto de una intervención, que lo renovó y modernizó en todos sus aspectos. En 1976 reabrió sus puertas con el actual y burocrático nombre de Museo Regional de Guadalajara y con el planteamiento museográfico que tuvo hasta hace muy poco, cuando comenzaron a modificarlo con vistas a su centenario. Desde hace algunos años y de tiempo en tiempo escucho críticas que le achacan todos sus males al hecho de que se maneja como territorio conquistado por el imperialismo azteca. Y, claro, la solución que proponen esas voces es que bastaría con que los tlatoanis del imperio sacaran sus sucias manos para dejarlo en las limpias manos de los locales, para que desaparecieran la mayoría de sus problemas como por arte de magia.

Tal teoría es insostenible. Y para corroborarlo basta con analizar algunos hechos. Y es que, si bien tiene mucho de cierto el insultante ánimo imperialista del centro —que además es territorio fértil para una pesada y estorbosa burocracia azteca—, también lo es su solidez institucional, indispensable para su funcionamiento y para la protección del patrimonio. En contraste tenemos a las veleidosas autoridades estatales, que manejan las dependencias como señores feudales, con absoluta discrecionalidad y sin ningún sentido de la institucionalidad. No tengo la menor duda de que en manos de ellos, la colección del museo hace tiempo habría alimentado al mercado negro.

O estaría a la venta en las tiendas de figuras religiosas.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 13 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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