De ferias, modas y bibliofilias

FIL 2017

|Por Obed Van Dick Solis|

Como en catálogo de temporada, cada año que inicia la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el libro se viste a la moda. Ya la vox populi nos enseñó sapiencialmente que de la moda lo que te acomoda. Entonces, lo que realmente importa para los lectores es leer y punto: lo que sea, donde sea y como sea. Y, para ello, la Feria se lanza a la conquista de lectores. En fin, se abrió la Feria como se abre un libro.

Según la primera definición del diccionario de la Real Academia Española (RAE), feria significa: “mercado de mayor importancia que el común, en paraje público y días señalados”. Ante la nueva llegada de la FIL, en su edición 31, e ipso facto la coyuntura mediática de la promoción de la lectura (dicho sea de paso: odisea titánica, necedad ingenua); y justo en ese momento camaleónico en el que los libros se vuelven maniquís dentro de un escaparate a la moda, es necesario recordar la sesuda sentencia que esculpió Gabriel Zaid en su Los demasiados libros (1996): “¿y para qué leer? (…) Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada (…) La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan”.

No existen bibliófilos absolutos, éstos se van modificando a partir de sus búsquedas librescas. Los libros forman parte de la relación más significativa de la vida del lectófilo, sí, aunque refieran a meros objetos, pues desde luego son algo más –hay quizá un acto fetichista de por medio–, de alguna manera son umbrales que lo conectan con una experiencia: lo penetran y lo trascienden. Sin cursilerías, la lectura es una especie de milagro laico; digamos que algo así como una librofanía. Y es que la carga emocional que puede poseer el libro como objeto procede del lugar que ocupa en la experiencia personal de su lector, de los recuerdos que le evoca, más que de sus propias características físicas. Por lo tanto, al libro se le puede amar como a un objeto concreto y vital que vincula a alguien con alguna experiencia: así, el libro aspira a ser un objeto-umbral.

Un bibliófilo es un amante de los libros, alguien que se enamora de ellos. Sin embargo, es impreciso pensar en estos momentos sobre la misma categoría: “bibliófilo”; pues los soportes técnicos que tenemos a nuestro alcance para leer la han modificado. Hay quien sugiere, por ejemplo, que al estar pasando del impreso al digital, sin reemplazar a uno sobre otro:

Será difícil detectar tanto a los bibliófilos como a los bibliómanos. Recientemente Miguel Albero, en su texto Enfermos del libro, nos dice que se desarrollarán otras patologías y habrá virófilos, coleccionistas de virus informáticos; webcleptómanos o ladrones de webs; los ipódfagos, devoradores de ipods; y los pantallaclastas, pirómanos de todo lo que tenga pantalla (Ayala Ochoa, 2012).

En fin, de la moda lo que te acomoda. Gran parte de la fascinación que puede suscitar este enamoramiento fetichista del libro, se concentra en el gesto de abrirlo (y su contraparte: cerrarlo). El acto de abrir un libro, de separar las tapas y las páginas, tiene algo de inaugural, acaso de iniciación. Quizá esto confiera una especie de elemento litúrgico al acto mismo de leer (o en todo caso, sea parte de ese elemento): abrir un libro es, de alguna forma, el anuncio o la demarcación precisa de una trasposición; uno se dispone a cruzar un umbral, a dar un salto rompiendo espacios y tiempos.

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De ser así, el acto de abrir un libro no es un gesto único o aislado, pues suele venir antecedido, acompañado o completado por una serie de modificaciones en la disposición corporal (el cuerpo y no sólo la mente, se prepara para leer), ya sea que nos inclinemos hacia el texto, que coloquemos la obra sobre algún mueble, que busquemos un espacio y una posición, que demos vuelta a las páginas con las yemas de los dedos o que nos encorvemos, inconscientemente, como si se echara a andar un complejo dinamismo en función de la lectura; como si el cuerpo se recogiera entorno al libro para acogerlo. Es, en ese sentido –del despliegue de un acto siempre íntimo, entrañable– que existe una conexión o acoplamiento profundo (¿enamoramiento acaso?) entre el cuerpo y el objeto-libro. Y es que, las mujeres y hombres de Occidente no han leído siempre de la misma forma, distintos modelos han orientado sus prácticas; gestos, posturas y costumbres han modificado a la lectura.

Siguiendo con esta sugestión especulativa sobre el bibliófilo, diría que hay una cierta correspondencia, una extraña simetría entre la estructura del cuerpo y la del libro. Esto se debe a que el objeto-libro (al que hemos llegado después de las tablillas de arcilla, del papiro, del pergamino, del codex) conserva, mientras permanece cerrado, la forma de un monumento, de un bloque, tal vez hasta de una roca; pero al ser abierto, al separar sus dos planos que giran en sentidos contrarios entorno al mismo eje, lo que tiene lugar es una suerte de insólito desdoblamiento, algo que recuerda un florecer o un abrir de alas (una apertura que es al mismo tiempo despliegue). Y puede que esto tenga su correlato en la forma misma en que está estructurado el cuerpo humano: con sus articulaciones y la disposición de sus miembros entorno a un eje central, con la posibilidad de abrirse o cerrarse, replegarse o desplegarse. Entonces, la lectura es, primeramente, una disposición física, meramente corporal, de un encuentro, de un auténtico cara a cara: el modelo propio de una interpelación, de un potente encuentro. Por ejemplo, hasta los siglos II y III d.C. leer un libro significaba normalmente leer un rollo: se tomaba el rollo en la mano derecha y se iba desenrollando con la izquierda, la cual sostenía la parte ya leída; cuando la lectura terminaba, el rollo quedaba envuelto todo él en la izquierda. Ya en El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, a los volúmenes (eso que llamamos libros en nuestra época) se les llamaban cuerpos: objetos preparados para su disección desde la mirada pulcra y atenta del lector.

Entonces, leer también conlleva implicaciones en cuanto a las posturas, formas, sentidos, movimientos, gestos, juegos, simetrías, geometrías y texturas entre el cuerpo y el libro, en sus múltiples modalidades, conforme discurre el acto: acciones tan simples como el recorrido de la mirada o el dar vuelta a las páginas, pero a su vez misma, odiseas librescas tan íntimamente profundas para el bibliófilo, como la penetración de un umbral, la transmutación hacia nuevos mundos, la suspensión de la conciencia, la ruptura del espacio-tiempo. Y según la existencial anotación de Tomás Eloy Martínez: “Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas”.

En suma, es prudente celebrar que después de 31 años, la FIL juegue a ser ese mercado donde se mezclen la gente de a pie, los estudiosos y los escritores, modistas y bibliófilos: de chile, dulce y manteca siempre habrá para todos. Podríamos aventurar que hasta que la muerte separe a lectores y escritores, la Feria seguirá vistiendo al libro a la moda y rescatando a la lectura de ese paro cardíaco que sufre en México.

ObedObed Van Dick Solis

Comunicador egresado del ITESO / Corrector de estilo / Investigador en ciernes / Lector de tiempo completo / Literato de afición / Bohemio de cantina / Peripatético nocturno

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