Esquivel… zu zu zu

Juan García Esquivel

|Por Beto Sigala|

Una orquesta lejana que vociferaba en coloridas formas un paisaje astral de sabrosura. Un elevador eternamente subiendo y bajando en el torrente sanguíneo con una música que provoca tronar los dedos, tararear y tocar pianos imaginarios en el aire, escuchando coros que resoplan al oído sugiriendo el cachondeo. Onomatopeyas prístinas y una que otra frase lánguida. Sonidos de instrumentos indescifrables en una travesía entre agujeros de gusano que transportan a un mundo sensacional, buena onda, elegante, florido. La formación de una súper nova que es poco descriptible a los sentidos, pero que se siente tan bien como danzar sin sentido en un jardín del país de las maravillas. ¿Cómo llegué hasta ese lugar?

Pues como una muy afortunada casualidad de la vida, gracias al resurgimiento de la música lounge en el que muchos productores musicales hicieron su agosto con reversiones de canciones de pop y rock con instrumentación orquestal o solamente con tintes más simplistas y con voces suaves. Todo eso decayó en algo amorfo que ahora llamamos chill out y que tal vez sólo tiene sentido después de que pasa el efecto de la tacha o si de plano no tienes alma y lo pones en el estéreo de tu auto mientras manejas al trabajo. El hermano de una amigo llegó a esa moda sin oponer resistencia y pronto se adentró en la onda lounge y acudía a bares donde esa música proliferaba, mientras los DJ’s desempolvaban discos clásicos de orquestas olvidadas y de músicos de culto como Martin Denny o Juan García Esquivel.

Un día que visité a este amigo, casualmente su hermano escuchaba a Esquivel. No pude abstenerme de prestar atención a eso que sonaba a un encanto de vanguardia apolillada que hubiera puesto a bailar a mis abuelos en los tiempos en los que se cortejaban. Sonaba también al México urbano, al cine de oro, a los cabarets luminosos. A mí, esa orquesta me hacía viajar como si fuera agosto y hubiese comido los frutos de la boñiga. ¡Órale! Estaba de poca madre esa música y quería continuar escuchándola solo, sin el balbuceo de los que estaban ahí y sin la distracción infernal de la calle. Quemé los discos; una colección de dos cds con lo mejor de la música que grabó Juan García Esquivel para la RCA durante los cincuenta y sesenta, y me largué de ahí para abrir una caja con luces hermosas y sonidos de la era espacial grabados en dos canales.

Y luego, a los pocos meses en 2002, la revista La mosca en la pared, publicó una entrañable entrevista que Fernando Rivera Calderón le hiciera a uno de los más grandes genios musicales que haya nacido en México. Don juan García Esquivel lucía cansando, sin sus lentes de pasta gruesa y la sonrisa que descubría su dentadura radiante, rasgos que lo distinguieron en sus películas del rock and roll y la chaviza. Ya esperando el ocaso, lucía una mirada cansada y yacía postrado en una cama debido a una lesión que lo marginó del piano. Un personaje olvidado, de brillo empolvado, recluido, esperando a la muerte en su casa de Jiutepec, Morelos y como casi todos los superdotados del arte que son ignorados hasta que el tiempo vuelve la cabeza para dignificar su obra. Y no murió como su héroe Mozart en las tinieblas de la miseria, pero sí quedó relevado por otros que fueron más entendidos.

En ese mismo año llegó a mis manos el Space-Aged Bachellor Pad Music de Esquivel, lanzado en 1994, gracias al nuevo furor por las “big bands” y la música orquestal. Un carnal que trabajaba en una tienda de discos me lo dio como regalo de cumpleaños. En esencia tiene más o menos el mismo perfil de todos las ideas y caprichos que este maestro fue acumulando durante sus años, cuando tenía que ingeniárselas con los recursos a la mano para plasmar exactamente lo que habitaba en su mundo imaginario. Él parafraseaba siempre ese concepto de que se veía a sí mismo como un pintor que mira un lienzo para utilizar los instrumentos y las voces como el color que la dan forma a las cosas. Space Aged tiene esos atributos, así como lo tienen sus demás experimentos como Other World Other Sounds o el Strings Aflame o cualquier disco con su firma. En todos hay humor, hay fulgor, dan ganas de huarachear, también te ponen de buen tono. En ocasiones su música es infantiloide y lúdica, muchas veces hipnótica, inspira siempre a los mundos ficticios que pueda crear la mente en la experiencia de escuchar cada canción compuesta o reinterpretada en la cabeza de Esquivel.

