Feria Municipal del Libro

| Por Juan José Doñán |

Para el fin de semana que concluyó, tercer fin de semana largo del año, se anunció la inauguración de la cuadragésima novena edición de la Feria Municipal del Libro de Guadalajara, que aun cuando cuenta con el atributo de ser la primera que se concibió en el país, desde hace muchos años se ha venido realizando con mucha más pena que gloria.

Y es que administraciones municipales van y vienen (primero del PRI, después del PAN, luego otra vez del PRI y ahora de Movimiento Ciudadano) y la muy modesta feria editorial que se instala en los portales de la Presidencia Municipal de Guadalajara, durante un par de semanas, sigue siendo muy poco atractiva. Y ello debido tanto a la indolencia de las autoridades municipales como a la estrechez de miras de la sección de librerías y libreros asociados a la Cámara de Comercio de Guadalajara.

En el caso de estos libreros y de su cortedad de miras, está el hecho de que, con las excepciones de rigor, les da por presentarse en la referida Feria Municipal del Libro con la mulada y los saldos que no han podido vender en el resto del año en sus establecimientos, y para lo cual aplican rebajas que no lo son; es decir, ofrecen descuentos cicateros.

Por lo que hace al ayuntamiento tapatío, el menosprecio a su propia feria ha sido algo más que evidente, empezando por el aspecto presupuestal, pues mientras entrega anualmente más de dos millones de pesos a la FIL (una feria que organizan otros, específicamente la Universidad de Guadalajara), a la suya, la Feria Municipal del Libro, le destinan una miseria.

Así, por ejemplo, esté año las autoridades tapatías le asignaron apenas 350 mil pesos, es decir, 23 mil pesos por día. Esos 350 mil pesos equivalen a poco menos de la sexta parte del óbolo que el ayuntamiento de Guadalajara tiene comprometido con la feria libresca que regentea el ex rector Raúl Padilla. En este aspecto y a quererlo o no, las autoridades tapatías (tanto las actuales como las de las administraciones anteriores) son candil de la calle y oscuridad de su casa.

Otra tara de la Feria Municipal del Libro, achacable a las autoridades tapatías, es la pobreza que suele tener el pretendido programa cultural, paralelo a la expo-venta editorial. Esas actividades presuntamente culturales suelen coquetear entre la precariedad y el desatino.

Así, por ejemplo, en este año en que se celebra el centenario del más grande narrador mexicano de todos los tiempos (el jalisciense Juan Rulfo, quien no sólo se formó en Guadalajara, sino que pasó buena parte de su vida en esta ciudad, desde donde debutó como escritor en el año de 1945) se dejó pasar la inmejorable ocasión de dedicársela al autor de Pedro Páramo, organizando conferencias, mesas redondas y otras actividades con conocedores de su vida y de su obra.

Pero no, en contra de lo que dictaba hasta el sentido común, de organizar la feria de este año en torno a quien, según la UNESCO, es el escritor de lengua española más traducido a otros idiomas después de Miguel de Cervantes, las norteadas –por no decir atolondradas– autoridades culturales tapatías ningunearon a Rulfo, para decantarse por una escritora de segunda o tercera categoría como es el caso de Guadalupe Dueñas, una narradora modesta y fácilmente prescindible.

Con ello se podría decir de Rulfo lo mismo que Jesucristo –según el Evangelio– dijo de sí mismo: nadie es profeta en su tierra, y menos cuando los paisanos con poder o con algún mando parecen ser de una ignorancia enciclopédica y también de una ignorancia supina, al desconocer aquello que tienen la obligación de saber.

Coincidentemente, la dirigencia de la Universidad de Guadalajara y de la FIL también ningunearon a Rulfo, al dedicarle la lectura colectiva del pasado 23 de abril, Día Mundial del Libro, a Ignacio Padilla, otro escritor de media tabla, y no al autor de El Llano en llamas, el mejor libro de cuentos publicado en México.

Pero volviendo a la Feria Municipal del Libro, cuya cuadragésima novena edición se inauguró el sábado 29 de abril, sus muy satisfechos organizadores y organizadoras presumen las “132 actividades” programadas para esta ocasión, como si cantidad fuera sinónimo de calidad.

Por eso la feria del libro más antigua del país –que, si nos atenemos a los testimonios de la época, tuvo un arranque muy bueno y promisorio en el ya lejano año de 1969– está convertida, desde hace mucho tiempo, en algo poco atractivo hasta para los transeúntes más ociosos y despistados. Y lo peor del caso es que sus conformistas organizadores hacen muy poco, como poco casi nada, por tratar de remediar esta situación.

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