Fiestas de Octubre: del optimismo a lo rutinario

fiestas de octubre

|Por Juan José Doñán|

Con medio siglo de existencia, la Fiestas de Octubre nacieron en una Guadalajara rebosante de optimismo, a la que todo –o casi todo– parecía sonreírle. Aun cuando ya había pasado la época más provechosa del futbol tapatío (entre 1957 y 1965 dos de los tres equipos de la plaza habían ganado ¡ocho de los nueve campeonatos de Liga en disputa!, siete de ellos obtenidos por el Campeonísimo Guadalajara), en el ánimo popular seguía viva la noticia de que la ciudad había superado el millón de habitantes, lo que para no pocos ingenuos significaba que la capital jalisciense podía hablarse de tú con las grandes metrópolis del orbe.

El famoso Desarrollo Estabilizador, que durante dos décadas le había reportado un sostenido crecimiento económico al país, tenía en Guadalajara un caso ejemplar de éxito. Aquí residía la fábrica y la comercializadora de zapatos más grande de América Latina (Calzado Canadá); empresas internacionales como Kodak habían elegido a la capital jalisciense para establecerse en el subcontinente; por el rumbo del Agua Azul se acababan de levantar las primeras edificaciones de más de veinte pisos (el Condominio Guadalajara y el Hotel Hilton); en el despoblado extremo sur de la ciudad, que por entonces terminaba en la colonia del Fresno, acababa de construirse el mercado de Abastos y todavía más allá, en los límites con el municipio de Zapopan, estaba en obras el que sería el primer mall del orbe latinoamericano (Plaza del Sol), y hacia el viento norte estaban por comenzar los trabajos para construirle un segundo nivel al Estadio Jalisco, que sería una de las sedes del Campeonato Mundial de Futbol de 1970.

Y aunque Guadalajara estaba de moda, en opinión de autoridades, comenzando por el gobernador Francisco Medina Ascencio, así como de gente de negocios, no tenía a lo largo del año el turismo que la ciudad merecía. Como respuesta a ello nacieron precisamente las Fiestas de Octubre, al considerarse que la época de otoño era un buen momento para una celebración que reuniera en un núcleo ferial (inicialmente el parque del Agua Azul), durante varias semanas, a intérpretes y toreros de moda, peleas de gallos, expositores de productos típicos de distintas regiones del país, juegos mecánicos, etcétera. Un jingle radiofónico, que se oía más allá de las fronteras estatales, cantaba: “Fiestas de Octubre/ en Guadalajara/ son fiestas maravillosas/ en la ciudad de las rosas./ Guadalajara, más de un millón/ y en cada habitante, un anfitrión”.

No obstante el despliegue publicitario, esas “fiestas maravillosas” nunca llegaron a tener la repercusión de otras celebraciones de su tipo como la emblemática Feria de San Marcos, en Aguascalientes, pues mientras ésta siempre ha sido de alcance nacional y aun internacional, las otoñales “fiestas” tapatías no han traído las deseadas legiones de visitantes foráneos, por lo que desde un principio se volvieron de consumo local, con un agravante que se ha ido acentuado con en los años recientes: su falta de capacidad renovadora, que ha desembocado no sólo en lo rutinario de sus espectáculos, sino en la decadencia de añadidos como el Salón de Octubre (muestra y concurso pictóricos cada vez más desacreditados) o la corta vida de un fallido “festival cultural”.

Para colmo, a dirigir las Fiestas de Octubre fueron llegando no sólo personas improvisadas, sino malos administradores como el tal señor Fernando Favela, destituido recientemente por provocar un déficit de varias decenas de millones de pesos, y al que el jeque de jeque de la Universidad de Guadalajara (¿eres tú, Raúl?) pretende rescatar para ponerlo al frente del Auditorio Telmex. Moraleja: Dios hace la yunta y ella sola se junta.

Como la ciudad misma, durante medio siglo las Fiestas de Octubre han tenido un retroceso antes que una presumible evolución.

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