El rey carmesí

Me queda un tuitubeante consuelo: los vi hace más de 20 años en aquel mes de agosto de 1996, en el mismo escenario donde ahora han sido programados para cinco fechas, el Teatro Metropolitan capitalino. En aquella ocasión, King Crimson se presentaba en una formación peculiar conformada por un sexteto con instrumentos dobles: dos baterías, dos bajos, dos guitarras. Ofrecieron, como sospecho que lo hacen siempre, un show memorable. De aquel grupo aún permanecen tres de los integrantes: el bajista Tony Levin, el baterista Pat Mastelotto y, claro, el líder Mr. Fripp.

Mi historia con el grupo que conduce de manera serena pero implacable el guitarrista y compositor Robert Fripp se remonta a principios de los 70 del siglo pasado. En aquellos años era casi una proeza conseguir discos importados y las ediciones nacionales se limitaban casi siempre a presentar las cosas más obvias. Conseguir un disco de King Crimson en esos días era una de aquellas pequeñas hazañas que yo logré gracias al azar. Quería formar una banda de rock con un compañero de escuela quien, aún sin saber casi nada del instrumento, decidió que sería el bajista. Se enteró de que unos gringos –de esos que abundaban en Guadalajara en aquellos días, deseosos de titularse como médicos– vendían un bajo a buen precio y me pidió que lo acompañara a verlo. Era un hermosos Gibson SG y mi amigo salió sonriente de aquel departamento con el bajo en las manos. Los estudiantes aquellos se marchaban de la ciudad y estaban vendiendo algunas cosas que no querían llevarse de regreso. Yo, de modo más bien distraído, echaba un ojo mientras mi amigo era convencido de las maravillas de aquel instrumento.

Entre los discos de los que aquellos chavos pensaban deshacerse me llamó la atención uno: aquella extraña portada mostraba una enorme cara con la boca abierta que dejaba ver hasta la campanilla del personaje. Era In the Court of the Crimson King, el debut de esa agrupación. El disco había sido editado en 1969, pero como aquí nos llegaba todo con retraso, aún era una novedad. Ese disco también, afirma más de alguno, fue el inicio de eso que se dio en llamar “Rock Progresivo”, un género que fue decayendo y del que probablemente Fripp reniegue con cierta razón. Salí con el trofeo entre las manos y desde entonces quedé deslumbrado por aquella rareza sonora de la que no daré más detalles pues sus virtudes son de sobra conocidas.

Pasaron muchos años , el grupo sufrió innumerables transformaciones –no sólo de integrantes sino también en sus propuestas musicales– y quedó claro que Robert Fripp sería el único que nunca estaría ausente.

En aquel concierto de 1996, Fripp actuó en la penumbra, sentado en una orilla del escenario, casi invisible, mientras el extrovertido Adrian Bellew brincaba en el centro y jalaba la atención visual. Así ha sido siempre: Fripp, discreto pero contundente. No da entrevistas ni autógrafos, se concentra en tocar, componer y construir esas densas atmósferas que, a pesar de los cambios, han sido el sello de King Crimson durante cerca de 50 años.

Mucho más ha ocurrido alrededor del grupo en todo este tiempo: numerosos discos y conciertos, dos de sus cantantes y bajistas emblemáticos han muerto (Gregg Lake el año pasado y John Wetton apenas en enero del 2017). Hoy KC se presenta como un octeto y las crónicas de sus primeros conciertos en la capital –que leo con cierta envidia– confirman la contundencia de la agrupación: nadie sale defraudado, todos se rinden ante la madurez y perfección musical.

En la Guadalajara del siglo pasado los conciertos internacionales de rock llegaban a cuentagotas. Recuerdo unos cuantos: Procol Harum, Joan Baez y Santana en el Auditorio; Sting en el Estadio Jalisco; BB King en el Degollado. Unos cuantos más. Hoy las cosas son un tanto diferentes, pero aún así siguen sin aparecer por aquí conciertos que valdría la pena ver. King Crimson no vino a Guadalajara, pero en las redes hay numerosas muestras de su maestría actual en vivo. Habrá que conformarse –¿resignarse?– con ello.

Alfredo Sánchez
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Músico // periodista // hombre de la radio

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