Estorbosos que somos

Avelino Sordo Vilchis

Me hubiera gustado conocer más detalles sobre Jesús Campos, guardia de seguridad del hotel-casino Mandalay Bay de Las Vegas, quien al parecer es mexicano de origen, por lo que me pregunto cuántos muros tuvo que saltar para estar el domingo primero de octubre pasaditas las nueve y media de la noche en el corredor del piso 32 del Mandalay Bay, cuando fue recibido por una lluvia de balas que le disparó el huésped de la suite 135, un individuo llamado Stephen Paddock. A Campos no le tocaba, puesto que solo una de los cientos de balas lo alcanzó incrustándose en su pierna. Su presencia en aquel pasillo, sirvió como distractor para que el sicópata dejara de disparar contra la multitud que había acudido a escuchar música country en un solar ubicado enfrente del hotel.

En la sociedad del espectáculo en que vivimos, esos detalles carecen de importancia, pues la noticia —consideran— está en otra parte. De cualquier manera quisiera detenerme en algunos detalles que llamaron mi atención y que pueden contribuir a encontrar una explicación de porqué pasan estas cosas. Por ejemplo, tenemos que el Mandalay Bay es un hotel de cierto lujo (presume cuatro estrellas, que quizá no sean muchas, aunque son suficientes como para obligarse a ofrecer cierto nivel de servicio). El episodio del tirador cazando a los asistentes del festival de música country Route 91 Harvest, dejó al descubierto lo que sin duda es una anomalía: ¿un festival de música nocturno a tiro de rifle de un hotel? ¿Y los huéspedes que necesitan descansar cómo le hacen?

El sicópata alquiló una suite (con tina dorada y todos los aditamentos kitsch que se acostumbran en lugares así) en el piso 32 del Mandalay Bay, a la que llevó 23 armas, de las cuales por lo menos 12 eran rifles de asalto, no pistolitas que cupieran en un maletín. Y por el volumen que ocupan y lo que pesan —sin contar las miles de balas que llevó—, seguro requirió de los servicios del (¿varios?) botones. Lo que me lleva a preguntarme cosas como: ¿subieron los rifles en un carrito dorado de esos que traen colgaderas para los trajes y los vestidos largos? ¿Cuánto pagó de propina al (¿los?) botones por acarrear aquello? ¿El (los) botones se percató de lo que subía a la suite o pensó simplemente que el equipaje de ese señor tan generoso era harto pesado y voluminoso?

Por si eso fuera poco, resulta que el señor del equipaje tipo baúl de María Félix, instaló cámaras para vigilar los corredores de acceso a su suite. Fue gracias a tal previsión que pudo sorprender y herir a Jesús Campos cuando se acercó. Y es ahí donde las dudas se multiplican exponencialmente: ¿En el Mandalay Bay los huéspedes pueden instalar cualquier chingadera que se les ocurra en los corredores (cámaras, micrófonos, bombas, etcétera) sin que nadie se los impida? ¿A los administradores del hotel no les pareció una anomalía que un huésped cualquiera instalara un circuito cerrado de televisión para su uso personal? Y, más importante aún: ¿Cuáles son los protocolos de seguridad que debe cumplir un hotel de las estrellas que sean en Las Vegas?

Tantas y tan graves anomalías se explican si consideramos lo que aquí podemos llamar la “filosofía de Las Vegas” —timbre de orgullo de la ciudad, que se puede ilustrar con aquel dicho de “con dinero baila el perro”—, cuyo fundamento es el principio de que absolutamente todo tiene un precio, solo es cuestión de estar dispuesto a pagarlo. Así es posible comprar el silencio cómplice del botones que te subió las armas de asalto a tu cuarto, o pagarle al gerente para que se haga de la vista gorda cuando instales cámaras en los pasillos del hotel. Al extremo de que estoy seguro que al sicópata le hubieran permitido estacionar un cazabombardero Harrier en la azotea, si tal cosa se le hubiera ocurrido llevar, como si se tratara de su pick-up Chevy en el estacionamiento.

Pero, más allá de nuestras disquisiciones filosóficas, llama la atención de que lo que tiene desconcertadas a las autoridades —ya sea el sherif del condado o los agentes federales— es el atípico perfil de Paddock, pues no cumple con ninguno de los lugares comunes con los que definen a los terroristas: ni es musulmán, ni es pobre, ni tiene la piel oscura. Y no solo eso, sino que el sicópata se comportaba como gente decente, pues tenía la costumbre de comprar hartas armas legalmente (sus rifles de asalto eran legales, como también lo eran los dispositivos que adquirió para hacerlos ilegales), como ciudadano ejemplar y como entusiasta de la Segunda Enmienda.

Mientras, levantarán el muro para impedir que los Jesús Campos vayan a estorbar.

Avelino Sordo Vilchis
Acerca de Avelino Sordo Vilchis 21 Artículos
Editor // promotor cultural // ex sibarita

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