Estatua-panfleto

Foto: Especial

|Por Juan José Doñán|

Entre quienes se dedican a lo que se ha dado en llamar arte urbano, no escasean las personas que tratan de compensar sus limitaciones creativas y hasta sus deficiencias técnicas, buscando ampararse en la corrección política, es decir, en querer relacionar la elaboración de sus obras con causas sociales o morales dignas de todo respeto como, por ejemplo, el reclamo por las incontables víctimas de la delincuencia organizada y por la actuación tibia o desatinada del gobierno.

Éste ha sido el caso de –y no de ahora– de un escultor de la localidad llamado Alfredo López Casanova, quien hace algunos años hizo una obra en bronce –bastante malita, por cierto– llamada Estela contra el olvido, y la cual se instaló en el Jardín de San Sebastián, en el barrio de Analco, como un homenaje a los centenares de muertos y heridos graves que dejaron las explosiones del 22 de abril de 1992, en el sector Reforma de Guadalajara. Y aun cuando haya sido buena y muy respetable la causa que motivó la obra, el resultado estético de ésta acabó siendo algo más que decepcionante.

Por estos días, el mismo López Casanova se ha vuelto a hacer presente con otra escultura en bronce, localizada en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres. Se trata de una estatua que intenta representar a fray Antonio Alcalde, pero que, una vez más, resultó bastante pobre en cuanto a méritos artísticos. Y, de nueva cuenta, el autor ha intentado disimular ese corto talento, añadiéndole a la pieza algunas de las consignas más repetidas en los casos de las personas secuestradas por el hampa: “Vivos se los llevaron. Vivos los queremos”, “Memoria, verdad y justicia [para los] 6, 503 desaparecidos”. Vale decir que estas consignas habían permanecido ocultas en la superficie de la estatua desde que ésta fue develada, el pasado 5 de diciembre, y que hace apenas unos días (el martes 19 de marzo) el propio autor las puso al descubierto, desprendiendo la veladura que las ocultaban.

A fin de evitar cualquier malentendido, habría que decir que, salvo quienes han hecho de la delincuencia su forma de vida, nadie podría estar en desacuerdo con cualquier manifestación de solidaridad con quienes han sido víctimas de secuestros, desapariciones forzadas y otros actos igualmente condenables. Pero el problema con el mencionado escultor y con otras personas que han hecho obras –pretendidamente artísticas– para ser instaladas en los espacios públicos es que los buenos propósitos y los reclamos políticamente correctos que utilizan, de manera tácita o explícita como López Casanova, no compensan la pobreza creativa o la falta de valores estéticos ni tampoco enmiendan deficiencias técnicas.

Formalmente, esas presuntas obras de arte público van de lo modesto a lo mediocre, con el agravante de incurrir en la demagogia a la inversa (al repetir consignas presuntamente reivindicativas) y aun en el panfleto seudo artístico. Por desgracia ése es el caso de la mencionada escultura de López Casanova, con la que éste trató de representar la efigie de Fray Antonio Alcalde y a la cual el susodicho escultor todavía “grafiteó” groseramente, al añadirle consignas que nada tienen que ver con la figura que se pretende honrar y quien no es Perico el de lo Palotes ni tampoco Juan Cuerdas, sino el más grande benefactor que ha existido en esta parte del mundo.

Conviene decir que esta impensada estatua-panfleto resultó del encargo que hiciera, a mediados del año pasado, la administración de la Secretaría de Cultura de Jalisco –en ese momento encabezada por la señora Myriam Vachez– con el propósito de honrar a media docena de personajes insignes de la comarca, instalando una estatua en bronce para cada uno de ellos en la céntrica plaza de la Rotonda. Los personajes elegidos y avalados por el Congreso de Jalisco fueron el constituyente Luis Manuel Rojas, el científico Guillermo González Camarena, el cancionero Pepe Guízar, la pintora María Izquierdo y el obispo fray Antonio Alcalde.

De todos los mencionados, hasta ahora sólo se han hecho las estatuas de los dos últimos: la de Izquierdo y la de Alcalde, las cuales resultaron de una convocatoria que hiciera la propia SCJ. A López Casanova le fueron pagados 400 mil pesos por hacer la de fray Antonio Alcalde, pero en ningún momento se le solicitó que la obra incluyera las consignas favoritas del escultor, ya fuera “Este puño sí se ve”, “Come frutas y verduras” o “No son 3, somos todos y todas”, pues de haberlo hecho, seguramente el jurado hubiese descalificado la pieza y el escultor “autografietero” no se hubiese embolsado los cientos de miles de pesos que recibió del gobierno que tanto parece detestar.

Pero como el señor Alfredo López Casanova estaba decidido a pasarse de listo, no tuvo empacho ni para engañar a los dictaminadores de su obra ni para cobrar con la derecha y luego pegar con la izquierda ni tampoco para faltarle al respeto a fray Antonio Alcalde, con una estatua que, aparte de su pobreza estética, el propio escultor se encargó de “grafitear” con consignas que van a permanecer en la pieza. Y ello por dos malos motivos: porque López Casanova alega que, como autor y propietario intelectual de la obra, ésta es “inalterable”, y sobre todo por la silenciosa resignación mostrada hasta ahora por las nuevas autoridades de la SCJ y por la penosa pusilanimidad exhibida desde el Ayuntamiento de Guadalajara, comenzando por la del alcalde Ismael del Toro, quien paladinamente declaró que su administración no va a exigir que se borren las leyendas que, desde la semana pasada, exhibe la estatua de fray Antonio Alcalde, que ahora es víctima tanto de un abusivo escultor de medio como de un gobierno municipal apocado y de un gobierno estatal omiso.

 

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