FIL: esquizofrenia, cálculo político y ‘bluff’

FIL

|Por Juan José Doñán|

Nacida en 1987, es decir, hace exactamente 30 años, la Feria Internacional del Libro es una de esas raras excentricidades de la Guadalajara de las generaciones recientes, una excentricidad que por ser exitosa –o al menos aparentemente exitosa– pareciera formar parte ya de las nuevas señas de identidad de la capital tapatía.

El éxito de la FIL (con comillas y sin ellas) estriba en buena medida en la concurrencia masiva de personas de todas las edades a Expo Guadalajara, recinto ferial que nació también en la segunda mitad de los años ochenta, durante el gobierno del finado Enrique Álvarez del Castillo, quien subsidio a fondo perdido su arranque.

Y aun cuando es evidente que buena parte del público joven que se ve durante los nueve días de la FIL lo integran estudiantes “acarreados” (específicamente alumnos de las preparatorias de la Universidad de Guadalajara), tampoco se puede negar que son legión las personas que acuden espontáneamente a la paquidérmica expo-venta de libros.

A la par de ésta se desarrolla un frenético programa de actividades artísticas e intelectuales de una calidad más que dispareja, y para el cual sirven precisamente como tropas de reserva los estudiantes “acarreados” de la UdeG, a fin de que la mayoría de esas actividades no se vean desairadas o faltas de público. Dicho de otra manera, la FIL también es un espejismo.

Sin embargo, ese espejismo también es buen negocio para muchos, comenzando por la camarilla que regentea a sus anchas a la universidad pública de Jalisco. Y entre los demás gananciosos figuran las líneas aéreas, las empresas del transporte de carga, buena parte de los taxistas de Guadalajara (tanto los convencionales como los que se contratan en línea), las cadenas hoteleras, el gremio restaurantero y similares.

A la misma industria del libro (tanto a la de México como a la de otros países), o al menos a una parte de dicha industria, tampoco le debe ir tan mal, dado que cada año se hacen presentes diversos sellos editoriales, predominantemente de España y de varias naciones de América Latina. Aparte de su venta directa al público que acude a la FIL, es muy probable que al menos algunas de esos grupos de libreros negocien entre sí derechos de autor, traducciones, coediciones, etcétera, y que –otros particularmente los que pertenecen a dependencias gubernamentales– justifiquen su presencia como parte de la promoción cultural del país del que provienen.

Algo similar debe suceder, con toda seguridad, con las editoriales oficiales de nuestro país, entre las abundan instituciones federales, universidades públicas y gobiernos de distintas entidades de la república.

En todos estos casos, es el subsidio público –el dinero de los contribuyentes, pues– y no la venta de libros y de derechos de autor, lo que hace posible la presencia del pabellón de El Colegio Nacional, o del de la Universidad Veracruzana, o del que se identifica como del gobierno del Estado de México. Y es que hay que decirlo con todas sus letras, sin el subsidio público (federal, estatal, universitario y de otras instancias oficiales), la FIL sencillamente no existiría.

En el caso particular de la comarca jalisciense, el gobierno del estado, varios ayuntamientos del área metropolitana y la propia Universidad de Guadalajara entregan un creciente subsidio anual a la FIL, así como a su obeso programa de actividades, subsidio que en conjunto ronda los 40 millones de pesos.

Y esto, aparte de las aportaciones multimillonarias directas del gobierno federal a través de la Secretaría de Cultura –y antes del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes–, así como de otros organismos y dependencias como el Banco de Comercio Exterior, que patrocina el ex Premio Rulfo.

Todo ello es un reiterado mentís a la cacareada autosuficiencia financiera de la feria, repetida una y otra vez por su presidente, el ex rector Raúl Padilla, que el sábado pasado, en la ceremonia inaugural de la edición en curso de la FIL, se quejaba de que el presupuesto para la cultura haya bajado durante la administración de Enrique Peña Nieto.

Pero lo que no dijo el mandamás de la UdeG es que esa merma no ha afectado a la FIL ni tampoco a otros proyectos y empresas presuntamente culturales que él encabeza. Al contrario. Y como ejemplo de ello ahí están las partidas extraordinarias de recursos públicos, tanto federales como estatales, que recibieron los jeques udegeístas para concluir las obras del Conjunto de Artes Escénicas, inaugurado hace poco más de un mes.

Así que habrán pasado apuros otros organismos oficiales de promoción de la cultura, tanto del país como de Jalisco en particular, pero no las presupuestófagas empresas que encabeza el presidente de la FIL, quien también se ha valido de dicha feria, así como de la infraestructura y demás recursos de la UdeG (entre ellos los presupuestales) para su autolegitimación, homenajeando, premiando y doctorando a escritores e intelectuales de cierto renombre, preferentemente de la Ciudad de México, con el otorgamiento de doctorados honoris causa, premios, homenajes y similares, que por estos días del año se reparten a destajo, o por lo menos al medio mayoreo.

A los ojos de algunos y algunas, todo ello ha convertido al mandamás de la UdeG en ese “cacique bueno”, que dijera de él finado Federico Campbell, es decir, en un cacique obsequioso con el dinero de los contribuyentes, especializado adicionalmente en buscar establecer relaciones clientelares con el gremio intelectual, así como en ser orgullosamente candil de la calle y oscuridad doméstica.

Y es que entre las contrastantes facetas de la FIL también están, de manera destacada, aunque a veces también de forma más o menos simulada, taras como la esquizofrenia, el cálculo político y el bluff.

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