El tiradero de Alfaro

Alfaro
Previo al ejercicio de hoy, el alcalde se dedicó a inaugurar algunas obras de remodelación. (Foto Cortesía)

|Por Juan José Doñán|

El lunes de la semana que entra, Enrique Alfaro estará pidiendo licencia para separarse de la alcaldía de Guadalajara e irse en busca de la gubernatura de Jalisco, dejando tras de sí un tiradero que tendrán que recoger otros, comenzando por la persona que ya se anuncia como su sucesor en el Ayuntamiento tapatío: el hasta ahora secretario general del mismo, Enrique Ibarra Pedroza, quien habrá de lidiar lo mismo con la cantidad de proyectos y obras sin concluir de su jefe que con problemas que impensadamente se le complicaron al mismo como es el caso de los calandrieros, varios de los cuales se encuentran en huelga de hambre a las afueras de la Presidencia Municipal de Guadalajara y uno de ellos ya ha requerido hospitalización a causa de esa riesgosa protesta, la misma que no ve ni oye el todavía alcalde tapatío.

Muchos de quienes dicen haber votado por Enrique Alfaro no han ocultado su contrariedad con la administración del susodicho, de la que esperaban lo que el mismo había prometido: poner de pie a Guadalajara, algo se antojaba al menos parcialmente realizable por el hecho de que en los comicios de 2015 la fortuna electoral le dio al Partido Movimiento Ciudadano la ventajosa circunstancia de tener el mando sobre todos los municipios metropolitanos, con la sola excepción de Tonalá.

En opinión de muchos de los tapatíos que tenían fundadas esperanzas en el alfarismo y que, poco en tiempo, han ido de decepción en decepción, el inminente alcalde con licencia no sólo desaprovechó su turno al bat, sino que terminó por traicionarse a sí mismo al establecer una sospechosa alianza con el insaciable ex rector Raúl Padilla, cuyo cacicazgo, dentro y también fuera de la Universidad de Guadalajara, era hasta hace poco, en opinión del propio Alfaro, no sólo la principal rémora de dicha universidad, sino para el desarrollo racional de nuestro estado.

El pacto del Alfaro con el padillato ha incluido varias cosas a favor del principal poder fáctico de la comarca: tener que entregarle a José Trinida Padilla López, hermano menor del mandamás de la UdeG, la Procuraduría de Desarrollo Urbano; ampliar de manera desmesurada la cantidad de recursos que las administraciones priistas y panistas venían entregando ya a las empresas presuntamente culturales que regentea el propio ex rector Raúl Padilla, y lo que acabó siendo el colmo, donar el subsuelo del jardín de Mexicaltzingo, donde, contra la voluntad de los vecinos de la zona y de buena parte de la sociedad tapatía, los mandarines de la UdeG pretenden construir el estacionamiento con el que hasta ahora no cuenta el farandulero Teatro Diana, que también regentean los mismos jeques universitarios.

Uno de los foros de la Universidad de Guadalajara es el Teatro Diana, un recinto que no cuenta con estacionamiento propio. (Foto Héctor Hernández)

Es verdad que todo gobierno está expuesto a cometer errores. Pero lo peor ocurre cuando se es incapaz reconocerlos y, por el contrario, de perseverar tozudamente en los yerros voluntarios, ya sea por orgullo, por un falso amor propio, por machismo político, por falta de sensibilidad social, por exceso de soberbia, o por todo ello junto.

Para pesar de muchos de sus simpatizantes, Alfaro se acabó metiendo en muchos problemas de manera gratuita. Y lo más paradójico del caso es que algunos de ellos fueron proyectos con los que su administración pretendía lucirse, sacándoselos súbitamente de la chistera, pues no fueron planteados durante su campaña por la presidencia municipal de Guadalajara.

Un ejemplo de ello es el programa de presunto de “arte público” y, otro más, la sustitución de las tradicionales calandrias de caballos por vehículos de tracción eléctrica.En el primer caso, el problema no ha estribado en el hecho de promover el arte público, sino en la forma arcaica y autoritaria de hacerlo, es decir, de manera autocrática, despilfarradora y nada profesional, en el peor estilo priista.

Y por lo que hace al caso de los calandrieros, a quererlo o no, Alfaro ha exhibido su peor cara, al considerar que buena parte los conductores de las tradicionales calesas de caballos se oponen a la sustitución de éstas por vehículos automotores por malas razones: porque, presuntamente, estarían siendo manipulados por agentes políticos, ligados tanto a un presunto candidato independiente a la gubernatura de Jalisco como al PRI, debido a que en este último caso Miguel Castro Reinoso (que desde hace unos días es el candidato tricolor al mismo cargo) cubrió personalmente una multa de 18 mil pesos, a fin de que varios calandrieros pudieran recuperar sus bestias y sus vehículos, retenidos por la administración alfarista, con el pretexto de que no habían pagado los “¡cien pesos!” que cuesta la renovación del permiso municipal para operar. ¿Desde cuándo ayudar a personas necesitadas, víctimas de funcionarios abusivos, es algo reprobable?

No, no nos engañemos, quien verdaderamente quiere manipular a los calandrieros inconformes es el propio gobierno alfartista, al pretender condicionarles la renovación del permiso a que firmen el compromiso de aceptación para sustituir las calandrias de caballos por los cursilones carromatos eléctricos que han venido promoviendo Alfaro y asociados.

Esto, aquí y en China, se llama chantaje, abuso de poder y hasta falta de humanidad, pues no de otra cosa se trata cuando un funcionario –mientras más encumbrado sea el caso es peor– se ensaña con personas que sólo quieren seguir ganando el sustento de sus familias de forma honesta, como venía ocurriendo hasta antes de la destemplada irrupción del gobierno alfarista.

En conclusión, va a ser de muy serias dimensiones el tiradero que Enrique Alfaro le estará dejando a su sucesor en la presidencia municipal de Guadalajara.

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