La Bikina, que generalmente es una canción de hueva (sobre todo si la canta Luis Mirrey). Manoseada en la visión de este músico mexicano suena a un paseo en un convertible acompañado por una brisa de verano. “Agua de beber” suena tan magnífica y sensual como la original compuesta en Brasil. O si uno escucha la polka de Jesusita en Chihuahua (tan mexicana como los curados de avena) reimaginada por Esquivel, bien podría ser la música de una aventura de un personaje perdido de Disney en un viaje de tepache. Así se podría ir desmenuzando cada estructura musical cuando se adentraba a un estudio de grabación y sentía la necesidad de tomar una corriente alterna a la que seguían la mayoría de sus contemporáneos.

Parte de sentirse un pez raro en un estanque fue su gran frustración a lo largo de los años. En México él era reconocido como un grande y en parte se admiraba su encanto hasta el grado de musicalizar y formar parte del elenco de películas insulsas mexicanas en las que su figura era la de comparsa, en las que tenía que ceñirse a la comedia juvenil y en las que tenía que tragarse el orgullo y entrarle al mundo recién parido del rock. No le desagradaba aparecer en la pantalla grande y compartir créditos con Sergio Corona o Chachita, pero simplemente no era lo suyo, por eso terminó largándose a Estados Unidos, para ser consentido en la RCA y grabar lo que se le daba su gana. Por eso también encontró una tierra fértil en Las Vegas, donde su música cobraba proporciones de espectáculo fantástico y se codeaba con “El Jefe” Sinatra y no tenía que dar explicaciones por la forma férrea en la que trataba a sus músicos o rendir cuentas por llevar una vida de excentricidades y desvelos creativos.

Y en la parte final de su carrera, cuando pocos se interesaban en su “Sonorama”, encontró en la música para televisión, pequeños lienzos en los que los productores le daban rienda suelta para crear por encargo música de series como Los Picapiedra, Columbo, Magnum, Los Munsters, Miami Vice y varias más. Es probable y también irónico, que en México, la música que compuso para la serie de televisión Odisea Burbujas, sea uno de sus trabajos más reconocidos. (Mientras escribo, estoy tarareando la canción de Burbujas).

He estado pensando últimamente en que la descomposición social de nuestra patria, ha trastocado mucho el imaginario musical de esta tierra tan diversa, tan musical y surrealista. Es desalentador el dominio de la subcultura del narco y su legado de música de banda romántica y los corridos inspirados en la violencia. Pienso en el deterioro de la educación básica, pública y privada que hasta hace poco sólo consideraban a la flauta dulce en sus programas de formación musical. Me aterra que después de la partida de Juan Gabriel, el máximo ídolo de la canción regional mexicana sea el insípido Narco Antonio Infeliz. Es decepcionante como se ha degradado musicalmente México. Juan García Esquivel fue un garbanzo de a libra que nació en esta tierra, en una época menos cínica y en la que de alguna forma fue reconocido, pero poco entendido. Un ejemplo de creatividad que se mira muy lejano en la realidad de hoy.

Murió siendo un ídolo muy comentado en otros países donde sus obras musicales son objetos de culto y resisten al olvido. Acá en México, como en un enorme lugar común, después de su muerte renació algo de interés por sacarlo de la penumbra y muchos han intentado revivirlo en homenajes o programándolo en la radio. Las plataformas de streaming son un deleite que nos permite echarnos un clavado en sus etapas musicales y ser tripulantes de una nave de tecnología espacial de primera generación que surca el espacio. Después de todo, la vida suena mejor con los arreglos de Esquivel. ¡Viva México cabrones!

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