Esculturas de Jaliscienses Ilustres

|Por Juan José Doñán|

Cuando ya están a punto de ahuecar el ala, algunas autoridades de la comarca no quieren irse sin antes haber honrado, según ellos, la memoria de media docena de jaliscienses insignes (éstos sí sin comillas). Para ello han convocado a escultores del solar a un concurso, a fin de que presenten propuestas para la realización de las estatuas en bronce de seis difuntos esclarecidos de esta tierra, estatuas que en próximas fechas pretenden colocar en la céntrica plaza tapatía que lleva por nombre Rotonda de los Jaliscienses Ilustres.

El problema con esta voluntariosa iniciativa tanto de la Legislatura local que ya casi se despide, como de la administración de Guadalajara que deberá entregar los bártulos el próximo 30 de septiembre y del gobierno de Aristóteles Sandoval, el cual termina su gestión dos meses más tarde, es que el presunto buen propósito que lo anima tiene muchos peros. Para empezar, a esos difuntos insignes se les quiere honrar colocando efigies suyas, en algunos casos casi codo con codo, al lado de estatuas de personajillos que de “ilustres” no tienen nada.

Aparte de ello, las broncíneas esculturas de los homenajeados, cuya bienhechura elemental está por verse, llegarían casi en tropel, ya que la intención es colocar de un jalón 6 estatuas 6 con la “vera efigie”, de cuerpo entero, del obispo fray Antonio Alcalde, del constituyente Luis Manuel Rojas, de la pintora María Izquierdo, del científico Guillermo González Camarena y de los destacadísimos compositores populares Consuelo Velázquez y Pepe Guízar.

Vale decir que ésta sería la primera vez que esculturas de ilustres difuntos de Jalisco llegarían por mayoreo, o por medio mayoreo, y con un pero mayúsculo: cada uno de los seis mencionados sólo llegaría en efigie, en estatua de bronce, pues sus restos mortales no pueden ser trasladados a las criptas de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, sino que se van a quedar donde se encuentran desde hace tiempo: en varios de templos de Guadalajara, en el caso de fray Antonio Alcalde, y en la Rotonda de los Mexicanos Ilustres, en el panteón de Dolores de la capital del país, donde desde hace tiempo fueron homenajeados y reinhumados los restos mortales de los demás mencionados.

Con ello y como ya se comentaba aquí la semana pasada, lo que único que va a conseguirse es confundir aún más a los viandantes que visitan o pasan por el centro de Guadalajara, haciéndoles creer una falsedad: que en la plaza de la Rotonda se encuentran los restos mortales de muchos jaliscienses de presumir sólo porque en ese sitio se localiza una estatua que pretende honrar su memoria a perpetuidad, cuando en realidad esos restos están en la Ciudad de México: los de Pedro Moreno, en la Columna de la Independencia, y en la ya mencionada Rotonda de los Mexicanos Ilustres, en el panteón de Dolores, los de un crecido de jaliscienses más: Valentín Gómez Farías, Ignacio L. Vallarta, Mariano Azuela, Enrique González Martínez, José Clemente Orozco, Agustín Yáñez, el Dr. Atl, Amado Nervo, José Pablo Moncayo, Blas Galindo y Jorge González Camarena, así como la mayoría de quienes tendrán una escultura en la plaza de la Rotonda de Guadalajara, es decir, Consuelo Velázquez, María Izquierdo, Luis Manuel Rojas y Guillermo González Camarena.

Ante tantas inconsistencias y contradicciones la Rotonda tapatía se ha convertido en una plaza de desfiguros. ¿Qué clase de inconsistencias? ¿Cuáles contradicciones? Muchas y de toda clase: restos mortales de ilustres que no tienen la estatua correspondiente como es el caso de Ignacio Jacobo, quien fuera rector de la Universidad de Guadalajara a fines de la década de los treinta; muchas estatuas huérfanas de restos mortuorios de ilustres (con comillas y sin ellas); representaciones escultóricas equívocas (la del Dr. Atl aparece sin la pierna izquierda cuando la que realmente perdió el gran artista jalisciense fue la derecha), así como cenizas y estatuas de ilustres de pacotilla.

Un caso aparte es el del arquitecto Luis Barragán, cuyos restos mortales están incompletos desde hace dos años y medio, pues una parte de sus cenizas fue sustraída in situ, con el consentimiento de varios atolondrados familiares del difunto, con el colaboracionismo de varios barraganistas y barraganólogos del solar, con la complicidad de autoridades de la comarca y con el demencial propósito de convertir las cenizas retiradas del ilustre arquitecto tapatío en un diamante artificial, el cual terminó engarzado en una sortija de compromiso. Este hecho formó parte de un macabro y rebuscado proyecto concebido por una estadounidense que navega con bandera de “artista contemporánea”: Jill Magid.

Así las cosas, a lo único que parecieran aspirar ahora las autoridades del Congreso del estado, del Ayuntamiento de Guadalajara y de la Secretaría de Cultura de Jalisco es a hacinar arbitrariamente esculturas de dudoso gusto en la plaza de la Rotonda, esculturas que en la mayoría de los casos se avienen perfectamente a la definición que hiciera el escritor español Jardiel Poncela de estatua: “figurade bronce o de mármol que sirve para poner en ridículo a un hombre (o a una mujer) ilustre… y a un escultor”.

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