Para explorar el contexto actual de la violencia

Aunque se publicó hace más de una década (2007) en España, el libro El rechazo de las minorías: ensayo sobre la geografía de la furia (Tusquets Editores, 2013), del antropólogo indio Arjun Appadurai, es un ensayo que plantea cómo la “doble cara” de la globalización ha implicado, además de la apertura de mercados y la expansión de las instituciones democráticas, múltiples episodios de violencia en contra de sectores de la población civil por parte de quienes ostentan (y hacen uso de) ideologías “mayoritaristas” que han servido para “justificar” ataques en contra de grupos minoritarios en distintos países del mundo.

De hecho, el problema comienza para el analista desde que el propio concepto de “globalización” no ha sido, se diga lo que se diga, circunscrito aún al “territorio del lenguaje”, esto es, no existe para el término una definición ni siquiera estable o uniforme; lo que sí es un hecho, explica, es que en estas novedosas condiciones de carácter económico a nivel mundial –un proceso que alcanza ya las tres décadas o más–, uno de los resultados evidentes ha sido el incremento de “formas nunca antes vistas de degradación” al interior de sociedades en las que, por una parte, el “estado” ha dejado de ser la referencia de control, orden o estabilidad normativa pero, además, en el seno de estas poblaciones se ha percibido el aumento de lo que llama “condiciones de incertidumbre”, de ahí que el “terror” hace presa de grupos sociales cuya reacción, ante los estímulos de la incitación política, detona las consecuencias de este “exceso de odio”.

Para Apaddurai, en este sentido, los ejemplos son iluminadores y, aunque parte del estudio se centra en el “estado de cosas” resultante del atentado contra las torres gemelas en Nueva York en 2001 –el famoso 9-11–, también lo son (entre otros) la cruenta guerra de los Balcanes a principios de los noventa, el genocidio en Ruanda unos años después y la destrucción de la mezquita de Babur, en Ayodhya (India); así, como producto de “complejas interacciones entre eventos lejanos y miedos cercanos”, en cada caso se violenta a una comunidad cuya victimización se da como consecuencia de su carácter “minoritario” y, por ello, susceptible de padecer en grado mayor las múltiples consecuencias de una economía que los excluye de sus beneficios, de la existencia en “un mundo multicultural en el que de ningún modo son ciudadanos plenos”.

Como derivado de su primer acercamiento al fenómeno de la modernidad en su etapa contemporánea (el estudio La modernidad desbordada, de 1996), en El rechazo a las minorías, Appadurai se torna más conciso y, sobre todo, ofrece herramientas interpretativas para no evadir que la noción de “estado-nación” ha dejado de ser suficiente para enfrentar algunas dinámicas sociales, especialmente la de “la guerra” que, detalla el investigador, ha pasado a ser la “condición permanente” al interior de, prácticamente, la totalidad de las naciones (en el caso de México, basta asomarse a los numerosos hechos de violencia registrados durante los pasados sexenios y lo que va de éste para notar, por lo menos, perturbadoras similitudes con otros eventos de carácter semejante).

Al final, la advertencia de Appadurai es clara: los peligros del “etnicismo nacionalista” y las ideologías que le brindan sostén significan, hoy por hoy, una tendencia mundial tendiente a lo que se llama “ideocidio” y “etnocidio”; en este alarmante contexto, la amenaza es siempre latente y creciente, sobre todo en el ámbito cercano, el de la “tensa relación entre paz y equidad” que determina la ciudadanía y su ejercicio efectivo. Terrible actualidad la de este ejercicio reflexivo que debería ganar más lectores.

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